Veinte días con un e-reader

I
Hace falta sostener un e-reader durante cinco minutos y usarlo otros diez para preguntarse: ¿por qué todavía no se «discografizó» el mercado editorial en papel?

¿Qué sostiene a los grandes grupos editoriales en esa posición privilegiada del mercado para que, al menos en América Latina, continúen vendiendo esas masas de celulosa entintadas y encuadernadas que llamábamos libros?

La pregunta, por supuesto, es acerca de ciertas prácticas conservadoras que contribuyen a la volatilidad de ese otro tópico denominado #derrotacultural.

II
La imagen de un millón de libros en la soledad de un container se vuelve desoladora precisamente porque alguien nota su ausencia. Y la padece. El dolor es netamente material y lo han expresado ya algunos lobbistas sensibles. Basta googlear. Ahora bien, ¿por qué necesitan ser recordados los libros olvidados en un container; libros producidos con papeles caros y vendidos al público a precios ultrajantes?

A un 10% de ganancia por el precio de tapa a cobrar en dos semestres, los escritores no los extrañan. Y vendidos a precios dolarizados aun cuando se produzcan en las periferias de las capitales sudamericanas, tampoco los lectores. La cuestión es la obsolescencia. Ni siquiera de un modelo de negocios –los dueños jamás sueñan que podrían dejar de serlo– sino del microcircuito de pertenencias al que corresponde la palabra escrita bajo un soporte digital.

Utilizado con un mínimo de inteligencia, un e-reader puede almacenar y distribuir más de un millón de libros hackeados, sin mayor costo que el de una conexión a la web. No hay container que pueda controlarlo. Tampoco hay ningún lobby empresarial editorial que pueda impedirlo.

III
La «discografización» editorial no es una apología de la violación de la propiedad intelectual sino una apología del deber de repensar la relevancia de los lectores ante políticas culturales y políticas de mercado que pretendan apartarlos de una mercancía cuyas condiciones de consumo, como se las conocía hasta entonces, han desaparecido.

Si los precios, los tiempos y las formas de la industria cinematográfica se hundieron ante las nuevas prácticas y las nuevas costumbres de los usuarios, ¿por qué no debería hundirse también la industria editorial del papel? ¿A quién le interesa, excepto a los conservadores y a los nostálgicos, el periplo privado y público de su agonía ? ¿Por qué no asumir que el libro es ya otro de los nombres del software? Por lo tanto, ¿qué hay en un container que no esté al alcance en la red?