Lawrence Lessig vuelve al formato libro y nos sorprende con el mejor título que podría haber elegido: Remix. Los tres pilares conceptuales de la obra serán:
. La guerra en contra de los chicos (usando internet, descargando música, películas, videos) debe de parar.
. Es necesario celebrar y dar soporte a la cultura de las remezclas.
. Una nueva forma de comercio y negocios está naciendo, Lessig le llama “híbrido”.
Cada vez más hablamos y buscamos las expresiones de la remixología contemporánea porque ya no importa si se trata de arte, música, ideas o hardware, infraestructura, generos narrativos, modelos de negocios, habilidades o herramientas. Es por ello que es gran una noticia para Amphibia que el libro de Lessig venga de Remix.
Encontrar formatos diferentes para mostrar a un personaje en la web siempre fue un desafío. Las Videoentrevistas que hacíamos y hacen Clarín.com (Magela Demarco y Ary Kaplan a la cabeza) fueron un formato muy innovador.
Hoy encontré el que viene: se llama The Insider y es una sección del New York Times donde presentan a un personaje. Siempre es un “tastemaker”, alguien que tiene algo para decir sobre dónde probar tal comida, comprar las mejores frutillas o qué muestra visitar. Su gran valor es que usa elementos tan sencillos como un cuestionario Proust remixado, un Google Map, una nube de tags y muchísimos links. No inventa nada; remixa todo. Lo mejor es el mapa, que muestra, en el barrio donde vive el personaje, sus “lugarcitos” de visita y consumos frecuentes. Un plus: es hiper vendible.
Sentido común, tradición, música, lengua, danza, literatura, somos esencialmente replicadores, máquinas de copiar e imitar. Un ciclo que funciona a nivel memético como genético. Pero claro, Charles ya sugirió que este proceso se da siempre aplicando cambios y es allí, en ese acto, donde se produce diseño, verdadera innovación.
Pero tal vez lo mas importante es que a lo largo de casi 20 minutos de exposición nos presenta una distinción para nada sutil: designa como ‘temes’ a aquellos memes que se valen del conjunto de nuestra tecnología y habilidades replicantes para fundar un nuevo orden de copia donde nosotros funcionamos como su copiadora. Así pues -y hasta tanto puedan replicarse- se valdrían de nosotros como verdaderas ‘temes-machines’, llevándonos a nuevos estados mentales y a fundirnos cada vez más con la tecnología para operar como máquinas avanzadas en la propulsión esa información.
La noticia aquí es que este proceso resulta muy difícil de que se detenga pues, como todo gen viral, esta encontrando mejores formas de replicarse.
La búsqueda, está claro, va por las metáforas amphibias. Esquemas para pensar que distintas capas de desarrollo, procesamiento y codificación de datos conjugan, que algunos usos remixan y que ciertas tecnologías sintetizan.
Los contenidos no importan porque el contexto es el mensaje. En el entorno está el sentido.
Como estamos detrás de proyectos amphibios es que llegamos a este tipo de casos. Mediamatic inserta desarrollo de software y se convierte en laboratorio donde la mayoría no se atreve a modificar el código fuente de la institucionalidad cultural de la época y se empantana en la esfera supositoria.
Mediamatic es un buen ejemplo de cómo se empiezan a transformar las ecologías culturales que hasta ahora reposaron sobre estructuras modernas. Las bibliotecas desarrollan código, los analistas pasan a la acción y se equivocan, los curadores se embarran en la producción y la remixología se vuelve ambiente.
En las redes, el conjunto de habilidades e interfaces configuran el territorio.
Lo que hace algunas décadas estaba atado fuertemente a la lengua y en menor medida -aunque no por eso menos importante- al nacionalismo, comienza a trasladarse en la capacidad de procesamiento de datos.
Modelar herramientas implica dar una inyección de potencia a la capacidad de operar en un contexto, pero sobre todo de intervenirlo. Lo que hasta ahora entendimos por habilidades y la ingenua fantasía del “usuario avanzado” no son más que un primer anillo hacia el diseño de contextos y el sampleo de territorios.
Las cosas más difíciles de encontrar en este desvencijado y precario principio de siglo son porciones “que huelan a ahora”. La mayor parte del pastel visible es pura modernidad recalentada y a nosotros nos gustan los hornos transparentes. Cualquier suplemento de cultura que lean es un gran ejemplo de la modernidad microondas: no huelen a ahora, muestran más prejuicios sobre el pasado (sobre todo literario) que las porciones que se preparan en la gran cocina de las ficciones distribuidas en que se está transformando esta primera década.
No me voy a tomar la más mínima molestia en explicar de qué va Ciberculturas 98,5 %. Mucho menos en sintetizar posiciones o resumir exposiciones. No estamos para cargar definiciones con tanto agujero cerca. Así que estos diarios irán de 1, 5 %, un digestivo necesario para que los arduinos no perdamos apuntes tomados en la calle Corrientes.
Siempre me pregunto cómo va a ser ese párrafo escrito en el 2098 que zipee esta primera década y media de la Web. Pero eso no va a suceder. Ninguna historia cultural del ciberespacio va a tener impreso el sello de versión oficial. Somos arduinos. Probablemente, la multiplicidad de primeras personas se encargue de licuar ese y otros certificados de la modernidad.
Volviendo al (impresionismo del) futuro (de donde nunca deberíamos habernos ido): La identidad es información, se distribuye y circula como tal ¿pero no lo es también el contexto con el que interactúa y del que forma parte? El tamaño de tus intereses es el tamaño de tu mundo: De hecho, la permeabilidad de tus intereses dinamiza tu mundo. Y diseñar es, atento todo, cartografiar sentidos, mapear identidades, remixar datos. Impresionista post de Rafael Cippolini, con quien pronto, además de información, seremos átomos
Crearon una plataforma online para compartir habilidades y ganaron una beca del Fondo Nacional de las Artes. No realizan obras, diseñan experiencias. Artistas locales mezclan bits y átomos y pregonan cultura libre.
Compartiendo el Capital (compartiendocapital.org.ar) parecía un proyecto condenado a la marginalidad. Estaba a mitad de camino entre la emergente cultura geek y los ambientes más excéntricos del arte local. Tenía propósitos más estéticos y sociales que informáticos, pero utilizó genealógicamente tecnologías rupturistas. Y lo más importante: las conceptualizó como metáforas de producción artística. Produjeron, desde la hora cero, los usos menos ingenuos y más constructivistas de los blogs y las redes sociales en esta parte del globo.
[Incluye una columna de Reinaldo Laddaga] (More …)
¿Y si podemos producir mushups con átomos, remixar dispositivos y hacerlos enteramente programables y abiertos?
¿Se imaginan recombinar, actualizar y remixar su dispositivo? Ok, y
si les digo que sobre un tronco de infraestructura se le pueden conectar “widgets” como si uno armara su dispositivo como un Lego? Con ese prólogo amplió Julián mucho más el contexto donde deben inscribirse las proyecciones de un FabLab y los conceptos que lo diseñen.
Así conocimos BUG Labs, la posibilidad de crear casi cualquier gadget que podamos imaginar. Pensemos en GPS, reproductores de mp3, cámaras de fotos, video, etc. Lo interesante es que no estamos hablando sólo de crear esas funcionalidades o de un mero reciclado de objetos, sino de remixarlas, de reaprovecharlas, combinarlas y prototipear gadgets y dispositivos a la carta.
La primera tentación es pensar estos conceptos, tal como ya pasó con el Fabbing y mucho antes con el software libre, como posibilidad kelper de acceso tecnológico y desepultar gente de la brecha digital mediante un extraño ideal asistencialista de dar vida a los fósiles tecnológicos. Pero no nos engañemos por tercera vez.
Cuando hablamos del proyecto BUG, de Fabbing, importa menos la tecnología que los conceptos que se ponen en juego. De hecho y por poner un sólo ejemplo, uno de los grandes aciertos del proyecto OLPC fue desde el día cero pensar en términos de hardware libre (aunque luego no haya sido totalmente así). Si se preguntan por el diseño, y sí, aún es feo y ortopédico, pero eso se resuelve.
La pequeña criatura cuesta unos 299 dólares y traspola el concepto de widget al hardware. El futuro es móvil y abierto, inlcuso el de los átomos.