Quién quiere ser Steve Jobs

Una nota que escribí para Infobae.com hace unas semanas, cuando se cumplió un año de la muerte de Steve Jobs.

Los secretos del inventor del iPad para hacernos sentir únicos

Todas las personas de este planeta pueden describir qué hacen. Algunas pueden explicar cómo lo hacen. Sólo muy pocas son capaces de precisar por qué lo hacen. Esos tres niveles son el núcleo duro de la teoría “The Golden Circle” -El Círculo de Oro-, que desarrolló Simon Sinek, el autor del libro “Start With Why: How Great Leaders Inspire Everyone to Take Action”.

El modelo de Sinek es contundente: explica el ADN del liderazgo inspirador que contadas personas en la historia han sido capaces de ejercer, como Martin Luther King, los hermanos Orville y Wilbur Wright (fabricantes de bicicletas mundialmente conocidos por ser pioneros de la aviación), y como Steve Jobs. Todos los grandes líderes se tomaron el trabajo de explicar por qué hacían aquello que hacían. Steve Jobs fue uno de ellos.

Jobs jamás vendió tecnología. Vendió siempre el por qué de su trabajo. Jamás llamó a comprar sus productos. Su trabajo fue explicarle al mundo por qué los desarrollaba. Cuando los presentaba, nos hacía sentir mucho más que meros consumidores: nos volvía socios de sus innovaciones.


Y así lo definió cada vez que pudo: “Mi trabajo no es hacérselo fácil a los clientes. Mi trabajo es hacerlos mejores”. El eslogan creado por Apple en 1997, Think Different (Piensa Diferente), un aforismo que sintetizó su filosofía de la distinción, es la forma lacónica más contundente que expresó el por qué de Jobs y de Apple.

La carrera de Jobs tuvo éxitos indiscutibles y momentos trágicos. Jobs domesticó a las computadoras desde 1984: primero las extirpó del dominio exclusivo de ingenieros, hackers y nerds y las hizo amigables. Inventó el mouse y universalizó la interacción hombre-máquina. También lo despidieron de su propia empresa. En el 2001 inventó el iPod para que millones de personas porten música en sus bolsillos. Y dos años más tarde, en el 2003, firmó contratos con las discográficas más importantes y más afectadas por las descargas de música, como EMI, Universal, Warner Bros y Sony Music Entertainment, para que puedan vender canciones en la tienda iTunes Music Store, a la que se conectaban aquellos iPods.

Otras dos victorias de Jobs fueron la invención del iPhone y el iPad. Desde que los puso en el mercado, el mundo de la tecnología y de las interfaces se volvió touch screen. El paradigma táctil es también parte de su huella en el mundo.

Pero lo de Jobs no fue sólo tecnología, diseño y buenos negocios. Muchas buenas compañías que producen gadgets de similar calidad y con diseños de altísimo nivel. Existen CEOs de empresas de igual o mayor talento.

Lo que hizo Jobs fue explicarnos por qué. Y su retórica hizo de la tecnología algo cool. De su uso y portación, un símbolo de pertenencia. De su marca, Apple, primero un club selecto y luego una multitud que se identificó con la innovación, que buscó, como él lo hizo, pensar diferente.

En un mundo que se estetiza sin límites, fabricó y ofreció el intangible más valioso para la sociedad conectada: la sensación de ser distintos, únicos. Algo que no se puede descargar ni replicar.

Jobs fue el máximo accionista individual de The Walt Disney Company. Creó Pixar. Inventó la computadora NeXT, que fue el primer servidor de la Web. Dejó una herencia calculada en más de 7 mil millones de dólares, productos innovadores y una empresa que tiene el desafío de sobrevivirlo con éxito. Para muchos fue un gurú del management y el Da Vinci del siglo XXI.

Quizá fue todo eso, pero con toda probabilidad también fue el diseñador cultural más influyente de los últimos tiempos. Alguien que se ganó el lugar de número uno por la calidad de lo que hacía y por la eficiencia de cómo lo hacía. Pero sobre todo por la convicción de por qué lo hacía.

El próximo Steve Jobs no fabricará computadoras elegantes ni gadgets aspiracionales. Mucho menos será cool. Será otra cosa. La transición ha comenzado oficialmente hace un año, el 5 de octubre del 2011. Quien busque ocupar el rol cultural que deja vacante, podrá fabricar lo que quiera, pero tendrá que explicarnos por qué. Mientras tanto, habrá que pensar diferente, incluso sin Steve Jobs.