Roberto Saviano, mártir


I

En Argentina, el “periodismo narrativo” contemporáneo victimizó primero a los victimarios a través de la miserabilización de su existencia y después victimizó a las víctimas, abrazando el pathos epocal de la victimización absoluta: el modus vivendi más exitoso y cómodo de ser y estar hoy en el mundo. Alcanzado ese punto, lo verdaderamente híbrido quedó entre la etnografía moralista y la desertificación del lenguaje propuesto por la corrección política. ¿Cuál es el problema? No solo que a partir de ahí solo puedan abundar el aburrimiento y el puritanismo, sino también que cuando todos han sido debidamente declarados ofendidos y a la vez inofensivos, lo que resta sobre el escenario es la imposibilidad narrativa de pensar —con su espejo inmediato: la facilidad del periodismo para obedecer—, la sumisión ante el Poder —bajo la forma pedestre del financiamiento estatal— y, un poco más allá, la cristalización grosera de todos y cada uno de los clichés de lo que se entiende como discurso progresista.

Este progresismo, por supuesto, no es del avance hacia nada. Más bien se trata de un progresismo laxo que se tranquiliza a sí mismo con que “algo debe hacerse” mediante la fuerza pasiva de la indignación antes que por la fuerza activa de la reflexión (miren si tienen dudas todo Facebook en general y los muros de Facebook de los cronistas en particular; son más elocuentes que cualquier crítica). De hecho, la interpenetración entre ese gas innoble donde se combinan progresismo declamativo, permisividad teórica y garantismo jurídico-moral (la nube gris que supone la victimización de todos ante lo que fuere, de manera tal que nunca resulta haber responsables reales ante nada) y las plataformas de la crónica más disciplinada es a veces tan evidente —hay un artículo de Facundo Falduto sobre el caso del juez Eugenio Zaffaroni— que se pueden sintetizar humillación periodística e indigencia narrativa en una única muestra. Por supuesto, hay bibliografía al respecto en Google (con una novedad: el declive que le espera a la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano después de la muerte de Gabriel García Márquez tal vez obligue a los gerentes de la obediencia a implementar algún cambio).

II
Si el primer paso consistió en victimizar a los victimarios y el segundo en victimizar a las víctimas, el actual —manifestación de la época y no del estilo— consiste en la victimización del narrador. Ahí se ubica el italiano Roberto Saviano con CeroCeroCero (Anagrama, 2014), en la elite de las víctimas —con agradecimientos a otros perseguidos como Salman Rushdie y a profesionales de la solidaridad con víctimas como Bono Vox—, después de haber contado en Gomorra el funcionamiento de las mafias en el sur de Italia. Ahora bien: la posibilidad de que el narrador elija la voz de la víctima para sí mismo puede ser interesante. Como víctima, por ejemplo, Salman Rushdie escribió memoirs como Joseph Anton y Patrick Modiano algunos de los mejores fragmentos de Un pedigrí. Pero como victimizados las cosas cambian. A los fines estéticos, un narrador victimizado solamente puede representar una forma barata y forzada de empatía. Un guante dolorido antes de apoyar la mano sobre el dolor de las víctimas reales. Una experiencia banal de víctima en segundo grado. Dejando de lado el caso de Roberto Saviano, ser víctima también parece funcionar como instancia legitimadora de un tipo particular de figura de autor, aunque uno nunca llega a entender exactamente cuál (pero sí por qué y para quienes: hay una galería de periodistas, escritores y cronistas, de por sí algo monstruosos, que representan a priori a alguna minoría sexual, social o cultural; víctimas ready made preparadas para pronunciarse sobre cualquier cuestión de género o raza, lo que fuere, con tal de no mencionar cuestiones molestas de clase).

¿Qué se puede decir de una víctima? Lo que sea, mientras uno también se presente como tal. En una entrevista, por ejemplo, Selva Almada justifica su reciente turismo moral sobre casos de mujeres asesinadas en Chicas muertas —libro que, para darse una idea, incluye la participación de una tarotista “que la ayudó a pensar”— afirmando que ella misma es una sobreviviente: “Yo tuve el privilegio de ser mujer y estar viva y tener ahora cuarenta años”. Almada también dice que “la misoginia, en vez de retroceder, avanza”. Bueno, al menos no tanto para impedir que se publiquen cada vez más libros sobre femicidio, incluso si se involucrara en el noble proceso alguna cuota de oportunismo comercial (una vileza patriarcal que resta enfrentar). Tengo mis reservas sobre el significado de ese extraño “avance de la misoginia”, aunque lo más prioritario tal vez sea empezar a discutir el avance del verdadero cinismo.

Respecto a todo esto y lo anterior, Roberto Saviano toma posición: “Los periodistas empiezan con ganas de cambiar el mundo y terminan con ganas de llegar a directores. Es más fácil condicionarlos que corromperlos”. La oposición puede ser insufrible pero también práctica (y si uno mira alrededor, hay ejemplos fragantes). El ethos de la víctima heroica ante el pathos de la víctima vencida. Roberto Saviano es una víctima —dedica CeroCeroCero a las 38.000 horas pasadas “y las que todavía hemos de pasar” con los carabineros de su escolta— pero su heroísmo consiste en contar. Para que el gesto resulte heroico y el ethos se complete, ¿quiénes tienen que convertirse también en víctimas? Por supuesto, los únicos disponibles en el circuito: los lectores (Roberto Saviano está un paso adelante en esto respecto a los cronistas argentinos). ¿Y de qué son víctimas los lectores? De su virginal credulidad.

Para empezar a hablar sobre el narcotráfico de cocaína en México, entonces, Saviano ilumina a los lectores con su capacidad para observar más allá de lo que otros podrían ver: “Los nostálgicos de la revolución refugiados en América Latina o envejecidos en Europa miran aquella tierra como quien encuentra a una vieja amante ya acomodada con un hombre rico y la ve infeliz. El resto de los observadores simplemente ven lo que parece: un lugar de violencia terrible, una perenne y oscura guerra civil, la enésima de una tierra que no para nunca de sangrar…”. Lo mismo para contar el narcotráfico en Colombia: “Las historias latinoamericanas son complejas. No funcionan como las que se cuentan en Hollywood, donde los buenos son buenos y los malos son malos. Donde, si tienes éxito, significa que te lo has ganado con el  talento y la habilidad que, en el fondo, no pueden ser otra cosa que el fruto de tu virtud moral…”. Y lo mismo para el narcotráfico de la mafia en Rusia: “La conocemos por lugares comunes, por los relatos sobre delincuentes cubiertos de bárbaros tatuajes, ex boxeadores con la nariz rota, antiguos spetsnas brutales, maleantes del trapicheo…” En síntesis, dice Saviano, aquello que creemos saber sobre el narcotráfico a través de la experiencia directa u otras formas de representación narrativas es incorrecto, incompleto o inútil. Pero también nos dice que no tenemos que desesperar: Roberto Saviano va a salvarnos. Solo él sabe cómo.

III
Para enfatizar su propia figura de víctima, Saviano cuenta incluso la historia de una perra que rescata a sus cachorros del fuego ante la mirada pasiva de los humanos, parábola que se recicla una y otra vez alrededor de narcos que intentan retirarse, investigadores de narcos que son abruptamente retirados y, por supuesto, alrededor del propio Saviano: “¿Merece la pena todo esto? ¿Por qué razón? ¿Te llamarán para pedirte asesoramiento? ¿Darás un curso de seis semanas en alguna universidad, mejor si es prestigiosa? ¿Te lanzarás a la batalla contra el mal, creyéndote el bien? ¿Te darán el cetro de héroe durante unos meses? ¿Ganarás si alguien lee tus palabras? ¿Te odiarán quienes, ignorados, las han dicho antes que tú? ¿Te odiarán quienes no han dicho tales palabras, o las han dicho mal?”. Estos lapsus masturbatorios, donde el narrador victimizado se redime a sí mismo agitando su propio deseo de trascendencia heroica —y también tratando de esquivar la acusación de simple traidor con la que lo crucificó la Camorra napolitana—, están a lo largo de todo CeroCeroCero. Y tienen su coronación final cuando, después de iluminar la oscura ignorancia de la que sus lectores son víctimas, Saviano también los unge como héroes: “Las mafias no temen a los escritores; temen a los lectores”.

Pero CeroCeroCero es un libro documentado —de manera judicial antes que experimental— y con eso despliega su valor. Como si fueran extensos artículos de Wikipedia escritos con mucho orden y mucha precisión, Saviano historiza por un lado y describe por otro el funcionamiento de los principales cárteles de cocaína del mundo, detallando en el mismo proceso —el proceso periodístico— novedades como el rol de internet en la estetización de la violencia —“basta con teclear en YouTube «los Zetas Execution Video»”— o la secularización reciente de facciones que empezaron en el narcotráfico persiguiendo cuestiones religiosas o políticas. Aunque muchos detalles parecen incomprobables y Saviano no detalla sus fuentes hasta el final (y por eso uno intuye que, en realidad, solo está buceando con esmero en la web y glosando con todavía más esmero datos de otros), ese orden también logra un efecto de verosimilitud meritorio. Aunque uno pudiera leer sobre lo mismo en la web, Saviano transforma CeroCeroCero en algo que logra poner en espera a lo demás. Si se piensa en el delicado status de la producción de contenidos relevantes en la industria periodística, no es un logro menor. (Y al fin y al cabo, el rol del periodista después de  internet está destinado a eso: arreglárselas para producir contenidos que puedan comunicar la experiencia humana de una burbuja de filtros a otra).

Cuando Saviano prueba darle un giro ensayístico a sus datos, en cambio, las cosas se complican. Ahí es cuando se empantana en torpezas teóricas (“los Zetas es un ejército posmoderno que necesita producir ante todo una imagen”), revelaciones ingenuas (“una gran parte de los 352.000 millones de narcodólares estimados ha sido absorbida por el sistema económico legal”) o deducciones tan simplistas que resultan bobas (“¿Has de influir en campañas electorales? Importas coca y en cuestión de pocas semanas estás listo”). Pero si el relevamiento y el ordenamiento de datos son lo mejor de CeroCeroCero, lo peor son los momentos en que el ensayo fallido se mezcla también con ejercicios de taller literario. La parte en la que Saviano intenta —como todo “cronista narrativo”— hacer literatura.

En términos cocainómanos, esa prosa de aspiración literaria es una mercancía demasiado cortada y de baja calidad: “Escribir sobre la cocaína es como consumirla. Cada vez quieres más noticias, más información, y las que encuentras son suculentas, ya no puedes prescindir de ellas. Eres addicted. Aun cuando remiten a un esquema general que ya has comprendido, esas historias fascinan por sus detalles. Y se meten en la cabeza, hasta que otra —increíble, pero cierta— ocupa el sitio de la anterior. Delante ves el listón de la adicción que no hace más que subir y ruegas para no…”, etcétera, etcétera, etcétera. Un verdadero gesto heroico es evitar lo peor de CeroCeroCero: está en los siete capítulos que van de Coca n. ° 1 a Coca n. ° 7. Piezas que se pueden —como diría la crítica literaria Carolina Mantegari—saltear con entusiasmo. Ante cualquier duda, simplemente soporten un ejemplo.

IV
Si la angustia de los cronistas pasa por llamar mérito literario a lo que en realidad es mérito periodístico, el verdadero mérito literario está en la violencia. La verdadera violencia, no la simbólicaCeroCeroCero se toma el asunto en serio y le dedica un capítulo especial al problema de su representación, como si a la violencia le correspondiera —como le corresponde— una poética aparte. Ese capítulo se llama La crueldad se aprende y consiste en la descripción de una charla entre distintos ex miembros de fuerzas policiales y militares, institucionales o clandestinas, intercambiando anécdotas sobre cómo aniquilar vida humana (“los rumanos te ponen una bolsa en la cabeza, te atan las muñecas al cuello y dejan que el tiempo siga su curso”).

Saviano elige un estilo desafectado para contar la violencia. Algunas pocas imágenes visuales y tal vez algunas otras pocas imágenes olfativas, no mucho más. Una forma profesional en el sentido casi periodístico del término: un halo de inevitabilidad antes que la retórica mumblecore del crimen romántico o conclusiones aleccionadoras sobre el sentido de exterminar. Si pertenecen a la casta paranoica de los que devalúan el sentido de la palabraviolencia y cada vez que se cruzan con estupideces lingüísticas y psicológicas se sienten bajo un “ataque violento”, piensen en esto la próxima vez: “El cuerpo del padre Tiberio se encontró descuartizado en un pequeño recodo del río Cauca. Antes de morir fue obligado a asistir a la violación y el homicidio de su sobrina. Luego, el Alacrán Loaiza ordenó que le cortaran los dedos de las manos y se los hicieran comer; después le obligaron a comerse los dedos de los pies y por último los genitales”.

Por último, CeroCeroCero también incluye entre las historias de narcotraficantes y carniceros humanos a algunas damas ilustres —¿mujeres que no son víctimas? ¿Roberto Saviano es otro peligroso machista patriarcal?— como la mexicana Sandra Ávila Beltrán, que en la cárcel se ocupa todavía de mantenerse debidamente femenina y les dice a las internas que “si se pierde el cuerpo, se pierde el alma; si se pierde el alma, se pierde el poder; si se pierde el poder, se pierde todo”. Pero para volver al asunto de la victimización compulsiva del mundo, la historia de la traficante colombiana Griselda, alias La Madrina, es más interesante. Controlen el reflejo condicionado y traten de no leerla como la historia de una víctima. Obsesionada con las prostitutas, Griselda masacra a tiros y sin aviso a unas cuantas bailarinas de cabaret porque “solo saben contornearse para los hombres”. También se hace lamer la vagina en baños públicos por hombres jóvenes a punta de pistola y tiene un perro pastor alemán que se llama Hitler. Perseguida por la DEA y por otros cárteles colombianos, Griselda estuvo en la cárcel y casi la ejecutan en la silla eléctrica en Estados Unidos, aunque en 2004 logró la extradición a su país. “Griselda, que ahora tiene sesenta y nueve años, está saliendo de una carnicería de Medellín con una amiga. Se acercan dos hombres en una motocicleta y le disparan dos tiros en la cabeza. La Madrina muere unas horas después en el hospital, asesinada con la misma técnica, el homicidio en motocicleta, que —según se cuenta— precisamente ella había importado a Miami”.