TV: no es el fin, es otro comienzo

Los estudiosos de la televisión no paran de argumentar que estamos siendo testigos del principio del fin de la televisión. En el libro El fin de los medios masivos, Mario Carlón, Mirta Varela, Carlos Scolari y Eliseo Verón analizan por qué el medio que otrora reunió a la familia en el seno del hogar, resolvió dentro de la casa todas las contradicciones y aglutinó las diferencias en pos de la homogeneización, hoy se enfrenta a, nada más ni nada menos, que a su muerte.

La actitud de las jóvenes audiencias respecto al consumo cultural de la televisión evidencia un cambio similar. Como demuestra Marcelo Urresti en Ciberculturas juveniles, las prácticas de los nativos digitales se orientan hacia las nuevas tecnologías y perciben a la TV como un aparato obsoleto, anticuado, y poco efectivo para sus intereses de co-producción, interactividad y participación activa.

Sin embargo, el hecho de que la televisión se esté quedando vieja no significa que haya que abandonar todas las esperanzas y firmar su certificado de defunción. Hoy, más que nunca, es necesario detenerse a pensar cuál es su enfermedad, cuáles son los síntomas, cuál es la raíz del malestar y qué remedios son los mejores para curarla. La solución, como estas investigaciones indican, no es volver al pasado sino adelantarse al futuro, a la TV de mañana.

Según la agencia Social Media Room, más del 50% de los menores de 28 años que miran televisión lo hacen mientras comentan un programa determinado en Facebook o para difundir opiniones sobre los contenidos en Twitter. Cuando se transmitió por TV el Super Bowl, por ejemplo, se mandaron más de 4 mil mensajes por segundo. Un estudio de NM Incite, de la compañía Nielsen/McKinsey, descubrió que, de hecho, hay una correlación entre el rating televisivo y la actividad de los internautas en las redes sociales.

Esta conducta conecta el consumo televisivo con las costumbre s emergentes que se dan de hecho en el espacio virtual, y la televisión de antes no puede ignorar que su audiencia está hablando de ella desde un espacio ajeno. Los generadores tradicionales de contenidos tienen un eco inusitado en la red de relaciones, y es una oportunidad única para fomentar discusiones, proponer acciones y propagar la programación hacia lugares inusitados.

En los 90, Oscar Landi en Devórame otra vez instaló la pregunta de “qué hizo la televisión con la gente, qué hace la gente con la televisión”. Hoy tendríamos que seguir tratando de averiguar lo mismo: ¿por qué se consume lo que se consume y en dónde? ¿Qué buscan y qué pueden encontrar los televidentes en las nuevas pantallas integradas?

La presencia de la TV en estas plataformas de interacción sirve para averiguar qué es lo que los televidentes/cibernautas desean de ella, qué críticas le hacen, y qué le piden.  También para saber más sobre ellos, sobre las comunidades que encarnan, los intereses que persiguen, las necesidades que satisfacen cuando entran en contacto con sus pares. La información abunda, es caótica, pero no debe ser ignorada a la hora de diseñar la nueva televisión.

Las pistas para descubrir las claves de la TV del mañana no están dentro de la programación de la televisión, sino fuera y alrededor de ella. Una vía posible sería, además de analizar cómo van cambiando programas, formatos y formas productivas del pasado, centrarse en el paratexto, como sugiere Jonathan Gray en Show Sold Separately.

La televisión, que en los últimos tiempos ha sido un medio meta-textual por excelencia, tiene que dejar de mirarse el ombligo para sacar lo mejor de lo que está sucediendo a su alrededor. Los user-generated contents como los fansites, blogs o videos amateurs, el despliegue de las franquicias de Hollywood en múltiples plataformas como las pantallas, móviles y libros, el desarrollo de tráilers y  publicidades complementan la experiencia del espectador y cobran sentidos intertextuales que exceden al texto principal. Es más, Gray sostiene que no existe “un” texto principal, sino un conjunto de textos que conviven entre sí y general sentido en su interrelación.

Lo que está sucediendo con la TV hoy no puede obviarse, y meditar sobre su muerte sólo es productivo si genera nuevas preguntas. No se puede decretar el final de una medio que no pertenece a quienes la hacen (o a quienes pensamos sobre ella) sino a quienes la disfrutan. Como dice el crítico cultural Raymond Williams, la TV condensa preocupaciones institucionales y usos sociales. Y habrá que pensar en sus aplicaciones antes de hacer su autopsia.