Ron Burdungy, sin reírse

Por Mavrakis

I
Hace unos días que tendría que haber escrito cierta pieza sobre el periodismo. No lo hice por motivos mundanos, pero ahora creo que no voy a poder hacerlo en absoluto porque reapareció Ron Burgundy. ¿Qué se puede decir que no diga y haga mucho mejor Burgundy? La última vez que lo vi fue en 2007. Aunque Anchorman: The Legend of Ron Burgundy es de 2004, yo la encontré en el cable y desde entonces es una de las últimas películas que recuerdo haber visto justo antes de dejar de ver televisión (vendí el aparato por MercadoLibre, era gigante).

En 2007 yo había forjado a base de experiencias y lecturas una relación con el periodismo. Simbólica y esencialmente laboral. Cuatro años después publiqué un ebook al respecto: #Findelperiodismo y otras autopsias en la morgue digital. Algunos de los artículos reunidos ahí figuran en la bibliografía de distintas materias y cátedras de comunicación en la Universidad de San Andrés, la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Católica. He dado algunas charlas en ciertos lados y me han entrevistado estudiantes de comunicación y periodismo por otro. Esto lo digo con absoluta seriedad: el periodismo me parece un asunto interesante y es una pena que los periodistas no piensen demasiado en la arquitectura lingüística y gnoseológica de su trabajo. También sé —y esto fue deliberado— que la escritura en varios de esos textos resulta absolutamente impenetrable y hermética al periodista estándar. No es casualidad que los hayan leído estudiantes universitarios de periodismo antes que periodistas [i]. Con la misma seriedad, también estoy convencido de que Ron Burgundy combina todo lo que alguien interesado en periodismo necesita saber hoy.

II
La historia de Anchorman: The Legend of Ron Burgundy es extraña porque evolucionó de la condición de una simple película más de Will Ferrell a la comedia más exitosa de Will Ferrell (si hubiera que describirlo brevemente, lo de Ferrell es lo de un buen comediante elementalmente físico pero que también usa a la perfección el registro irónico de Seth MacFarlane). Cuando la estrenaron en Estados Unidos, en 2004, hizo 85 millones de dólares y en el resto del mundo 5 millones más. No es que haya sido un fracaso, sino que comercialmente no se destacó.

El asunto es que, después de su paso por el cine, la película fue ganando cada vez más público. Casi una década después, el periodismo del que se burla Burgundy probablemente no esté en mejores condiciones que antes —lo muerto ya no puede renacer— pero Burgundy sí. De hecho, lo que podía ser ridiculizable —la figura del lector de noticias que encarna la credibilidad de una cadena de televisión, una cadena de televisión, el noticiero de un canal de televisión, la agenda que define sus noticias, el tenor con el que se relata toda una industria de la información— ahora todavía es más ridiculizable. Solamente por el trailer de Anchorman 2: The Legend Continues está claro que lo que antes era un humor ligeramente irónico ahora es el crudo humor del grotesco (y Will Ferrell parece ser el mejor en eso). “Ron Burgundy is the apotheosis of Ferrell’s heartily idiotic, frequently semi-naked, alpha-male person”, escribió un inglés respecto al personaje. Se podría escribir lo mismo acerca de un enorme porcentaje del periodismo [ii].

III
El chiste esencial de Ron Burgundy es el chiste de que alguien como Ron Burgundy pueda representar un valor esencial en una sociedad como la actual. Es cierto que si Ron Burgundy no apareciera en pantalla deliberadamente anacrónico por su estética de finales de los años setenta, no sería tan gracioso como en las películas. También es cierto que resultaría más gracioso. Imaginen a alguien absolutamente convencido de que su trabajo consiste en desnudar la verdad ante el público y exponer las injusticias y crueldades del mundo en una pantalla que, a la vez, cataliza las angustias y las expectativas de una sociedad que lo respeta y lo valora porque todo lo que pueda emanar de su boca está llamado a ser únicamente la verdad, y sin esa verdad, sin esa boca que solo emanas prístinas verdades, la sociedad sería mucho más vulnerable a la maldad. Ron Burgundy es la parodia precisa de esa clase de periodista [iii].

En 2004, con las escenas de la original, se armó una primera secuela de Anchorman: The Legend of Ron Burgundy. Se llama Wake Up, Ron Burgundy: The Lost Movie y puede verse en YouTube. Para la campaña de promoción de la película, Will Ferrell está haciendo apariciones en distintos eventos y hasta presentó su propio libro navideño[iv]. También grabó un video con Robin Thicke —el modelo americano-canadiense que canta boludeces al lado de Emily O’Hara Ratajkowski en el video de las tetas de Emily O’Hara Ratajkowski—, pero lo más interesante es que Ron Burgundy llegó a los noticieros televisivos reales. Esto es realmente divertido para el que disfrute del humor grotesco y también es increíblemente morboso para cualquier observador del —llamémoslo así— status cultural del discurso periodístico contemporáneo. Morboso porque queda bastante claro, en apenas segundos, que el verdadero ridículo no es el que hace Ron Burgundy leyendo y comentando las noticias riéndose, sino el que hacen los verdaderos periodistas al lado suyo, leyendo y comentando las noticias sin reírse.


[i] Lo inevitable es que varios de esos estudiantes, en unos años, van a ser los periodistas.

[ii] Vi una publicidad de diarios de papel impresa en un diario de papel donde se muestra a lectores de treinta y cortos leyendo diarios de papel. En la imagen todos aparecen bien vestidos, lectores de una clase media relajada, y sin embargo no hay un solo teléfono celular, tablet ni netbook en escena. La imagen podría corresponder a algún tipo de cárcel VIP.

[iii] ¿A quién recuerda Ron Burgundy? ¿Notaron cómo se viste, vieron sus sacos?

[iv] Ron es uno de esos periodistas también convencidos de que su prosa tiene una vida útil más allá de las limitaciones de la prensa y de que el público los necesita más allá de esas limitaciones. Aunque que su libro navideño son unas memorias y no una crónica miserabilista.