Nuevas tecnologías y campo cultural

El martes 4 participé junto a Hernán Vanoli y la honorable Josefina Ludmer de la presentación del libro de cuentos Varadero y Habana Maravillosa (Editorial Tamarisco, 2010) en la librería Eterna Cadencia, en la República Separatista Cultural de Palermo.

Estos son algunos apuntes que preparé para la charla sobre cuestiones ligadas a la renovación de esa entelequia que podríamos llamar campo cultural y sobre cómo esa otra entelequia todavía mayor denominada —ya con cierto anacronismo— nuevas tecnologías influye en su metamorfosis.

* Hay un libro de Judith Butler que comienza con la escena de una manifestación. Los inmigrantes ilegales en los Estados Unidos reclaman su ingreso a la ciudadanía –ya que su ingreso a la economía ya está dado: son quienes con sus sueldos mínimos sostienen al Sistema—. Como forma de reclamo, estos inmigrantes cantan el himno de los Estados Unidos pero en castellano. El libro se llama ¿Quién le canta al Estado-Nación? Algunas ideas pueden reubicarse bastante bien en esta librería para preguntarse entonces: ¿Quién le canta al campo cultural?

* Esta misma mesa es de por sí un hecho curioso, como un montón de mexicanos cantando el himno norteamericano en castellano. Hay un escritor y sociólogo que presenta su primer libro de cuentos. Hay una crítica y teórica de la literatura formada en Rosario, Buenos Aires y Yale. Hay alguien que publicó algunos cuentos en algunas antologías –lo que me vuelve uno de una multitud–, trabaja como periodista y realiza, digamos, intervenciones culturales off shore. En ese sentido, yo vendría a ser el más mexicano de todos. Entonces, sólo a partir de recorrer de una punta a la otra esta mesa, la pregunta vuelve: ¿Desde dónde se le canta al campo cultural? ¿Quiénes integran este coro y por qué? ¿Qué es la conformación de esta mesa?

* Esta mesa surge de espacios vacíos en una agenda. También de un poco de azar. Pero, sobre todo, de una nueva autonomía literaria. “El himno sólo se canta en inglés”, les dijo Bush a los mexicanos. ¿En qué se le canta al campo cultural? Ahí entra el concepto de postautonomía de Josefina Ludmer, que resulta productivo en este contexto. ¿Esta nueva “literatura” de la postautonomía pierde poder crítico y emancipador? ¿Está por lo tanto fusionada con la economía? Mi primera pregunta: ¿Eso sería peyorativo para la literatura argentina contemporánea?

* La web atraviesa a la autonomía literaria en todos los sentidos posibles: en el formal, porque el periodismo cultural se maneja entre tapas pactadas con grandes editoriales o reseñas perdidas de 1500 caracteres donde no puede decirse nada sobre demasiado. En el jerárquico, porque se produce un fenómeno de demanda invertida –esto sí puede ser leído económicamente– donde la Academia ya no queda con el poder único de tomar para sí lo que le interesa, sino que también pueden hacerlo los lectores o una academia off shore. ¿Entonces quiénes serían estos coristas del campo cultural? Críticos formados aunque sin poder real en la Academia.

* Ha cambiado, sobre todo, el sentido de circulación porque, cada vez más, la web y la recepción que un libro tiene en estos nuevos espacios se vuelven a la hora de construir su recepción literaria más determinantes que el espacio en una vidriera o una cierta cantidad de reseñas aseguradas en un suplemento cultural convencional. ¿Esto es mérito de las nuevas tecnologías? ¿O es un demérito de la autonomía como era entendida hasta ahora? Probablemente un poco de las dos.

* Las editoriales, por supuesto, saben que esto está pasando. Y a veces saben cómo acomodarse a las circunstancias. Cuando yo reseñaba libros con un pseudónimo en un blog con visitas, digamos, del “nicho literario”, las editoriales independientes y también las grandes comenzaron a enviar sus libros. Lo hacían por interés, es decir, como acciones de marketing. Cada vez hubo más páginas web donde podían leerse trabajos interesantes sobre libros y editoriales que no tenían otros espacios disponibles. A la vez, también comenzó a ocurrir —y hoy casi es siempre así— que las editoriales más grandes cooptaban estos nuevos espacios, que habían comenzado con ese espíritu “reformista” o “postautónomo”, y que terminaban volviéndose una vidriera más. A mi no me molesta el término vidriera ni estoy en contra del Mercado. Sí estoy en contra de prácticas de mercado proteccionistas, monopólicas. Porque entonces, sin ningún criterio excepto el de la genuflexión y el maravillamiento ante las acciones más tradicionales de marketing, el espíritu decae y se apaga.

* Son modos de ubicarse en un campo cultural que, de por sí, es pequeño y en el que desde adentro o desde afuera todos terminan por conocerse bien y parasitarse en el gran plan de la Madre Naturaleza. También es cierto que en muchos casos esta “entrega” tan poco liberal se trata de mera miopía. De actores que no se detienen demasiado a observar un horizonte de posibilidades y se conforman con apilar con orgullo muchos libros gratis.

* En mi caso, tres o cuatro de los autores nuevos más rescatables de la Nueva Literatura Argentina se interesaron —y algunos todavía lo hacen— en recibir estas lecturas off shore. Y no sólo porque se trate de lecturas académicas que, por definición, la Academia les niega, sino porque no hay tampoco una instancia de lectura más o menos seria o importante para sus libros en el resto del aparato cultural. Por lectura seria e importante quiero decir: lecturas críticas donde se argumente fuera de la doxa del mercado editorial estándar . Algo que, a su vez, tampoco se deshaga en el mero elogio snob de un gusto, una estética y una editorial independiente, que es otra postura frívola común, como si las películas fueran buenas sólo porque están en el BAFICI.

* En la medida en que las grandes editoriales ingresan a saturar con su lógica controladora y tradicional a esta nueva postautonomía descontrolada —reterritorializando lo desterritorializado— ocurre lo que me parece que es una pauperización. En ese caso, no se trata entonces de una democratización de la cultura, o una valorización “positiva” de la postautonomía, donde a pesar de cualquesquiera dficultades y condiciones, los críticos, los escritores y los lectores ganan nuevos espacios de intervención en el campo cultural. Se trata, en cambio, de una operación de saturación donde con muy poco se puede “apagar” lo que se da. Eso es un riesgo, porque muchos de estos nuevos polos críticos terminan bajo el control de “arribistas”. Tipos con toda su libido puesta es la posibilidad real de comer sanguchitos a tres pasos de Enrique Vila-Matas por cortesía de Herralde, a cambio de subir la tapa del último libro a un blog con 1200 visitas diarias. Ahí es donde la postautonomía o como queramos llamar a estos nuevos flujos culturales pierden. Yo estoy a favor del mérito, yo estoy a favor de los críticos formados, estoy a favor de quienes tienen algo que decir antes de que el solo derecho a decir. Hay que deplorar los populismos.

* Una observación sobre la televisión: como fuere, lo interesante de esta postautonomía es que vuelve a ubicar a la literatura en una vanguardia técnica. La literatura, al menos la literatura de la Nueva Literatura Argentina, está sin dudas ante un impulso de cambio y redefinición de todas sus formas. Miren, si no, los premios de televisión Martín Fierro del otro día. La televisión, que es el objeto cultural más vetusto que todavía boquea en el siglo XXI, todavía tiene a esas divas momificadas de hace 40 años, todavía tiene a los mismos gerentes de programación de hace 20 o 25 años, tratando de pasar todavía como “jóvenes emprendedores”, cuando son desde hace rato la cristalización más reaccionaria y berreta de la cultura argentina.