Netflix, o cómo romper con todo

Muy raro lo que pasa con Netflix. Por un lado, sale House of Cards. Por el otro, Reed Hastings se pelea con el regulador bursátil estadounidense (la SEC) por un post en Facebook. A primera vista pareciera que se plantea una contradicción desde el punto de vista del uso de la comunicación. Sólo a primera vista. La co-existencia de ambos hechos tiene lógica y se instala muy bien en esto que podría llamarse cultura de internet. Veamos.

House of Cards llegó para revolucionar la televisión y eso que ni siquiera es televisión pura. La serie de los 100 millones de dólares se instaló, desde el inicio, en la línea histórica de Twin Peaks y Oz (Twin Peaks porque fue la experimentación de un director cinematográfico “serio y respetado” por hacer televisión y Oz porque fue la primera serie de ficción de HBO, la que le abrió el camino a The Sopranos).

No interesa aquí reseñar House of Cards, aunque puede decirse que es buena si interesan el poder en la alta política y la relación prensa-política y, si no, también porque es una historia de Maquiavelos, ambiciosos y miserables, con una grandiosa pareja Kevin Spacey-Robin Wright. Sí interesa entender si la serie marca el principio de una etapa nueva (como Oz) o solo un intento por experimentar (tipo Twin Peaks).

Es sabido que HBO le pegó un golpe letal a los canales de televisión tradicionales cuando comenzó a crear ficción como nunca antes vista. El golpe dio lugar a las grandes ficciones de AMC y Showtime y, de la mano del boom de los dvd, creó un nuevo hábito cultural: los maratones televisivos. House of Cards aprovecha esa nueva cultura, sacando los 13 episodios juntos (pueden verse cómodos en un fin de semana) y, a su vez, busca pegar un golpe tan letal como el de HBO cambiándole las reglas a los demás (Hulu, iTunes, BSkyB, o quien sea), para instalarse como el paradigma, el modelo a copiar para la transmisión paga hecha para internet.

House of Cards no es la primera serie hecha para internet (para demostrarlo están instalados en aquel rincón los Streamy Awards, por allá también anda Michael Eisner y por ahí aparece Lisa Kudrow, por nombrar unos pocos ejemplos). Más allá de que los capítulos de House of Cards varían en longitud (algunos de 46 minutos, otros de 52), cosa que no pasa en la tele, lo que hace distinto a House of Cards es que están David Fincher y Spacey (y Robin Wright, claro) y que se pagó 100 millones de dólares. El tema del dinero no es menor. Ted Sarandos, uno de los capos de Netflix, lo explicó bien clarito: el sitio gastó un dineral para hacer ruido. Así, el New York Times hizo cobertura de la serie antes de que saliera y el FT invitó a Fincher a almorzar antes del estreno y otros hicieron cosas parecidas. Ni el más campeón de los campeones Streamy ha tenido una cobertura semejante. Lo que Netflix quería no da lugar a dudas: un producto de calidad, interesante para su audiencia (no olvidar que la elección de Fincher y Spacey estuvo respaldado por datos sobre las preferencias de los usuarios de Netflix) y que, sobre todo, diese mucho que hablar tanto de antemano como después del lanzamiento y que lo hiciese no solo en los confines de internet sino también en la prensa tradicional, en el diario de papel, ese que mancha las manos. Es ahí donde todo parece volverse raro todo porque está claro que Netflix reconoce la necesidad de aliarse con la prensa tradicional para transmitir su mensaje mientras que Hastings entabla su bendita pelea vs. la SEC.

La pelea comenzó hace unos días cuando Hastings le contó a sus 200.000 amigos feisbuquianos que Netflix había superado por primera vez las mil millones de horas vistas. Para la SEC esa información podría ser considerada sensible para las acciones de la empresa, lo cual implica que debería ser publicado primero en ciertos canales a riesgo de ser calificada como “publicación selectiva”. Hastings respondió que publicar para 200,000 lectores-amigos no es selectivo sino público, que su comportamiento fue correcto y que se debería comenzar un debate sobre el uso de plataformas como Facebook para publicitar información de mercado. O sea, que existen “medios nuevos” o “no tradicionales” que pueden ser tan válidos como los “tradicionales”.

Entonces, por un lado, existe la necesidad de los medios tradicionales. Por otro, la necesidad de reconocer a los no tradicionales. Y todo sale de la misma empresa. ¿Hay contradicción o no la hay? La respuesta es un rotundo “no” porque el lugar donde se coloca Hastings y, por lo tanto, la empresa respecto al uso de los canales de comunicación está clarísimo. ¿Acaso hacen falta más explicaciones?