Steve Jobs: el dolor por la muerte de un rico

Dicen que la fortuna de Jobs es de más de 8500 millones de dólares. No es usual que se lamente la muerte de un señor tan rico y que además se trate del CEO de una corporación. Otro dato curioso es que casi no tiene detractores públicos (digo casi porque alguno debe haber por ahí…). Se me ocurre pensar (nada original) que la razón de tanto afecto masivo hacia él se debe a su talento. Aunque el capitalismo casi siempre celebra el talento de las estrellas del rock y del pop o del cine y la TV, no de un señor que diseña computadoras o aparatos raros. ¿Será entonces que la razón última está en que estos aparatos son parte de nuestra vida, receptores de nuestro cariño, compañeros inseparables y por lo tanto su inventor merece nuestra admiración y homenaje? Y sí, ese es su gran logro: convertir a la tecnología en vida.

La evolución de su producción quizá se pueda reducir a dos hitos: el mouse y la pantalla táctil del iPhone. Ninguno fue su invento pero supo que hacer con ellos mejor que nadie. Puso en contacto la inteligencia de las personas con las máquinas, las conectó. Primero usó un aparatito que ahora nos resulta torpe y molesto y después de muchos años logró que fuesen los dedos sin más intermediarios. Supo integrar tecnologías dispersas pensando al revés: desde la gente, desde el final del proceso creativo. Se propuso hacer con ellas máquinas más útiles, más fáciles de usar y más lindas. Se obsesionó con que la gente las ame. Siempre sorprendió, aún con sus fracasos, y nunca fue mediocre. Hoy muchos sienten vértigo por el futuro de sus creaciones “qué pasará ahora”, dicen. Cuando veo a mi hijo Benja, de dos años, jugar con el iPhone o pasándole el dedo a la TV, con la pretensión de que se comporte igual, me relajo. ¡Viva la inteligencia! (por sobre el capital), gracias Steve.

Escrito para el diario Público (España)