Periodismo y robots: cómo superar el viejo luddismo

En su libro Hackear el periodismo, Pablo Mancini abre la polémica sobre el futuro de la profesión con su frase “que me reemplace un algoritmo”. Si la mayoría de las redacciones online tienen un plantel que se dedica a copiar y pegar cables de agencia, si no se incentiva la producción propia y la experimentación a la hora de trabajar, entonces los periodistas estamos perdidos. ¿Por qué insistir en la elaboración humana cuando las tareas que realizamos pueden ser realizadas por robots?

En todas las industrias, desde la revolución industrial en adelante, se presenta el “peligro” latente de que la automatización de los procesos productivos actúe en detrimento de la labor de las personas de carne y hueso. Por el siglo XIX, el luddismo reaccionó ante esto de forma violenta. Este movimiento obrero en Inglaterra profesaba el odio a las máquinas y, para vengarse de ellas por ser supuestamente las causantes de despidos y de las bajas en los salarios, rompían las instalaciones de las fábricas en donde trabajaban.

Y ya lo predecía Carlos Marx en El capital: la máquina alivia la jornada del trabajador, y además es un elemento esencial en la explotación y la extracción de plusvalía. Entonces se enfrentó al trabajo manual con el mecánico. Al hogareño con el efectuado fuera del espacio doméstico. A lo artesanal con intelectual. Lo humano con lo tecnológico.

Adam Smith, en este sentido, fue bastante más pragmático. Si Marx percibía a la división del trabajo como una condición alienante, que alejaba al trabajador del proceso productivo y lo “extrañaba” del resultado de su trabajo, Smith lo veía como una modalidad capitalista de producción que organizaba las tareas y mejoraba el rendimiento. Con su archiconocido ejemplo de los alfileres, Smith decía algo así como “¿para qué hacer todo todos, si nos podemos repartir responsabilidades y hacer algo mejor?”. Incentivó el trabajo en equipo, la diferencia de roles y no excluyó a la “pata” mecánica de su cuestión en el asunto.

Hoy en día, en el periodismo, sucede algo similar. Siempre estarán los que se oponen a la dinámica en grupos, y aún se refugian en un ideal del periodista como alguien aislado, pensante, atrapado en sus propias historias. Pero la historia de los medios demuestra que ningún logro se consiguió por el aislamiento: Rodolfo Walsh necesitó de su agrupación política y de sus convicciones ideológicas para escribir Operación Masacre. Truman Capote tuvo el apoyo de sus editores para concretar A sangre fría. Los especiales de la cobertura de The Guardian de las revueltas en Londres son claramente el resultado de una división del trabajo efectiva y coordinada.

La actitud del periodista que piensa que “lo puede todo” parece más arrogancia y egocentrismo que compromiso con la profesión. Renovar la pasión por lo que hacemos no significa ampararnos en el pasado, sino pensar en lo que se viene. Pero para adelantarnos al futuro es necesario repensar las raíces, y estudiar lo productivo que puede salir de ellas.

¿Cuál es la esencia, lo específico de los periodistas en los medios? No creo que sea la individualidad excepcional, o el genio incomprendido. Sino una buena construcción de la noticia: elaborada con ojos críticos para comprender el conflicto, para captar lo que le interesa a la audiencia, para saber bien cómo problematizar una situación que puede darse como de hecho y natural ante los ojos de otros. En el Cincinatti Enquirer, los editores se dieron cuenta de esto. Ellos llegaron a la conclusión de que aún venden diarios impresos porque los lectores están buscando los razonamientos de los periodistas, y porque sienten que ellos brindan un servicio a su comunidad. No están encerrados en ellos mismos.

El rol del periodista, al final de cuentas, reside en la capacidad de tratar de ampliar la mirada, de ayudar a entender el mundo en que vivimos. Se reduce, más allá de las fórmulas tradicionales y aún vigentes del gate-keeping y el news-making, de pensar y de ayudar a otros a reflexionar juntos. Algo que nadie, y en especial ninguna máquina, puede hacer por nosotros.

La solución no es tampoco creer de forma enceguecida en el determinismo tecnológico. No es la tecnología la que decreta sus usos, sino que es y seguirá siendo la mente humana la que prescriba actividades a los medios informáticos. Una máquina no decide, sino que obedece órdenes.

Un ejemplo insólito ilustra esto. En Adiós al cuerpo, el sociólogo francés David Le Breton cuenta la experiencia de un grupo de adolescentes de México que, con la esperanza de alcanzar la inmortalidad, argumentaban que es posible superar las limitaciones del propio cuerpo si sus cerebros pueden ser almacenados en una computadora.

En una entrevista que le realicé para el Buenos Aires Herald, él me contó: “Creemos que la información está agrupada en nuestras cabezas, como si los datos nunca murieran. Pero no podemos evitar que nuestro cuerpo muera. ¿Es posible cargar nuestro cerebro en una máquina que funciona mejor que nuestro cuerpo desperfecto? Gracias a herramientas informáticas, es posible guardar una memoria. La idea subyacente es la fantasía de convertirnos en seres inmortales. Pero si todo lo que pensamos puede ser transferido a una máquina, podemos enfrentarnos al riesgo de convertirnos nosotros mismos en máquinas”.

El desafío es claro: no se puede traspolar la experiencia subjetiva humana al disco rígido de una máquina. Pero tampoco se puede dejar de reconocer que somos, como seres imperfectos y mortales, un organismo que no puede todo, pero que diseña estrategias y herramientas para poder cada vez más y mejor.

Los periodistas no podemos todo. Pero podríamos más y mejor si nos animáramos a confiar en todos los dispositivos tecnológicos que tenemos al alcance de nuestras manos. No se trata, al mejor estilo luddista, de romper máquinas, de forma literal o metafórica. Tampoco de pensar en que todo tiempo pasado fue mejor. Ni de renunciar a la experimentación con otros. Sino de investigar, descubrir, sorprendernos de las novedades para aplicarlas a nuestro trabajo cotidiano, sin miedos ni recelos. Es la única forma de recuperar nuestro lugar en la sociedad y de salvarnos de ser devorados por los algoritmos.