Una semana en Madrid: menos escarapela y más choripán, che

Aterrizamos como en casa, y no sólo por los incontables agasajos gastronómicos que pusieron en marcha María y David o por los paseos por las callecitas que siempre añoramos por fotos. El aeropuerto se quedó sin luz y un retraso inexplicable de valijas nos robó las primeras horas en el viejo mundo.

Perfecto. Más que nunca tendría sentido el blog que habíamos pensado y que nunca haremos para el reboot europeo: las mentiras argentinas sobre la vida cotidiana del primer mundo, que supongo se filtrarán por Twitter o por esta misma pantalla. La política pierde aquí también toda su altura y no está prohibido fumar en casi ningún bar ni restaurant. Los vinos son buenos y baratos y en las oficinas del Estado se forman unas colas de tres horas que mejor ni hablar… Ahora bien, el humor del madrileño medio no tiene nada que ver con el del porteño promedio. 1 a 0.

No sé si tengo mucho para decir o aún no puedo contarlo. Si es poco o no lo entiendo. Pero Madrid me gusta. Es imperfecta, moderna y latina y todavía se las arregla para esconderme sus toros. De repente, pasás por la puerta del Chicote pero no lo sabés y al otro día se te ocurre pasar por el mítico bar donde alguna vez imaginaste a Hemingway, aún cuando sea muy “pijo”, o cheto en dialecto argento. Como sea, La mariposa y el tanque fue una forma de estar en Madrid cuando sólo había para libros y no habrá mejor camino para leer ese cuento que tomar un gin tonic en las mesas del Chicote.

En el medio, más de doce tipos de pescados y otros tantos de quesos y vinos, cofradía de comidas y calma horaria.

El museo Thyssen fue el precalentamiento para lo que viene y el 25 de mayo oficial en Madrid fue, como no podía ser de otra forma, el peor reencuentro con la argentinidad. Si hacés choripanes, comprá un pan por chorizo. Ni uno menos. Habrá WeekTrailer.