Software takes command [I]

La premisa del último libro de Lev Manovich podría resumirse así: ya no hay capa de las formas culturales que no haya sido empapada por algún tipo de software. Buena parte de los bienes comunes, materiales e inmateriales, buena parte de las referencias a las que apelamos o nutrimos, todas de las historias que nos contamos y las experiencias que conocemos, están compartidas/intervenidas/mediadas/filtradas/metabolizadas por software. Y ello, según Manovich, lo cambia todo, aunque muy difícilmente se pueda ser preciso en la forma en que lo cambia.

La omnipresencia contemporánea del software le sirve a Manovich para analizar cómo los modelos de datos y las interfaces coregulan buena parte de las dinámicas sociales más ordinarias del día a día. Lejos de todo determinismo, lo primero que hay que aceptar es que ese software es permanentemente modificado por las personas. Por estas razones y un centenar más, Manovich dice que es necesario hablar de “software culture”, una forma de referirnos a un mundo donde los roles del reloj y la máquina a vapor han sido tomados por cientos de miles de líneas de código que mutan todo el tiempo.

Aun así, el software sigue invisible para muchos. Incluso intelectuales tecnofóbicos que escriben sobre el apocalipsis letrado que Internet propulsaría, utilizan software todo el tiempo. Artistas y profesionales de múltiples campos usan software y han naturalizado su incorporación a las tareas más cotidianas.

El software, dice Manovich, parece haberse vuelto un layer que está adherido a todo rastro social contemporáneo, desde los celulares multifunción que los niños llevan al colegio a los misiles inteligentes de los ejércitos mejor equipados para liquidar, desde las actividades internas de los supermercados para organizar stock y automatizar procesos de abastecimientos y ofertas, hasta el rendereado de una página web en el navegador.

Manovich resume la situación de esta manera: vivimos en la cultura del software. La amplia mayoría de las manifestaciones culturales está producida, distribuida y/o accesible vía procesos algorítmicos, pero paralelamente no tenemos la menor idea sobre la historia intelectual de esas herramientas que usamos a diario: Photoshop, GIMP, Final Cut, After Effects, Blender, Flash, Maya, MAX, da igual cuál. Y como si la situación ya no fuera lo suficientemente compleja, cada vez más personas producen software, escriben código, modelan estructuras de datos y lenguajes de programación.

A partir de todas estas aristas Manovich empieza a trazar un mapa de la historia del software, sus usos y herramientas más significativas, aquellas que funcionaron como compuertas para nuevas prácticas sociales, profesionales y culturales.

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Crédito de la foto: posible portada del libro impreso, by R▲▲S