Releyendo a Virginia Woolf

En nuestras primeras recorridas por las librerías de usados de Rosario nos encontramos con un texto que habíamos relegado una y otra vez, pero en esta oportunidad nos lo agenciamos. Aquí un breve comentario sobre Una habitación propia, de Virginia Woolf.

1928. Suena lejos, ¿no? Queda lejos también. No había Internet, no había TV, no había segunda guerra mundial ni bomba atómica, no había, o había pocas, esperanzas sobre el progreso. La generación perdida confirmaba su condición y en un par de años nacería la generación beat. En 1928, en algunos países ya existía el voto femenino, en otros estaría por venir.

En 1928 Virginia Woolf pensó y escribió sobre las mujeres y la novela. Sobre la narrativa de las mujeres. Pero lo más inmediato a la escritura son las condiciones materiales, que como lo subraya Woolf, siempre suelen estar en contra: los perros ladran, la salud falla, la gente interrumpe y hay que ganar dinero. En Una habitación propia, Virginia Woolf se pregunta ¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? Y de alguna forma Una habitación propia funciona como una novela más que un ensayo. Es la historia de Woolf pasando semanas preguntándose sobre las mujeres y la literatura, desde allí, en su habitación de Londres por encima de los sombreros de la gente, por encima de las veredas de esa ciudad tan industrial, tan de hombres.
Woolf nos cuenta con su afortunada humildad los detalles de las condiciones en las que pensaba sobre las mujeres, sobre ella, y la escritura.

Quizá es una metáfora pero tal vez no, quizá es verdad que tuvo sobre su escritorio días y días esa hoja en blanco, difícil de escribir, sólo encabezada con un titulo: Las mujeres y la novela.

Pero la pregunta ¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? no es otra cosa que un camino difícil de encontrar, porque para preguntárselo hace falta de otras preguntas, más primarias, mas ingenuas, más, incluso, materiales y pragmáticas. Ya no qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas, sino para escribir a secas, o, tal como se lo preguntó Woolf, ¿por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tenía la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias para la creación de obras de arte?

En Una habitación propia Woolf juega a imaginar con la posibilidad de una mujer en la época de Shakespeare que hubiera tenido el genio de Shakespeare. Posibilidad improbable, impensable, porque, como dice Woolf, genios como el del autor de El Rey Lear no emergen entre los sirvientes. Una mujer con ese genio, con esas facultades, en el Siglo XVI se hubiera vuelto loca, se hubiera suicidado, o hubiera acabado sus días en una casa solitaria en las afueras de un pueblo, medio bruja, medio hechicera, objeto de temor y burlas, imagina Woolf, y añade que, de haber sobrevivido, cuanto hubiese escrito hubiese sido retorcido y deformado, y probablemente no lo hubiese firmado.

Contextos socioculturales pero circunstancias materiales bien acotadas o por lo menos infuncionales a los efectos de la creación literaria. Y según Woolf, para la mujer esas condiciones son más incomodas, más terribles.

Tener una habitación propia era algo impensable aun a principios del Siglo XIX, salvo excepciones en familias muy ricas. El mundo es más grande que una familia y las condiciones para escribir son aveces más externas. Porque como recuerda Virginia Woolf, el mundo no les decía a ellas como les decía a ellos: “Escribe si quieres; a mi no me importa nada”. A ellas el mundo les decía: “¿Escribir? ¿Para qué quieres tu escribir?”

En el Siglo XIX es que empezamos a ver como los estantes de las bibliotecas comienzan a completarse con libros escritos por mujeres, la mayoría novelas por supuesto, aunque con impulso original vinculado a la poesía. Pero aquí lo que vale es que la mujer tomó la pluma, y una variable que no es menor: la mujer de clase media se puso a escribir.

Una mujer de esos años que escribía tenía que hacerlo en la sala de estar común, y raramente disponía de una hora que pueda considerar “suya”. Los quehaceres domésticos, y esas circunstancias materiales que mencionábamos más arriba siempre la interrumpían. Eso explica para Woolf que la mayoría se haya dedicado a escribir prosa o novelas; el teatro o la poesía eran géneros imposibles para tanta interrupción.

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Retrato de una londinense