Videla y el hastío

I
Leía un chiste sobre el mejor bar del mundo inaugurado en la URSS cuando irrumpieron las pompas fúnebres de Videla en las redes sociales (porque ahí es donde se padece el único escarnio). El Kremlin inaugura el mejor bar del mundo en Moscú, al estilo más atractivo de Occidente: buen espacio, buena decoración, muchas mujeres. Pero la clientela no llega y el lugar está vacío. Dos camaradas discuten. “¿Es por la decoración?”, pregunta uno. “Imposible, fue diseñada en los centros nocturnos más sofisticados de Nueva York”. El camarada piensa. “¿Los barman?”, pregunta. “Han venido desde los mejores bares de Londres”, responde el otro. “¿Por qué nadie se fija en las mujeres con las medias red y los corsets de seda que trabajan en el bar?”, pregunta de nuevo. “Todas han sido fieles y responsables miembros del Partido durante más de cuarenta y cinco años”.

La recepción que la web hace de un evento es aquello que da entidad real al evento y en esa misma recepción que hace la web de un evento se pone en funcionamiento el sentido inaugural del evento. La segmentación inmediata de esos sentidos se da por las burbujas de filtro. Luego llegan los matices. Si lo mundano es un sistema de convenciones de los otros -la palabra subrayada en esa frase sería otros-, hay determinados eventos que obturan el cerco digital de lo mundano -en la web, el único motor del sentido- a una velocidad tan calculadamente acompasada que agota toda metamorfosis en pocos minutos.

La muerte de Videla en Twitter fue, hacia las nueve de la mañana, un rumor que hacia las nueve y media se convirtió en una celebración ironista y hacia las diez en una sucesión de Videla facts cómicos. En Facebook, cada cual construía el matiz de su experiencia con párrafos sentidos de condena moral, reivindicación individualista y mala prosa. En simultáneo, una y otra plataforma exhibían un poderoso revival religioso alrededor de aquella institución católica en estado de abolición inminente, el Infierno. “Videla era un creyente. Yo no lo soy. Pero si existiera un infierno, allí estaría su lugar”, sedimentó Beatriz Sarlo en una columna al día siguiente.

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Der Kommentar

La fuerza del comentario en Internet es la negatividad. No se trata de pensar esa negatividad como simple “malevolencia”, sino como una oposición ante antiguas prácticas y poderes. Frente a la dinámica esclerosada del circuito informativo clásico, donde el mensaje era emitido por una única fuente y recibido por un único receptor, el comment materializa la negatividad de lo nuevo.

Feedback diseñado para la lógica de participación horizontal que propone la Web ante la información –y siempre se trata de información–, la cohesión de nuevas comunidades germina a los pies de las noticias online a través del comment . Aunque, a veces, como ocurre en toda comunidad desjerarquizada y participativa, el feedback puede volverse tóxico y dañino. En ese sentido, el comentario también delimita un área donde las ideas se ejecutan como odios.

Más allá de su integración a favor o en contra de un discurso, el comment representa, por eso mismo, negatividad. Un modelo contemporáneo de información digital que solicita actividad, en oposición a un modelo de información analógica que solicitaba pasividad.

¿Entonces cuáles son los requisitos para añadir la voz propia a esos foros que oscilan entre lo constructivo y lo pantanoso? La pregunta se relaciona menos con las cuestiones técnicas para producir comments que con la neutralidad que garantiza la Web para que eso sea posible.

¿Tiene un usuario anónimo derecho a incluir su voz en los nuevos flujos de opinión digitales? ¿Cómo se intersectan las fuerzas jurídicas que esperan controlar el ciberespacio como si fuera una mera remodelación del viejo circuito analógico del “correo de lectores”, y los flujos de audiencias que reelaboran y disputan el sentido y la dinámica completa de la información en Internet?

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Experiencia drone


I
La posibilidad de un drone articulando eventos e información de manera instantánea resuelve en primera instancia la pregunta acerca de la relevancia estética y cultural de la figura clásica del «cronista». Un mundo en el que la ejecución de la guerra ha reemplazado a soldados por drones, no puede ser un mundo en el que persista aún el idiotismo ontológico de desear ser «cronista de guerra» (¿pero no es el deseo de ser aquello que ya no es la síntesis del periodismo actual?). Resuelta esa cuestión, la pregunta planteada por el drone convoca a analizar otra vez la idea de «subjetividad», «publicación» y «experiencia».

La «subjetividad», es decir, el esquema ideológico y material a través del cual se elabora y establece socialmente la percepción dinámica de un Yo, un Otro y un Mundo —superación de ese otro idiotismo para el que subjetividad significa “lo que cada uno opina”, cuestión resuelta por «la objetividad del oficio del periodista»—, reflejada a través del esquema perceptivo de un drone, se ordena alrededor de una aspiración tecnológica de «objetividad». Despojada de los intereses y los conflictos constitutivos de cualquier entidad biológica, la fría lógica maquínica del drone alcanzaría la «objetividad absoluta». ¿Pero son realmente los hechos registrados por el drone «tal como son», en «el momento en que ocurren» y en «su completa totalidad» la superación de los imperfectos esquemas perceptivos de lo humano ante lo fenomenológico de la realidad?

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El círculo vicioso de la repetición

Las noticias del periódico impreso las vimos ayer en la web, las exclusivas del diario las vemos publicadas hoy en la “edición digital”.

Los portales de noticias refritan las exclusivas del impreso, otros portales refritan la noticia que leyeron en un medio digital, le cambian el título (a veces ni siquiera hacen el esfuerzo) y vuelta a empezar.

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Know Your Meme – Literatura y Política

 


#panchoparty cc @lulaazul

I

La pregunta sobre literatura e internet debe pensarse no a partir del ejercicio de trasladar procedimientos de lectura que «develen lo literario» allí donde «en principio parezca velado» —artificio de la voluntad que sólo retrotrae las condiciones estéticas de un nuevo territorio hacia los parámetros de las vanguardias de principios del siglo pasado y hacia el deseo de un quiebre de las autonomías tras el cual «todo y nada puede ser literatura»—, sino en un análisis pormenorizado de las formas narrativas que, efectivamente, sólo tienen relevancia y sentido en la web.

Hay una literatura cuyo soporte se ha dado sobre plataformas digitales —los blogs, «far away and long ago»— pero esa literatura varía —excepto por el uso complementario de algunos links o algún modesto auxilio audiovisual— poco y nada respecto a la que puede producirse sobre cualquier pedazo de celulosa. Lejos de tratarse de una «literatura en internet conservadora», aquello puede leerse —desde un ahora contemporáneo y miserablemente fugaz— como la prueba arqueológicamente relevante de una migración incompleta de «lo literario hacia la web». Pero una migración al fin.

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Medios digitales, Córdoba 2013

Este fin de semana tuvieron lugar en Córdoba las I Jornadas de Capacitación en Periodismo Digital. Las organizó FOPEA y estuvieron presentes periodistas de muchas redacciones online de distintos lugares de la Argentina. Hubo talleres y conferencias. FOPEA también presentó un informe sobre cómo trabajan los medios digitales en el país.

La pasamos bien, aprendimos, compartimos información y experiencias. Era hora de que en la Argentina exista un encuentro donde se reunan quienes todos los días contruyen los medios digitales. Este fue el primero. El plan es volver a vernos el próximo año, como este fin de semana, para ver en qué estamos y qué tenemos en mente.

Burbujas de filtro o el jardín plástico

I

Basta observar al verdadero Mark Zuckerberg, el neoyorquino de carne y hueso que nació en 1984, para entender aquella descripción de un artista millonario y sufriente que Michel Houellebecq —siempre atento a los almirantazgos de la contemporaneidad— hace en su novela El mapa y el territorio: “Tan difícil como pintar a un pornógrafo mormón”.

Aún así, Zuckerberg, el geek que cambió para siempre la experiencia de la amistad (sin haber dejado de vender la privacidad de sus millones de usuarios al mismo puñado de corporaciones de siempre), supo articular una frase que lo catapultará, para siempre, de la condición de mero empresario, a la de prodigioso entendedor de su tiempo: “Una ardilla muriendo frente a tu casa puede ser más relevante para tus intereses ahora mismo que la gente muriendo en África”.

Implacable, esa percepción sobre la construcción contemporánea de relevancias y afinidades —más allá de las ardillas, más allá de África— atraviesa la médula de una lógica que no sólo se traduce en algoritmos detrás de cada monitor, pronosticando y satisfaciendo nuestros consumos, sino también en la construcción de burbujas filtradas de contenidos, donde hasta la política puede tomar la forma plácida —y casi epocal— de la autocomplacencia y el soliloquio.

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Cobrar por contenidos

En el mercado de los medios, cobrar por contenidos tiene una pequeña trampa para la audiencia, que siempre se pasa por alto e impide discutir en profundidad sobre lo que verdaderamente se está hablando.

Cuando un medio cobra una suscripción periódica, no está poniendo un precio al contenido. Está poniendo un precio al acceso. La diferencia es sustancial.

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El silencio de los corderos

Para los periodistas, en su día.
Para los cronistas, que… ¿son periodistas?
P@r@ los m@rtires voc@cion@les del interior.
“Hacer crónica es plantarse frente a la ideología de los medios, que tratan de imponer ese lenguaje neutro y sin sujeto que los disfraza de purísimos portadores de la realidad, relato irrefutable”.
“Una vez le pregunté a Walsh si realmente le había consultado a la viuda de unos de los fusilados de José León Suárez qué había comido ese día. ¿Las milanesas con papas fritas eran un dato de la realidad dado por la viuda o un verosímil para un obrero que todavía disfrutaba de un buen pasar? Primero me hizo una broma, pero muy significativa: «Nadie me va a hacer un juicio por eso»”.

 

I
La crónica como forma implica, también, la posibilidad de un penoso análisis formalista. En tal caso, un penoso análisis segmentado del dispositivo narrativo crónica puede formularse así:

[percepción tiempo-espacial] N + [información fáctica] N = [segmento crónica] N

El esquema formal puede trasladarse fácilmente a cualquier ejemplo:

[Son las diez de la mañana] + [Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires] = [Son las diez de la mañana. Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires] *

La sumatoria (∑) de esos [segmento crónica]N constituye una crónica. La fórmula es de valor universal**.

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El topo

I – Tinker
La cuestión gira otra vez alrededor de la crónica como dispositivo textual que no propone, no construye y no sostiene otra cosa que una «aristocracia de la subjetividad»; es decir, la guarida última y con mayores pretensiones de «sofisticación literaria» de los «propietarios del sentido».

«Subjetividad» no debe entenderse —y no está de más añadir la aclaración: siempre hay un periodista leyendo— como la trivialidad inconducente de una «opinión propia sobre lo que ocurre en el mundo de los hechos objetivos», sino como la conformación de una estructura de sentidos socio-culturales colectivos. Una estructura que modela las formas en que se construyen los objetos del mundo y que también modela las formas en que se construyen las percepciones de ese mundo y sus objetos. Una estructura que codifica, difunde y jerarquiza los «sentidos» que rigen al tejido social y su devenir.

La «subjetividad» es, por lo tanto, un dispositivo gnoseológico general —una máquina, si se quiere ir un poco más allá, pero no tanto, productora de lenguaje— que funciona más allá de la «voluntad de poder» de los sujetos individuales. La «subjetividad» es una malla de sentidos únicos, incluso —y aún más— cuando, en tanto malla de sentidos, se propone —como suele hacer mucha de la crónica actual— como una «plataforma para la transgresión». Por eso mismo la «subjetividad» es única, como es única la «ideología» —el mismo periodista que lee estas líneas tal vez recurra también a frases erróneas como «desde mi ideología…»—; aclarado lo cual, y volviendo entonces a la cuestión de las «aristocracias de la subjetividad», la pregunta pertinente sería: ¿Jon Lee Anderson es un delincuente?

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