Tres lecturas


El fin del periodismo

El sábado en La Nación online. Una nota que sintetiza cierto malestar en la cultura periodística. El asunto es la crítica que un conductor del noticiario de Canal 7 le hizo al diputado Larroque por el hecho de repartir donaciones como si fueran dádivas partidarias. La noticia online se publica al día siguiente; esto, en términos actuales, es algo así como unos meses después de los hechos. El texto no propone más que una reconstrucción del incidente. Hay un desacierto tecnológico grave -finalmente, el inevitable desacierto de un editor- cuando la web narra a la televisión. El desacierto se vuelve estético cuando para ilustrar esa narración recurren a plataformas como YouTube. Un juego de mamushkas pero invertido, de la obsolecencia menor a la obsolecencia mayor. Primero, el aura agotada de la palabra escrita del soporte papel se traslada sin diferencias al soporte digital. Leo en internet sobre algo que pasó ayer: eso ya es un problema. Si entre uno y otro episodio se siente un lapso de meses, la relevancia relativa del texto se desvanece más ante la instantaneidad del video. Veo en internet algo que pasó ayer en televisión y ahora parecen haber pasado años entre el texto y la imagen.

Por último, la nota añade que todo fue muy discutido en Twitter. Un par de capturas de pantalla de un timeline recorta el instante de la dinámica random de un flujo de usuarios cualquiera. Leo y veo en internet algo que pasó ayer en televisión y se discutió hace muchísimas horas en Twitter. Es la elocuencia boba del soporte audiovisual la que vuelve a cero bajo la fuerza del discurso caótico de las redes sociales que lo llena y lo vacía y lo vuelve a llenar y lo vuelve a vaciar de sentido. La impresión final es que la lectura, en un diario online, de algo que pasó en la televisión y que luego fue atravesado por Twitter (en el lapso de cinco minutos olvidables que para La Nación online deviene casi veinticuatro horas) se percibe en términos cronológicos como una experiencia tan insoportable como un viaje a Saturno en carreta.


La política

Una serie de comentarios sobre el asunto anterior. De los empleados del área de comunicación de los gobiernos me gusta la vigencia de cierto pudor. En general, toma la forma reflexiva del silencio. Uno lee ciertas trayectorias. Todas podrían sintetizarse en una importante dependencia material y simbólica del gobierno (municipal, provincial, nacional). Así que el silencio es una decisión con criterio. La exposición es cada vez más rasante, las posibilidades de engañar más acotadas. Otro mérito de la tecnología. Uno queda en evidencia demasiado rápido. El salto categórico del Papa que para el mismo grupo de empleados primero fue colaboracionista y unas horas después peronista sintetiza el asunto.Tenerla adentro, como percibió Diego Armando Maradona. El estigma más peligroso de la época.

El asunto de la política, sin embargo, desnuda una buena cantidad de cinismo. Estuve leyendo al respecto. ¿Qué es la política? Un ejemplo. Román Servicios es la estructura de logística más grande de Buenos Aires y una de las redes de recolección y distribución de mercaderías más exitosas del país. ¿Román Servicios es la política? ¿La logística es una red política? Por otro lado, pocas instituciones políticas deben ser hoy más obsoletas que las sedes partidarias. Que las circunstancias las conviertan en puntos de almacenamiento y redistribución de donaciones debe significar su pico de relevancia social de la década. Basta pasar dentro de un mes por la puerta de cualquiera. Si la desidia estatal en el planeamiento de una infraestructura que garantice la supervivencia de una población determinada sobre un territorio determinado, y por ende un poder, -¿no era eso la política?- cristaliza en el lastimoso usufructo de una red de logística muriente para ayudar a víctimas, entonces Román Servicios, con su disposición eficaz de nodos sobre un determinado territorio útil a un determinado mercado, debe ser hoy la política más importante, vigente y responsable en Argentina. Este sencillo sofisma puede poner en problemas a la mística urgente de cierta militancia cínica.


Limónov

La biografía de Eduard Limónov que escribió Emmanuel Carrère tiene 396 páginas y las primeras 106 se leen sin pausa. Carrère conoció a Limonov cuando era un poeta ruso excéntrico en París. Un detalle interesante de la biografía es que Carrère se incluye a sí mismo, de a ratos, no como el cronista narcisista que necesita reafirmar su presencia en el eje de la narración -Carrère no es, por suerte, un miserable croniquero porteño- sino como contraparte velada de la construcción de la figura de autor de Limónov.

Rusia es un país duro, dice Carrère, y los cuarenta millones de muertos entre la Gran Guerra Patriótica y el estalinismo hacen ver al Holocausto que escandaliza a las conciencias europeas como algo insignificante. Francia, en cambio, necesita de los exabruptos de Le Pen para revalidar la sensibilidad útil de lo políticamente correcto. Mientras Limónov abandona su vida como poeta para traficar armas en los Balcanes, Carrère planifica sus vacaciones de verano no muy lejos de sus propios padres.

Hay un pasaje interesante sobre la vida de los poetas disidentes rusos durante la nomenklatura. Probablemente describa también el clima de cualquier disidencia en cualquier lugar y en cualquier momento. Demasiado melodramático, pero probablemente por culpa de la romantización culposamente burguesa de Carrère. “Ser poeta, retirar la nieve con una pala delante de la editorial a la que jamás de los jamases le enseñaría sus poemas, y cuando el director, al apearse de su Volga, te veía con la pala en el patio, era él el que se sentía vagamente humillado. Llevaban una mierda de vida, pero no habían traicionado. Los fracasados se calentaban entre ellos, en las cocinas donde parloteaban noches enteras, entre el samizdat que circulaba de mano en mano y el samagonka que bebían, el vodka casero que se fabrica en la bañera con azúcar y alcohol de farmacia”.