Slender man

I

La completa migración hacia los entornos digitales del horizonte simbólico donde se constituyen las subjetividades; la paulatina —pero inminente— asimilación, antes por la praxis que por la teoría, de que lo «real» ya no es —ni puede seguir siendo pensado como— todo aquello que «sucede mientras no estamos online»; la transfiguración, en síntesis, de que la brecha entre lo «digital» y lo «analógico» en el campo multiforme del «deseo» y sus «hábitos y prácticas» ha sido ya superada mediante estrategias propias por una generación de «nativos digitales», habilita también la posibilidad de explorar nuevas creaciones «imaginarias». Si Eros ha sido inevitablemente atravesado por la lógica de la web, también lo ha sido Thánatos.

II

Cargado por el zeitgeist de una época donde la producción de sentidos únicos ha recibido su irrevocable certificado de defunción —no mencionaremos aquí, otra vez, ese nodo tuberculoso de aristocratismo rancio de la percepción, subsidios estatales y nichos de mercado inviables que aún insiste en denominarse «crónica narrativa y/o nuevo periodismo»—, el «troll» es una figura museificada, sobre la que —a pesar de ciertos retrasos en los modos en que su relevancia ha sido percibida— no sólo se pretende legislar, sino sobre la que se ha escrito ya cierta literatura. El «slender-man», por su lado, propone una variación radical. A diferencia del «troll», el «slender-man» no es una figura sobre la que han decantado cierto número de nuevas prácticas socio-culturales ejercidas en la web; el «slender-man», en cambio, es parte del proceso simbólico de su producción.

Si el «troll» ocupa la categoría primitiva del mito —aquello que solo puede narrarse pero no puede ser interpretado—, el «slender-man» recrea en la web la categoría novedosa del sueño —aquello que solo puede interpretarse pero no puede ser narrado—. No debe sorprender que de un ágora digital producido por una nueva generación de nativos digitales, el primer ciclo de cierto abanico simbólico comience a tomar formas reconocibles y poderosas. Sí debe sorprender que los especialistas en su exploración continúen concentrando la mayor parte de su energía en las esperanzas del diván antes que en la peligrosa densidad de los monitores.

III

Unidimensional, onírico, integrado al imaginario digital a través de su propia documentalización, su propia vestimenta y su propia historia, el «slender-man» podría categorizarse como el primer personaje de terror, el primer sustrato reconocible de los miedos del siglo XXI. El «terrorismo» que perturbó a las generaciones anteriores —y su cúmulo de costumbres pseudomilitares, pseudoétnicas, pseudoreligiosas y pseudopolíticas— se desvanece en el rostro, la raza, el vago ánimo de humanidad, los motivos y el credo indescifrable del «slender-man».

La naturaleza del «slender-man» debe pensarse en términos digitales: no se trata de justificar un pasado sino de garantizar condiciones de diseminación sobre un presente perpetuo. Creación de valor, intersección de flujos de audiencias, multiplicidad conectiva de inteligencias operando bajo un mismo meme: el «slender-man» es el sueño colectivo de una época que no puede ser desplazada de su soporte: «internet phenomena». Algo que las empresas de marketing apenas consiguen llamar «viralización» y que insisten en confundir con un fenómeno atado a la voluntad de un cliente y al presunto know-how de algún diseñador de Fan Pages en Facebook. *

IV

Si las formas en que se conjeturan y se ejercen en el siglo XXI la interacción, la producción, el deseo y también «lo imaginario» han sido atravesadas, sin esperanzas de retorno, por lo «digital», multiplicando el capital cognitivo de una nueva generación de usuarios y delimitando también sus intereses y sus preocupaciones, las últimas momias culturales del siglo XX —entre ellas, el periodismo tradicional y sus adláteres, pero también la industria tradicional editorial, cinematográfica y musical— deberían apagar sus linternas en el bosque y comenzar a correr hacia el olvido.

 

* A diferencia de Don Draper, esa figura triste y reaccionaria que los publicistas sostienen desde la televisión por cable para recrear ante sus clientes la idea de que su ociosa relevancia en el campo de la existencia conserva algún tipo de sentido, el «slender-man» es una entidad capaz de aparecer y desaparecer en cualquier instante y en cualquier lugar; capaz de secuestrar niños; capaz de devorar el alma de un hombre; capaz de presentarse en una foto; capaz de recorrer con su mirada la espalda de la persona que está leyendo esta misma oración, en este mismo momento.