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Basta observar al verdadero Mark Zuckerberg, el neoyorquino de carne y hueso que nació en 1984, para entender aquella descripción de un artista millonario y sufriente que Michel Houellebecq —siempre atento a los almirantazgos de la contemporaneidad— hace en su novela El mapa y el territorio: “Tan difícil como pintar a un pornógrafo mormón”.
Aún así, Zuckerberg, el geek que cambió para siempre la experiencia de la amistad (sin haber dejado de vender la privacidad de sus millones de usuarios al mismo puñado de corporaciones de siempre), supo articular una frase que lo catapultará, para siempre, de la condición de mero empresario, a la de prodigioso entendedor de su tiempo: “Una ardilla muriendo frente a tu casa puede ser más relevante para tus intereses ahora mismo que la gente muriendo en África”.
Implacable, esa percepción sobre la construcción contemporánea de relevancias y afinidades —más allá de las ardillas, más allá de África— atraviesa la médula de una lógica que no sólo se traduce en algoritmos detrás de cada monitor, pronosticando y satisfaciendo nuestros consumos, sino también en la construcción de burbujas filtradas de contenidos, donde hasta la política puede tomar la forma plácida —y casi epocal— de la autocomplacencia y el soliloquio.


Hace unos días mientras almorzábamos en Buenos Aires con un amigo me propuso el siguiente juego: Tomamos dos países, por ejemplo Argentina y Alemania, y los dejamos tal cual y como están en todos sus aspectos, excepto en uno: intercambiamos sólo sus poblaciones. Todos los Alemanes, todos, se mudan a la Argentina. Y todos los Argentinos, todos, se mudan a Alemania. Todo lo demás queda igual en sus países. La pregunta, obviamente retórica, es: ¿Los argentinos siguen siendo pobres y los alemanes siguen siendo potencia? Es muy probable. Lo que subyace en el juego es claro: una hipótesis sobre cómo se compone hoy la producción de valor.



