Un editor con los pies sobre la tierra

La mirada de David Remnick sobre The New Yorker es equilibrada y pragmática. El foco sobre los contenidos y la marca lo vuelven impermeable a tanta discusión vacía sobre la industria de los medios y, en particular, sobre el pronóstico de vida de las revistas.

Remnick tiene varios libros en su haber, experiencia como corresponsal en el Washington Post y unos cuantos premios. Entre ellos un Pulitzer que se agenció en 1994 gracias a su libro Lenin’s Tomb: The Last Days of the Soviet Empire. Su historia con el periodismo impreso -con el mundo impreso, de hecho…, incluso ha sido miembro de la Junta Directiva de la Biblioteca Pública de Nueva York-, sin embargo, no lo arrastró a ninguna de las dos costas más peligrosas en las que muchos si no todos naufragan: la del fanatismo tecnológico y la del romanticismo melancólico por un pasado improbablemente mejor. Cualquiera de esos dos destinos terminan siendo tragedias profesionales individuales o incluso fracasos corporativos rápidamente olvidados.

The New Yorker es rentable hace más de una década. Y si bien la Red favorece cada tanto alguna tormenta sobre el mundo Gutenberg, la revista crece en audiencia en su edición impresa y en sus plataformas online. David Remnick sabe que todos flexionamos los brazos y miramos nuestros celulares más de 150 veces por día durante las 16 horas estamos despiertos. Por eso también quiere crecer ahí. No quiere que la audiencia espere para leer lo que están publicando. Y esto es nuevo porque la mayoría de los editores de publicaciones impresas están convencidos que la audiencia puede esperar a sus productos del papel.

En una entrevista contó que algunas de las notas más leídas en la edición online son textos con una extensión de 10.000 o 25.000 palabras. Lo cual es una novedad para quienes trabajan en diarios digitales y en sitios de noticias, o en apps, pero no para quienes gestionan revistas de ese calibre, como The Economist, de las cuáles los públicos no esperan otra cosa.

La entrevista completa no tiene desperdicio y creo que el aporte es claro: una marca con tres tiempos de consumo de contenidos. Y en eso estamos algunos, creo: en enforcarnos en las marcas, en los contenidos y en los públicos. En un momento, ¿en un año?, en el que estamos escuchando tanto y tan pobre sobre lo que es el periodismo, lo que debe ser, sobre los contenidos y la tecnología y, sobre todo, respecto de rumbos y destinos (y casos de éxito increíblemente relatados a cara descubierta), las palabras de Remnick proponen aire fresco.