Se envían unos 60 mil millones de mails por día en todo el mundo

El 2 de septiembre de 1969 Stephen Crocker y Vinton Cerf ayudaron a Leonard Kleinrock, de la Universidad de California, en Los Ángeles, Estados Unidos, a conectar dos computadoras mediante un cable por el cual, a modo de prueba, transmitieron datos entre ambos aparatos. Pocos meses después, en enero de 1970, se amplió satisfactoriamente el experimento a cinco ordenadores. Así nacía la posibilidad efectiva de desarrollo de lo que hoy llamamos internet. Antes de 1973 había redes que se originaban en otros países.

La complejidad de la red y su expansión, y la de la Web y su ramificación por interfaces múltiples son temas de estudio inagotables y un abanico de posibilidades de producción y circulación de conocimiento. Las redes sociales y las nuevas formas de sociación dan cuenta de ello.

A veces es necesario un número, la cuantificación que otorga certeza y sintetiza un fenómeno, que lo hace visible. La cifra en este caso lo dice todo: se envían unos 60 mil millones de mails por día en todo el mundo, tal como informó la agencia Reuters hace unos días.

Buena parte de esa cantidad es spam (correo no deseado), pero aun sí la cifra sorprende, máxime si rastreamos la cantidad de mails que se han enviado en los últimos años y su ritmo de crecimiento.
En 1999 fueron enviados, en promedio, unos 5 mil millones de correos electrónicos cada día en todo el mundo. Al año siguiente, se duplicaba ese número y este milenio nos encontraría enviando más de 10 mil millones de mails diarios durante su primer año.

El correo electrónico es, por así decirlo, la herramienta más exitosa de internet, la killer application (aplicación rupturista que interviene en las prácticas sociales, según el concepto de Howard Rheingold en su libro Multitudes inteligentes). Quizá no se haya renovado el intercambio epistolar, como muchos pensaron que sucedería. Acaso porque lo más rupturista de las tecnologías es el entramado de nuevos usos que engendran y no tanto la aceleración de viejas prácticas.

Hace pocos meses, nos enterábamos de una noticia que también habla de la extracción social de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, y del correo electrónico concretamente: fue el pasado 27 de enero y algunos medios periodísticos y blogs titularon “El fin de una era”.

Se enviaba el último telegrama: después de 145 años de servicios, el 27 de enero de 2006 Western Union dejaba de ofrecer los servicios de telegramas y mensajería comercial. “Lamentamos cualquier inconveniente que esto pueda causarle y le agradecemos su preferencia”, anunciaban desde el sitio de la empresa.

Algunos bromearon con la ironía: Western Union anunciaba el fin de los telegramas desde su página en internet. Pero el caso es que ese día se hizo explícita la forma de la compuerta histórica que estamos transitando.

El primer telegrama lo había enviado Samuel Morse el 24 de mayo de 1844. Ese día Morse transmitió el mensaje que fue el comienzo de una era: “What hath God wrought” (“Qué nos ha forjado Dios”) desde la Suprema Corte de los EE.UU., en Washington, D.C., a su asistente, Alfred Vail, que estaba en Baltimore, Maryland.

Un siglo y medio después, enviamos 60 mil millones de mails por día. Los usos del correo electrónico, por supuesto, se han diversificado desde su invención. Si midiéramos la cantidad de información que enviamos y recibimos por mail no nos alcanzaría uno de esos buzones rojos (que se ven sólo excepcionalmente en las esquinas) para cada uno.

Pero lo interesante es también pensar la cantidad de usos que le damos a una cuenta de correo electrónico. Comercio electrónico, e-learning, periodismo, trámites, spam, relaciones afectivas, tareas laborales y búsqueda de trabajo, grupos de pertenencia y comunidades en línea, transferencia de archivos, fotos, videos, etc. Todo pasa, en alguna de sus instancias, por correo electrónico. Y ese “todo” incluye las formas del conocer y del hacer, pero también las de los afectos más espontáneos, como cuando un adolescente lanza desde un locutorio un “te extraño”, un “te quiero” a esa persona que tanto extraña, que tanto quiere, y que está quizá lejísimo, o ahí nomás, en la otra cuadra.

Que esos 60 mil millones de mails que vamos a enviar hoy nos sirvan para compartir información, para trabajar mejor (o para conseguir trabajo quienes no tengan), para ahorrar tiempo, para escribir más, para aprender y estudiar más, para comunicarnos con un amigo, pero también para reflexionar sobre los usos que hacemos de las tecnologías.

Notas y recursos relacionados:
educ.ar | 35 años de Internet
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Netdidactica | Las listas electrónicas como recurso educativo
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Post publicado originalmente en educ.ar