Wikileaks a contrapelo

“Peronist ideology–which can lead to political paranoia–”
ID: 243823 desde Wikileaks

“El infinito, querido, es bien poca cosa; es una cuestión de escritura”
Paul Valery

Henry Ford debe haber viajado en un buen carro empujado por caballos mientras iba hasta su taller con la mente ocupada en esa idea vanguardista que alguien después llamaría «el automóvil». Pero nadie documentó en video el espacio vacío entre ese carro empujado por caballos y el motor del primer automóvil. Esa brecha entre un cambio rotundo de época. Por suerte, el #findelperiodismo sí es capaz de registrar su propia autopsia.

Leer Wikileaks a contrapelo. No se me ocurre un modo más productivo de colocar en tensión las ideas de lo que escribí sobre Wikileaks hasta el momento. Si hay un esfuerzo que vale la pena, es el de desconcertar incluso las ideas propias. Flexionar aún más la ilusión de los discursos condensados que pretenden objetivar el affaire Wikileaks en un único sentido posible (cualquiera fuere este).

El affaire Wikileaks un punto de inicio válido para «la puesta en goteo» de todas aquellas prácticas discursivas que se consideran inexpugnables. La puesta en goteo de todos los sentidos.

I
La fantasía milenarista. Cuando un uso libertario de la tecnología se articula con un discurso periodístico radicalmente independiente, todavía pueden producirse algunos destellos de eso que hace ya muchos siglos el racionalismo liberal llamó verdad.

El milenarismo es ante todo un proyecto revolucionario que consta de la destrucción reparadora del presente y que ubica su edad de oro en el futuro. El milenarismo –explica Beatriz Sarlo– es radical. Julian Assange es, en ese sentido, un héroe milenarista. Como todo «héroe negativo» construido desde la web, la negatividad de su discurso tiene como objeto destruir el discurso pauperizado, deslegitimado y consumido del periodismo tradicional. Assange es un catalizador del #findelperiodismo en acto. Némesis técnico y político de un cúmulo de prácticas ideológicas, culturales y económicas que perecen. ¿Es el suyo un discurso radicalmente independiente? Assange afirma que sí. Dado el estado de impotencia del periodismo, me parecería ofensivo que me llamaran periodista, dice. La cuestión es delicada y su resolución demarcaría inmediatamente la segunda pregunta: ¿Wikileaks es un uso libertario de la tecnología?

La impotencia de la que habla Assange se remite al estado inerte del «valor» del periodismo como proyección incuestionable de «la opinión pública». Un «valor» que ya no está bajo el control de quienes siempre lo tuvieron y que por lo tanto ubica al periodismo como se lo practicaba desde el siglo XIX hasta hoy en ese abismo final de sentido que es el #findelperiodismo.

Wikileaks no es sino un gran «territorio medio» donde habitan todas las ideas que antes del #findelperiodismo se tenían por certezas. Entre ellas, la idea de verdad. Pero este proceso es anterior, sincrónico y también será posterior a Wikileaks. Hay que remarcarlo por una razón: evitar esa construcción hagiográfica de Julian Assange, en la que una discusión política acerca de los efectos de su trabajo parece mutilarse a favor de una discusión cultural acerca de los efectos de aquello que representa. Y la discusión, para que resulte productiva, no debe obturarse.

II
Los informes de Wikileaks parecen esta vez develar, ante todo, el curioso andamiaje de datos que respaldan una arquitectura de espionaje que aún aspira al dominio imperial.

La palabra clave es «curioso» y en realidad debería ser «frágil». La fragilidad no se trata del modo en que la información supuestamente secreta fue goteada –el hacking ya fue leído como parte nuclear del #findelperiodismo-, sino de la fragilidad de esa información en tanto información supuestamente valiosa.

Esto le gustaría a Enrique Vila-Matas y a sus máquinas de escritura portátiles: Wikileaks revela al sistema de espionaje americano bajo la forma de una enorme máquina de producir textos. Pero no textos analíticos –tal vez hoy los aparatos de inteligencia globales le deban más al imaginario de lo infranqueable y contundente instalado desde el cine de Hollywood que a sí mismos– sino textos producidos alrededor de percepciones frívolas y triviales. “Chismes y rumores”, como dijo Hillary Clinton. Más escritos sobre cuerpos –a la manera de Kafka– que sobre proyectos estratégicos.

Pero una máquina infinita –y portátil a través de todos los edificios diplomáticos del mundo– de producir textos implica por lógica interrogarse acerca de los modos en que esos textos son escritos y leídos. ¿Cuál es el criterio de «valor» a la hora de escribir estos textos? ¿A qué «competencias de lectura» apelan estos textos?

“Massa described NK as a master tactician who enjoyed a good fight”, dice el cable 225062. Afirmaciones de un tenor retórico más sólido y ante receptores que demandarían argumentos más críticos se pueden documentar en cualquier peluquería de barrio. Incluso si el tema en cuestión fuera algún inminente candidato a edil en Montevideo. O las proyecciones de algún vecino con tiempo libre para copar el consorcio de su edificio.

La embajada porteña no es una subsidiaria menor para pensar ese roce entre las estrategias a través de las cuales la Argentina intenta escribirse y aquellas a través de las cuales los informantes de la embajada intentan leerla (“die-hard kirchneristas” se llama a las voces más oficialistas en el cable 242241).

Replanteo las preguntas: ¿Cuál es el criterio de «valor» a la hora de escribir? ¿A qué «competencias de lectura» se apela? Un análisis correctamente geopolítico de aquello que Wikileaks ha revelado podría prestarse a innumerables congresos sobre un fenómeno de #findeépoca para muchos elementos más que la mera vulnerabilidad técnica de los firewalls o la cuestionable lealtad de los agentes del Departamento de Estado.

III
Este video enternecedor de los periodistas de El País –que me envió el camarada @jkusunoki– sería solo enternecedor si fuera falso, como la autopsia de aquel extraterrestre en Roswell, pero no lo es. Este video de 2:48 minutos es real. El gore del #findelperiodismo en YouTube. Escenas crudas de una masacre simbólica inusitada. Mírenlo, por favor.

¿Qué se ve?

Se ve a una de las últimas legiones romanas del periodismo tradicional arrasado por una barbarie digital que no comprende. Porque si la estructura digital de Wikileaks necesitó servirse de las plataformas web de las corporaciones del «periodismo tradicional», fue únicamente para concretar el doble golpe de su aniquilamiento técnico y simbólico. Digamos: para poder demostrar que todo aquello que el «periodismo tradicional» trafica cada día no sólo es irrelevante, sino para demostrar también que se le puede hacer pagar el costo público de su propia irrelevancia. Porque los bárbaros no acabaron con Roma cuando guerreaban contra sus legiones –como ya sonó por aquí alguna vez–, sino cuando se integraron a las legiones. «Y les digo, camaradas, que el discurso periodístico contemporáneo está cada segundo más plagado de los más maravillosos bárbaros, que no son precisamente quienes se aferran todavía a líneas editoriales o acusan a Wikileaks de desvalorizar el verosímil».

Lo enternecedor surge precisamente del contraste. De esos hombres del «periodismo tradicional» que sonríen y celebran el haberse convertido en profilácticos difusores de Wikileaks, como si no supieran que son partícipes de su propio vacío y de su propio fin. Se me ocurre otra escena: un cuerpo de soldados troyanos que acabaran de lustrar ese magnífico caballo recién obsequiado por los griegos y luego se marcharan a dormir satisfechos y entre risas (después de subirse a YouTube).

“Con nuestras acciones de ahora determinamos el destino del entorno mediático internacional de los próximos años”, dice Julian Assange. En ese video se puede ver la clara extinción de uno de los caminos del pasado.