Redacciones digitales en la era de la fluidez

El concepto de “no redacción” o de “redacción virtual” que ensayamos en 20palabras.com fue ante todo una intuición, una sospecha de un posible modelo organizativo, que no es la panacea y que mostró tanta potencia como debilidades.

Volverse un empírico es correr uno de los riesgos más poderosos: aprender a los golpes. De hecho, la idea/concepto de “no redacción” fue primero experiencia pura y después apareció como categoría, cuando Jean Fogel, de la edición digital de Le Monde, y Guillermo Culell, a cargo de El Comercio, comenzaron a mostrar el modelo de 20P en el marco de un taller de periodismo digital que dictaron para 20 periodistas de todo latinoamerica.

La informacionalización de las infraestructuras, la virtualización del contexto, merece tanta experimentación como estudio y especulación intelectual. En la redacción como espacio, como contexto, se juegan buena parte de las variables de los proyectos, pero cualquier postura moderada de integración puede pecar de ingenua. Ya sabemos qué modelos no funcionan o cuáles funcionan a duras penas. Integrarlos no es la solución.

En la infraestructura -virtual o física, ya no importa- de toda redacción circulan flujos que hacen a la identidad del proyecto, sus dinámicas y funcionamiento. Hay una capa de productividad default que viene de la mano de la infraestructura física y los espacios comunes que es genuina de otra ecología mediática y de otra economía de la información, muy lejanas a la red.

El punto es, entonces, cómo diseñar infraestructuras mutantes en la fluidez. Cómo propulsar la capacidad de reacción y ejecución, la organización del tiempo, el diseño del valor agregado, el modelo de negocio, las porciones fractales off y on de la afectividad de un equipo completamente virtual. Una cosa es segura: fusionar infraestructuras productivas hasta ahora no parece ser la mejor opción para generar proyectos periodísticos nativos de la fluidez. Del procesamiento de datos, al procesamiento de habilidades. De la integración al remix.

El caso de las aplicaciones Web 2.0 es clave: cuando no es tecnofóbico, el discurso periodístico estándar es ingenuo: ya se escribe con letra de molde la retórica de “aprovechar las herramientas”, “aprender a usar X app 2.0″, entre otros lugares comunes de la tecnología como religión y del determinismo como solución profesional.

Una cosa saco en limpio: sin sujetos de nuevas prácticas, no hay nada.

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