Software everywhere

El sistema tecnológico está hackeando el sistema social. Y el sistema social está, a la vez, hackeando el sistema tecnológico.

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El despliegue tecnológico está poniendo en funcionamiento nuevas formas de entender la sociedad. Esas nuevas formas, como las de comercio, consumo, estudio, comunicación o trabajo, por ejemplo, están en apariencia desconectadas o al menos poco vinculadas unas de otras. Pero no es así.

En cada implementación, en cada puesta en funcionamiento, en cada lanzamiento de productos al mercado, existen coherencias que conectan las particularidades funcionales de cada sistema con un todo tecnológico que tiene una dimensión social/cultural. Cada deploy tecnológico expresa y demanda formas culturales nuevas que, en alguna medida y al decir de Marshall McLuhan, extienden, recuperan, obsolescen o revierten (sin secuencialidad necesaria) formas instituidas de la vida social. En definitiva, cada deploy es causa y efecto a la vez de una resignificación social de la tecnología y una resignificación tecnológica de la sociedad.

La “sensorización de las cosas” y la “sensorización de los cuerpos” son dos corrientes de desarrollo tecnológico y social que tienden inevitablemente a encontrarse. Los objetos con software conectados a la sociedad y los cuerpos -de individuales y colectivos— conectados a las cosas. Esa es la situación creciente más significativa de la época. La alianza hombre máquina low cost, masiva, “gamemificando” la forma de conocer/nos.

Desde sensores que monitorean las vibraciones y las condiciones de los materiales de edificios, puentes y monumentos históricos, hasta pulseras biométricas de 100 dólares que registran la actividad de nuestros cuerpos y comparten esa información con amigos, por tomar dos ejemplos al azar. Ni hablar de las prótesis de conectividad que representan los teléfonos y otros dispositivos móviles, como los anteojos, los autos o relojes conectados.

Se están solapando de un modo muy novedoso capas de software en intersecciones de la vida cotidiana. El resultado más obvio es que todo tiende a poder ser representado por información. Y lo que sabemos hasta ahora es que toda información puede ser procesada, conectada, interpretada, almacenada y transmitida de formas inesperadas en cualquier momento.

Tres fechas clave: En 1960 Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline empezaron a hablar de “cyborgs”: básicamente, “de un sistema hombre-máquina en el cual los mecanismos de control de la porción humana son modificados externamente por medicamentos o dispositivos de regulación para que el ser pueda vivir en un entorno diferente al normal”. En 1992, el Gobierno de Singapur anunció que comenzaría un trabajo a largo plazo para convertirse en una “isla inteligente”. Así comenzaba un fenómeno que ya pasó de moda a necesidad y que actualmente se lo conoce como “smart cities”. La tercera fecha clave es 1999. Entonces en el MIT se comenzó a trabajar en el concepto de “Internet of things“, o la internet de las cosas, o la internet de todo, como se la conoce ahora. En esencia, un internet donde ya no hay sólo personas conectadas sino también, y sobre todo, objetos. Según Cisco IBSG, hay unas 25 mil millones de “cosas” conectadas a Internet y se estima que en el 2020 serán 50 mil millones los objetos conectados.

Todo lo que “podamos hacer” con esta nueva situación de “software everywhere”, depende de nuestra creatividad, de nuestra imaginación. Todo lo que entendamos que “signifique” esta nueva situación, depende de nuestros límites.