Burbujas de filtro o el jardín plástico

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Basta observar al verdadero Mark Zuckerberg, el neoyorquino de carne y hueso que nació en 1984, para entender aquella descripción de un artista millonario y sufriente que Michel Houellebecq —siempre atento a los almirantazgos de la contemporaneidad— hace en su novela El mapa y el territorio: “Tan difícil como pintar a un pornógrafo mormón”.

Aún así, Zuckerberg, el geek que cambió para siempre la experiencia de la amistad (sin haber dejado de vender la privacidad de sus millones de usuarios al mismo puñado de corporaciones de siempre), supo articular una frase que lo catapultará, para siempre, de la condición de mero empresario, a la de prodigioso entendedor de su tiempo: “Una ardilla muriendo frente a tu casa puede ser más relevante para tus intereses ahora mismo que la gente muriendo en África”.

Implacable, esa percepción sobre la construcción contemporánea de relevancias y afinidades —más allá de las ardillas, más allá de África— atraviesa la médula de una lógica que no sólo se traduce en algoritmos detrás de cada monitor, pronosticando y satisfaciendo nuestros consumos, sino también en la construcción de burbujas filtradas de contenidos, donde hasta la política puede tomar la forma plácida —y casi epocal— de la autocomplacencia y el soliloquio.

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Curiosity para medios

Luego de viajar 560 millones de kilómetros, lo primero que hizo el Curiosity cuando llegó a Marte fue actualizar su sistema operativo. Es claro, el software que le permitió llegar al planeta rojo no es el mismo que necesita para explorarlo. Requiere actualizaciones, modificaciones, nuevas versiones funcionales, para cumplir su misión. La NASA definió a este proceso, que duró cuatro días, como un “transplante de cerebro”. El Curiosity cuenta con ventaja respecto de nosotros: sabía de antemano que se dirigía hacia un lugar desconocido. Si se hubiere llamado Certainty ya hubiese explotado, o al menos sería la primera chatarra en ese planeta. Linda forma de llegar.

Los medios del futuro son plataformas que expresan la apertura, la flexibilidad y la curiosidad de quienes los producen, al mismo tiempo que incorporan el conocimiento de quienes los consumen. Si los medios no empiezan a asumir que el público sabe y decide, piensa, infiere y elige, que tiene cierta -ahí vamos- autonomía, no es posible avanzar en una interpretación de audiencias que son, de hecho, desconocidas e inestables. Mutantes. Ajenas. Autónomas.

Partir de que sabemos y la audiencia no, es encontrar rápidamente el peor destino. Es llegar a Marte sin curiosidad, sabiendo qué se encontrará. En ese caso, sólo encontraríamos lo que buscamos, y nada de todo lo demás.

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Cobrar por contenidos

En el mercado de los medios, cobrar por contenidos tiene una pequeña trampa para la audiencia, que siempre se pasa por alto e impide discutir en profundidad sobre lo que verdaderamente se está hablando.

Cuando un medio cobra una suscripción periódica, no está poniendo un precio al contenido. Está poniendo un precio al acceso. La diferencia es sustancial.

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El silencio de los corderos

Para los periodistas, en su día.
Para los cronistas, que… ¿son periodistas?
P@r@ los m@rtires voc@cion@les del interior.
“Hacer crónica es plantarse frente a la ideología de los medios, que tratan de imponer ese lenguaje neutro y sin sujeto que los disfraza de purísimos portadores de la realidad, relato irrefutable”.
“Una vez le pregunté a Walsh si realmente le había consultado a la viuda de unos de los fusilados de José León Suárez qué había comido ese día. ¿Las milanesas con papas fritas eran un dato de la realidad dado por la viuda o un verosímil para un obrero que todavía disfrutaba de un buen pasar? Primero me hizo una broma, pero muy significativa: «Nadie me va a hacer un juicio por eso»”.

 

I
La crónica como forma implica, también, la posibilidad de un penoso análisis formalista. En tal caso, un penoso análisis segmentado del dispositivo narrativo crónica puede formularse así:

[percepción tiempo-espacial] N + [información fáctica] N = [segmento crónica] N

El esquema formal puede trasladarse fácilmente a cualquier ejemplo:

[Son las diez de la mañana] + [Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires] = [Son las diez de la mañana. Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires] *

La sumatoria (∑) de esos [segmento crónica]N constituye una crónica. La fórmula es de valor universal**.

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Al menos el Primer Pirata: Like a Rolling Stone

Play & Read. A las nuevas ideas siempre es más fácil rechazarlas que colaborar en ponerlas en funcionamiento. Pasa todo el tiempo en todas las industrias. No es casual, por ejemplo, que tantos escritores hoy canonizados hayan sido otrora tan resistidos por las editoriales al presentar sus primeras obras. Finalmente siempre pareciera ocurrir lo mismo: el público se encarga de decidir, o al menos de influir, en el diseño de la oferta.

William S. Burroughs dijo una vez que la diferencia entre los artistas y los políticos es que los primeros producen el cambio, mientras que los segundos son quienes lo implementan una vez hecha la transformación.

Hay que ampliar la noción de artistas a otros campos, incluso comerciales, porque la vanguardia está expandida y fragmentada, si es que queremos ser quienes tengamos la iniciativa de producir los cambios, o facilitarlos, y no quienes, con retraso, implementemos lo inevitable.

La industria discográfica y de la los medios de comunicación, por poner dos ejemplos, están lidiando con cambios producidos por fuera de sus cadenas de creación de valor. Las industrias gastronómica y la del software, o más aun, la electrónica, en el otro extremo, están entre quienes tienen iniciativa.

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Capitalismo Cognitivo

Hace unos días mientras almorzábamos en Buenos Aires con un amigo me propuso el siguiente juego: Tomamos dos países, por ejemplo Argentina y Alemania, y los dejamos tal cual y como están en todos sus aspectos, excepto en uno: intercambiamos sólo sus poblaciones. Todos los Alemanes, todos, se mudan a la Argentina. Y todos los Argentinos, todos, se mudan a Alemania. Todo lo demás queda igual en sus países. La pregunta, obviamente retórica, es: ¿Los argentinos siguen siendo pobres y los alemanes siguen siendo potencia? Es muy probable. Lo que subyace en el juego es claro: una hipótesis sobre cómo se compone hoy la producción de valor.

Con ese ejercicio se podría haber escrito la contratapa del libro de Yann Moulier Boutang, Capitalismo cognitivo. Publicado en francés en el 2007, de casualidad lo encontré traducido al inglés en una librería en Berlín hace unas semanas.

A Yann Moulier Boutang le interesa la naturaleza contemporánea del capitalismo y sus manifestaciones culturales. Postula que, como a veces se malentiende, no estamos en una transición hacia nuevas formas de socialismo madurados, si no hacia un nuevo tipo de capitalismo que, para ser productivo, está condenado a convivir, facilitar y ofrecer nuevos e inéditos grados de libertad.

Va más allá. El autor explica por qué es al menos limitado entender la dinámica cultural y económica actual del capitalismo como sociedad de la información o incluso como sociedad del conocimiento. Propone una sutileza nominal que representa una brecha conceptual sustancial: denominar a la actual configuración capitalista como Capitalismo Cognitivo.

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Valor: ¿Qué es un medio?

Hay que hackear (reprogramar, reconfigurar, repensar, rediseñar) la discusión sobre el valor y la calidad de lo que hacemos y de, consecuentemente, cómo lo medimos: inventar nuevas métricas y categorías para poder reinventar los productos.

Solemos confundir el valor con el precio, el valor con el esfuerzo y costo de producción, el valor con el método ‘innovador’ de producción sin impacto en el producto, el valor con la lealtad fatua a los soportes, el valor con el esnobismo tecnológico, el valor con el romanticismo narrativo, el valor con el juicio que hacemos de lo que producimos. El valor no es eso.

El impacto directo del desarrollo vivo de un ecosistema tecnocultural abierto cada vez más expansivo se traduce, entre muchas otras cosas, en que el mercado de las noticias es deflacionario. Es deflacionario en precio y en atención.

El hecho de que el precio sea o tienda a cero debería empujarnos a reflexionar, no sobre el rediseño de la tarifa, sino sobre el del valor. No sobre el valor de cambio en el mercado, sino sobre el valor de uso y el valor social: es decir, qué significa para la audiencia y los anunciantes.

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Diseño editorial: Darwin va por las portadas

Convoco a poner atención a lo que está haciendo The Huffington Post. Está claro, hace muchas cosas, algunas mejores que otras, ciertas polémicas y las hay también admirables. Una es invaluable: está capitalizando la fragmentación de audiencias como ningún otro jugador. No sólo se está lanzando a nuevos mercados (Canada, Francia, Reino Unido, España, Brasil) y avanzando sobre el interior de los Estados Unidos (como New York, Denver, Chicago, Miami, Frisco, Los Angeles, entre otros). Además está haciendo un corte transversal de audiencias globales, como con las secciones de Divorcios, Casamientos, Juegos, Salud, Religión, Post50, etc, etc, etc. La novedad de esta semana fue su primera portada en español: voces.huffingtonpost.com. Su propuesta de organización y diseño de los contenidos es cada vez más innovadora e irreverente con las tradicionales secciones de los medios, que también las ofrece.

La capacidad de traducir la disolución del llamado “interés general” en su oferta es notable. Cuentan con una sensibilidad de diseño editorial que les permite fragmentarse y naturalizarse con la evolución de las audiencias. The Huffington Post está permanentemente calibrando la segmentación de los contenidos y no, como la mayor parte de los jugadores del mercado, forzando a que encajen en secciones que le ofrecían información a otro mundo, a otra época: a otra forma de entendernos. Tienen decenas de secciones, y la atomización continúa… y LA portada es cada vez lo menos importante.

¿Qué estamos mirando?

Vemos muchos videos en la web. Hacemos videos para la web. Y es normal que dentro de la búsqueda de nuevo contenido hoy el video sea el rey. Tratamos de aprender de Youtube. Nos gusta ver sus estadísticas y sus grandes números. Pero ¿qué estamos mirando?.

La creación audiovisual en la web debe vivir su propia transformación, alejarse de los códigos televisivos y ser parte integrada de procesos mas coherentes con su soporte.

Contenido latente
Todos los contenidos que somos capaces de subir a la web tienen un potencial para transformarse en un hecho destacado. Conviven de manera latente con millones de situaciones similares y que luchan por ser parte en las zonas de destaque limitadas de los medios o sitios.

Sin duda la diferenciación siempre será parte importante en el éxito de un contenido, mientras menos coincidencias tenga con otros más posibilidades hay de destacar. Una nueva mirada logra dar frescura y vitalidad lo que se agradecería por parte de los usuarios pero también hay que considerar que esta nueva construcción audiovisual en la web lleva consigo una serie de componentes que determinarán como este será parte de la avalancha informativa.

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Contra la lógica del encargo

Les cuento algo que nos puede servir para pensar nuestro trabajo.

Teresa Amabile, una profesora de Harvard Business School y coautora del libro The Progress Principle: Using Small Wins to Ignite Joy, Engagement, and Creativity at Work, hizo una investigación con resultados muy sugerentes.

Convocó a 23 artistas plásticos profesionales, es decir, pintores, escultores que se ganan la vida con sus obras de arte. Les propuso que seleccionaran, cada uno, 20 obras de su autoría: 10 hechas por encargo y otras 10 que no. La profesora Amabile recibió entonces en total 460 obras.

Luego convocó a un conjunto de expertos en arte: dueños de galerías, directivos de museos, curadores, historiadores del arte, otros artistas, etc. Les dio acceso a las 460 obras sin informarles cuáles eran hechas por encargo y cuáles no. Sólo les propuso que las evalúen.

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