Sobre el Indec, los datos y la miopía

La novela del Indec kirchnerista, cuyo enésimo capítulo se vivió la semana pasada, pone en evidencia tanto torpezas oficiales como miopía de opositores y críticos en general.

La “reconstrucción” del Indec presenta una oportunidad excelente para discutir la necesidad de simplificar, estandarizar y abrir la mayoría de las estadísticas estatales para el uso del público general. Tanto oficialistas y opositores como los medios y las ONGs dejan pasar la oportunidad de ampliar la discusión y construir más allá de tal o cual índice. Veamos.

El eje central del “conflicto Indec” pasa por los datos provistos por el Instituto y la transparencia con la que se proveen. Como el kirchnerismo ha hecho y deshecho a su antojo con esos datos, nadie parece saber cómo se elaboran, qué significan y cuáles son sus valores verdaderos. Se exige mayor orden y claridad, como “era antes”, pero antes esos datos eran tan oscuros e impenetrables para la mayoría de las personas como lo son ahora, sólo que antes no mentían con el desparpajo actual (y ésto no es nostalgia sensiblera, es un hecho).

En medio de las críticas nadie parece haber planteado que ya que se habla de orden y claridad, deberíamos no sólo organizar los datos, sino simplificar al máximo el acceso a ellos y ordenarlos para que los pueda entender y utilizar el mayor número posible de personas. No sólo los datos del Indec: también los de turismo, crimen, empresas; todos los posibles, nacionales y provinciales.

Con ésto no quiero decir que deba poder elaborar los datos cualquiera ni que cualquiera deba entender todos los matices de todos los datos. Para eso existen los especialistas. Sí quiero decir que se deba permitir que cualquiera pueda verlos y tomarlos con sencillez para estudiarlos y manejarlos a su antojo para luego poder re-empaquetarlos, re-formatearlos y re-presentarlos. Liberarlos para que desarrolladores, programadores, matemáticos y quien quiera pueda jugar con ellos a piacere.

Los datos en Argentina están escondidos detrás de grandes paredes, ya sea bajo la forma de CPUs y servidores, escritorios polvorientas o archivos inaccesibles. Algunos datos sí son públicos y pueden descargarse en pdfs y excels y words, pero aun así todo es muy poco user friendly.

La poca practicidad de trabajar con información y datos en tales formatos no es sólo un problema argentino. El mundo entero lo enfrenta y de ahí que Tim Berners-Lee haya sido contratado por el Gobierno británico, que el New York Times haya ganado una beca de la Knight Foundation y que ProPublica sea el fenómeno que es.

No es necesario exigir hoy mismo una iniciativa de la escala de data.gov, sólo que se empiece por pensar en ese camino, que de a poco se empiece a tener en cuenta que todos esos estudios, censos y números pueden servir para algo más que para acumularse. Al fin y al cabo, son datos y la web está hecha de datos interconectados.