Sobre Manuel Castells

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Hoy cumple 63 años el sociólogo español Manuel Castells, uno de los intelectuales que con mayor sensibilidad y precisión ha comprendido y explicado las relaciones entre la Red y las sociedades actuales, un pensador de tal magnitud que ha sido comparado con Adam Smith y Karl Marx, por su esfuerzo para comprender la complejidad de los mecanismos de funcionamiento de lo que él denomina el capitalismo de la información.

Exiliado bajo la dictadura de Franco, Castells estudió sociología con Alain Touraine en París, y en 1966, a los 24 años, se convirtió en el profesor más joven de la Universidad de París.

En 1979, al llegar a la Universidad de Berkeley, comenzó a investigar el fenómeno de la revolución tecnológica de la información, en pleno desarrollo, y desde esos años comprendió que en el futuro la tecnología iba a tener un impacto tan significativo como irreversible dentro de la sociedad y la economía.

Desde entonces, dedicado a investigar las relaciones entre tecnología y sociedad, Manuel Castells ha enseñado en decenas de países. Fue profesor de diversas universidades europeas y americanas, entre ellas Berkeley, la Autónoma de Madrid, Nanterre, Montreal, la Católica de Chile, Wisconsin, y es miembro de la Academia Europea y del Alto Comité de Expertos sobre la Sociedad de la Información, nombrado por la Comisión Europea.

libro02.jpgSu obra clave, por la que muchos conocimos lo revolucionario de su pensamiento y el alcance de su mirada sobre los cambios económicos, sociales y culturales, es una lucidísima trilogía publicada bajo el título general de La Era de la Información: 1) La Sociedad Red, 1996; 2) El poder de la identidad, 1997; 3) Fin de Milenio, 1998.

Publicó en 1972 su primer libro, La cuestión urbana, traducido a diez idiomas, que lo acreditó como uno de los fundadores de la nueva sociología urbana. Sus principales obras en este campo son The City and the Grassroots (University of California Press), un estudio comparativo de movimientos sociales urbanos y las organizaciones comunitarias en Francia, España, Latinoamérica y California, y The Informational City (Blackwell, 1989), un análisis de los cambios urbanos y regionales derivados de la tecnología de la información en los Estados Unidos.
(Ver la bibliografía de Manuel Castells)

De cómo casi conocí a Manuel Castells  y…

Por Piscitelli

Era 1990, y aprovechando un largo veraneo de un mes en enero, me di el gusto de pasar Año Nuevo en Puerto Rico, viajar por toda la costa oeste hilvanando ese maravilloso corcoveo que es la ruta 101, mechada con la US 5, saltando de Tijuana a San Diego, de la Jolla a Long Beach, de Santa Monica a Santa Barbara, de Balboa Beach a Carmel, de Monterrey hasta finalmente llegar a San Francisco. Lugares idílicos si los hay.

En Berkeley me encontré con mi querido amigo Arturo Escobar, y desde allí me dirigí a las oficinas de Manuel Castells, tratando de encontrar a este gran enciclopedista y connoisseur de los meandros de la sociedad de la información, cuando estos temas eran aún relativamente esotéricos.

No estaba en su oficina sino en Madrid, y así me perdí de conocerlo, pero seguí su derrotero intelectual a través de sucesivas obras maestras, hasta que finalmente hace un par de años salió a luz su monumental trilogía (más de 1500 páginas) La era de la información. Economía, sociedad y cultura.
Sin embargo, si queremos rendirle un obligado homenaje ?hoy, en su sexagésimo tercer aniversario?, no es tanto en función de su producción intelectual ?espectacular?, sino de un detalle, nada nimio, de su vida privada, que salió a la luz a fines de la década pasada porque él mismo se encargó de difundirlo en una larguísima nota autobiográfica publicada en el diario El País.
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Era el año 2000 y acababan de dar de alta a Manuel Castells, quien tras casi siete años de lucha venció ?al menos por ahora? al cáncer, al que él justamente considera la enfermedad de nuestro siglo. Y si nos lo contó en primera persona es porque quiso que compartiéramos no sólo su alegría, sino también la positividad de su lucha y el hecho nada ordinario de que esos siete años fueron sido, a su entender, los más importantes de su vida.

Porque en su transcurso escribió el opus mágnum que toda su vida añoró, tuvo nietos, se casó por amor, vio realizarse algunos sueños de sus seres más queridos y asistió al alumbramiento de un nuevo mundo (junto a todos nosotros), con la internet como su partera.

Si Castells se alegra y nos contagia con su serenidad y paz es porque el tumor de riñón que le diagnosticaron en el verano de 1993 fue una apuesta a todo o nada. Le sacaron uno, pero la tragedia no había hecho sino comenzar, porque en 1996 los médicos descubrieron una recurrencia en la misma zona y le hicieron un amasijo de órganos que le demostró a Castells cuán bien hecho está el cuerpo humano y cuánta redundancia hay en las funciones de los distintos órganos.

A pesar de tamaño vaciamiento, la vida cotidiana de Castells no se alteró demasiado malamente, y cuando estuvo lo suficientemente fuerte y lúcido como para contarlo su mensaje nos llegó más que nítido. El cáncer (como en otra dimensión el sida) no necesariamente es el fin de nuestra vida terrenal.

O sea: tener un cáncer no es acelerar nuestro encuentro con nuestro ser para la muerte. Afortunadamente, porque debido a la ?quimiquización? de nuestra a vida es de esperar que el cáncer se despliegue cual hongo y afecte cada vez a más personas.

Como consecuencia de lo que comemos, bebemos y respiramos, en USA la posibilidad para una adulto de contraer cáncer está en el orden del 50%, y la amenaza del cáncer de mama se cierne sobre un 33% de las mujeres.
O lo aceptamos o lo combatimos. Ello supone no fumar, beber moderadamente, comer frutas y verduras y sobre todo escapar a los químicos. Además, debemos hacer ejercicio y no comer grasas.

Los consejos de Castells son los de todo racionalista, y en su caso le sirvieron. Creer en los médicos, aceptar sus equivocaciones, y sobre todo tomarse en serio la conexión que existe entre la química de las células y los estados emocionales hicieron lo propio.

Aunque Castells no hace una adjudicación reduccionista de su enfermedad de cáncer a la grave crisis personal que lo aquejaba en su momento, contrariamente no tiene empacho en considerar el cinturón de protección emocional que lo rodeó desde el descubrimiento de la enfermedad como a uno de los factores determinantes de su salvación.

Desde la mujer rusa que no convivía en ese momento con él, que se instaló en USA a su lado, hasta su hija y sus amigos, y la propia internet como difusora de los partes médicos y del estado de evolución de su salud.

Cuando salió de la primera operación en 1993, Castells, que estaba obsesionado con terminar su obra maestra, le preguntó sin eufemismos a su médico cuál era el plazo máximo de vida al que podía aspirar. Le dijeron tres años, lo que siendo un suspiro al mismo tiempo lo tranquilizó, ya que supuso que bien empleado ese tiempo daría para mucho. Y cuando estaba acabando el libro, y su tiempo de vida, le llegó el segundo tumor, por lo que pidió a su organismo que le regalara tres meses más (lo mismo le pasó a Foucault con el sida en 1984 cuando apenas logró ver en su cama de convaleciente los dos tomos adicionales finalmente publicados de la Historia de la Sexualidad).

Por suerte no sólo tuvo esos tres meses de gracia sino años y más años para difundir su obra y vivir con plenitud los tiempos que han pasado desde entonces. Paradójicamente (o no) al poco tiempo su mujer se enfermó gravemente, pero por suerte todo salió bien.

La moraleja de la autobiografía castellsiana es más que evidente. Si queremos de verdad la vida, si hay amor, familia, amigos y proyectos en uno mismo es posible luchar contra el enemigo que nos come desde adentro.

Quizás suene demasiado edulcorado y hasta romántico. Puede ser, pero Castells no pregona sino que salvó su propia vida, y nos muestra con su ejemplo que hay gestas que merecen ser vividas. Que muchos otros perecieron en el intento. Seguro. Pero lo que importa hoy no es la inevitabilidad sino la posibilidad de torcer los determinismos. Me gusta.

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