#periodismo_hackeado

Las siguientes son notas apresuradas sobre el #findelperiodismo. No tienen por finalidad delinear la ocurrencia de una serie de hechos inminentes, sino almacenarse como aperitivo cultural para que, en un tiempo prudencial, digamos, en un año, los excavadores del #findelperiodismo puedan contar de manera paulatina con eso que los historiadores sólo llaman «persepectiva histórica» una vez que han construido lo que querían con el pasado. Así, entonces, veíamos algunos el #findelperiodismo en octubre de 2010. Esta era nuestra «perspectiva histórica».

I
La web por papel. Bloggers por periodistas. Agencias de noticias por Twitter. Noticias por eventos. Público cautivo por flujos de interés. La falsa profesionalización por el verdadero hobby: la res publica ya no necesita más intermediarios para saberse a sí misma, ni los mecanismos tradicionales del discurso periodístico resuelven un modo de mostrarse vehículos de algo más que de sus propios intereses y de su propia agenda. En una instancia más colorida, la módica batalla pasajera entre convencidos y mercenarios, acusándose filosóficamente de no ser nunca aquello que declaman.

Una contemporización. El discurso periodístico del siglo XIX. Afluencia positivista y del mercado –que en este contexto ya no podrán pensarse por separado– sobre una plataforma de receptores en expansión. Si había una masa, esa masa se estaba volviendo cada vez más rapidamente letrada.

El discurso periodístico del siglo XIX goza del soporte papel. Construye a sus receptores dentro de su credo ideológico y se propaga con éxito bajo las banderas liberales.

II
Este proceso continúa sin mayores modificaciones durante todo el siglo XIX y XX –donde si les parece bien, camaradas, podemos incluir a los primeros medios de izquierda, bajo la misma lógica–: el discurso periodístico se lleva adelante como herramienta de intervención fehaciente sobre la res publica, constituyendo roles interdependientes: el periodista (que incluye hasta el siglo XX al intelectual como algo más que un anexo dispensable) y el lector.

Si algo ha dejado dicho Orson Welles, es que la concentración de soportes para el discurso periodístico conduciría inevitablemente a la fagocitación de los principios de intervención sobre la res publica y a la construcción, por lo tanto, de espacios de confrontación de poder entre un polo público y un polo privado. De eso se trata, si rescatan algunas de las mejores escenas, casi vanguardistas, referidas al #findelperiodismo, la película Citizen Kane.

III
En algún punto, el discurso periodístico, entendido como un todo operacional y bien constituido, fue hackeado. Y el entramado de relaciones materiales que le daba un sustento ideológico ya no tuvo a quiénes ni cómo convencer.

IV
El
defacing
, sin dudas, será reivindicado con el tiempo como un vestigio menor pero premonitorio.

Las contemporizaciones siempre son bastante imbéciles, pero desentenderse de las posibilidades de intervención de un elemento novedoso sobre un elemento hegemónico fue seguramente un error común entre aquellos pretorianos que en el siglo III se codeaban para decir: «¿Bárbaros en las filas de nuestras legiones romanas? ¿Quién puede apostar algo a esos animales? ¡Mercenarios sin fe! ¡Si ni siquiera los entendemos cuando hablan!»

No sabían que la barbarización sería el final de toda una época.

V
Teóricos más finos registran como primer fenómeno de disrupción moderna en el discurso periodístico la llegada del spam, en la forma de aquellas cartas que Rodolfo Walsh enviaba denunciando lo que el discurso periodístico ya no.

Si las anteriores eran intervenciones esporádicas, el hackeo sólo debe leerse como la deconstrucción definitiva de todos los principios, soportes, roles y contenidos del discurso periodístico. La irrupción de lo nuevo sobre lo anquilosado.

Este proceso ya ha sido analizado en numerosas ocasiones.

Para el discurso periodístico como se lo entendía hasta finales del siglo XX, el hacking es un proceso de revisión sumaria. Ni de crisis ni de revolución –porque, finalmente, el discurso terminará vacío y desembocará en una forma secular más del entretenimiento–, sino al menos de revisión. Una revisión que ordene –al menos por su propia curiosidad– el evento de su propia extinción.

Los bárbaros no acabaron con Roma cuando guerreaban contra sus legiones, sino cuando se integraron a las legiones. Y les digo, camaradas, que el discurso periodístico contemporáneo está cada segundo más plagado de los más maravillosos bárbaros, que no son precisamente quienes se aferran todavía a líneas editoriales o acusan a Twitter de desvalorizar el verosímil.

(En este caso, la intención, por parte del discurso periodístico anquilosado, de hackear lo nuevo desde la eyección de letras de molde resulta en una delicada ironía, cuya risa se provoca hoy y tal vez sólo resulte oída en un futuro cercano: el polo público se burla abiertamente del #findelperiodismo).

VI
Sólo parece interesante añadir que el hacking no es necesariamente algo negativo o positivo. Es sólo algo inevitable. Un epifenómeno propio de un #finaldeepoca.

Nuestra época, lectores del 2011, como la época de los últimos colchoneros y deshollinadores, era un #finaldeepoca.