Una de buitres y piratas

Martes 17 de enero de 2012. Se anuncia con bombos y platillos y se ultiman detalles: mañana, el blackout global contra los proyectos de ley SOPA y PIPA, que buscan rediseñar internet volviéndola una plataforma limitada al consumo, restringiendo, regulando y penalizando la publicación y la circulación de contenidos. Para sorpresa de muchos, pero no de todos, Twitter dice que el blackout es “una tontería”.

Miércoles 18 de enero de 2012. Blackout en marcha. Miles de sitios web de toda naturaleza y tamaño, populares e ignotos, educativos y comerciales, periodísticos y participativos, se pronuncian en sus portadas contra SOPA y PIPA. Algunos, incluso, dejan de prestar servicios durante varias horas.

Jueves 19 de enero de 2012. Sin SOPA ni PIPA aprobados, el FBI cierra Megaupload por supuesta infracción de derechos de autor. Fue detenido su fundador y varios empleados de la empresa. Anuncian que Taringa, Cuevana y otros sitios están en la mira de las autoridades. Los medios se hacen eco de la noticia de inmediato. En América Latina, después de las 15hs, al mismo tiempo que se hacía público el cierre de Megaupload, un problema de conectividad -del que ningún medio habló- impidió a buena parte de los usuarios acceder a sitios extranjeros, como Facebook.com, Twitter.com, eBay.com, Mercadolibre.com, Amazon.com, NYTimes.com, entre muchos otros. Confusión y la teoría del complot al servicio del momento. Sobre las 20hs se normaliza la accesibilidad a esos sitios desde la región.

Viernes 20 de enero de 2012. La noticia es Kim “Dotcom”, el fundador de Megaupload, detenido el jueves por extorsión, lavado de dinero, atentado a los derechos de autor y crimen organizado, entre otros cargos. Su vida excéntrica financiada por las decenas de millones de dólares que pudo recaudar como buen pirata es tema excluyente. Blackout, SOPA y PIPA, fuera de casi toda agenda social y mediática.

Pero esto no es todo.

La tecnología popular. El dato novedoso de la semana es la popularidad de la marca Megaupload. De repente, todo el mundo sabe qué es, cómo funciona, para qué sirve y por qué su cierre afecta globalmente la circulación de contenidos. Siempre se piensa en la popularidad de marcas como Google o Facebook, construidas en muy poco tiempo y vueltas tan referentes como aquellas de otras industrias que llevan en el mercado 50, 60 o más años. En un instante, todos caímos en cuenta de que Megaupload fue durante los últimos años parte de la cultura popular global. No era cosa de geeks, ni de una elite de early adopters visionarios. Fue parte de la vida de muchos. Quizá fue el primer servidor popular de la historia.

La agenda ciega. Cuando varios países de América Latina quedaron sin accesos continuos a sitios internacionales, nadie sabía con seguridad qué estaba pasando. Fue un paréntesis, un simulacro de red sin neutralidad. Los usuarios que podían acceder a las redes sociales lo hicieron vía 3G. En Twitter no eran pocos los que hablaban, irónicamente, del #FinDelMundo. Muchos también especularon desde sus teléfonos celulares con una escalada del FBI sobre sitios AntiSOPA. En varias salas de redacción afectadas por el desperfecto que ningún medio explicó se cometió el peor error: los periodistas no podían acceder a las redes sociales y en vez de investigar qué estaba pasando, buscaban alguna manera de conectarse a Twitter y Facebook. Vía 3G y con TOR hubieran recuperado el acceso de inmediato. Pero en ese momento su función no era estar en las redes sociales, sino explicar a la audiencia por qué no estaban accesibles. Periodistas y usuarios se igualaron en una vez más. Todos teníamos las mismas herramientas, los mismos problemas, las mismas ideas. Las principales noticias en la Argentina hablaban del calor infernal porteño. Algo que, por supuesto, no era una noticia. Todos sabíamos perfectamente que el calor era insufrible. Lo que no sabíamos era por qué no podíamos acceder a determinados sitios. Por qué la red había perdido su neutralidad.

La épica simulada. SOPA y PIPA están basadas en ideas anacrónicas respecto de la circulación y el negocio de los contenidos, a tal punto que cualquiera que piense un poco caerá en cuenta de que leyes de esa naturaleza son impracticables. Si yo estuviera a favor de ambos proyectos -y, aclaro, no lo estoy- me preocuparía algo muy puntual: si las aprueban mañana, cómo las implementamos, cómo las llevamos hasta las últimas consecuencias. Es tecnológicamente imposible. Servirían jurídicamente para enjuiciar y encarcelar piratas, y a otros que quizá no lo sean, pero no para detener la piratería. Del mismo modo que SOPA y PIPA son insuficientes para detener la piratería, participar de una simulación para detener esos proyectos es algo tan ingenuo como una excusa descarada para estar en centro la corrección política. Es tan fácil estar en contra de SOPA y PIPA que hasta Obama se pronunció así. Fue vergonzoso asistir a la aparición mediática de toda clase de falsos expertos mezquinamente comprometidos con una épica simulada: es tomar por idiota a la gente salir a decir que el mundo debe optar entre Hollywood y Silicon Valley, como muchos de ellos propusieron. Pongamos algo en claro: Silicon Valley no es el Arca de Noé de los bienes culturales y el conocimiento libre.

Piratas. Sin duda los piratas protagonistas de la semana fueron Kim y sus secuaces. Pero también lo fueron los impulsores de los proyectos SOPA y PIPA: se demostró el jueves que esas dos leyes son innecesarias para detener a quienes violan los derechos de autor. Vale avanzar un poco más, y preguntarse si no es algo pirata también el periodismo que se pirateó la atención del público explicando la ola de calor y no la desconexión regional a la red. O bien, también, preguntarse si no es algo pirata salir a simular una batalla ganada contra dos proyectos de ley impracticables, con escudos del tamaño de Google y Obama. El barco pirata de Kim, con Cadillacs rosados, mansiones y conejitas de Playboy, es más visible pero no más mezquino ni patético que las desvencijadas embarcaciones de quienes simulan una épica que es puro relato a fuerza broadcast por una red libre. Que se caigan las caretas de la impostura que se revela contra SOPA y que se indigna por la ostentosa vida de Kim. La misma impostura que calla por conveniencia cuando detienen por más de 400 días a Julian Assange y que no dice nada cuando se investiga a quienes usan un hashtag, del mismo modo que parece desconocer que la plataforma ‘revolucionaria’ de Mark Zuckerberg censura los mismos enlaces que SOPA y PIPA proponen hacer desaparecer de Internet, como thepiratebay.org, entre muchos otros.

Buitres. Estoy de acuerdo con José Luis Orihuela en que lo que está en juego no es una guerra entre gobiernos y piratas, sino la continuidad improbable de una industria abusiva. Y también agrego que muchos de los que están merodeando ese cuerpo agónico no son los héroes libertadores que lo derribaron para democratizar la cultura y la libertad de expresión, sino los buitres que pretenden alimentarse de sus restos.

Cuídense tanto de quienes abusan de Ustedes como de quienes dicen defenderlos. En estas aguas sólo navegan piratas. Las redes están, libres, en la profundidad: este lugar vasto y extenso que la mayoría habitamos. La superficie vive entre la fantasía del control y la utopía de la revolución. Marx afirmó que la historia acontece “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Y la tragedia para la información y la cultura libre, como para la circulación del conocimiento, ya pasó. Acabemos con esta farsa.