Museo de la Literatura del Porvenir

Pensar objetos literarios capaces de reflejar hoy las construcciones discursivas y culturales del futuro es pensar en la obra de Jorge Asís. Aquí un apunte confeccionado con algunas ideas sobre su novela Flores robadas en los jardines de Quilmes.


El problema de la autonomía literaria

Jorge Cayetano Zaín Asís (1946) es un autor cuya complejidad se define por la cercanía cronológica de su propia obra —¿cómo objetivizar críticamente sus libros?— y por el vaivén de su propia figura en la esfera pública. El campo cultural argentino ha resuelto esa complejidad de una manera clara: su expulsión. Esa expulsión es la que puede categorizarlo como un verdadero maldito de las letras argentinas, en el sentido de haberse convertido en un autor que ha construido su figura y su obra siempre desde afuera de las instituciones legitimadoras tradicionales.

Al releer las últimas pruebas de imprenta, puedo atreverme a evocar, con franca distancia especulativa, que cuando escribí, por ejemplo, “Minga”, en 1968, era vendedor domiciliario de retratos al óleo. Que cuando escribí “La romana”, en el 79, en pleno proceso militar, era un altivo periodista de Clarín. Que cuando compuse “Nobleza a la carta”, en 1993, trataba de definir mi difusa identidad como embajador en París. Y que ahora, mientras escribo cotidianamente, en mi web, me defino como un monotributista. Una especie de empresario unipersonal de la comunicación. Un profesional, como siempre, de la artesanía de la palabra. (Prólogo Cuentos Completos)

Jorge Asís tiene 23 libros publicados. De lo que se trata es de ofrecer un recorte que ayude a entender la representación de su figura problemática, en tanto autor que ha sido (y continúa siendo) atravesado por un cuestionamiento permanente alrededor de la autonomía literaria, conflicto clave a la hora de analizar la producción y recepción de un autor con más de cuarenta años de trayectoria.

¿Cómo puede la literatura (de Jorge Asís) ser catalogada y valorada de acuerdo a las coordenadas intrínsecas de la literatura y no de su trayectoria vital como periodista, funcionario público, analista político?


Ventaja hermenéutica

Lo contemporáneo siempre ha sido constitutivo en la obra de Jorge Asís desde un lugar ambiguo y ambivalente. ¿Qué es, entonces, ser un maldito? Una respuesta posible: maldito es aquel autor al que le han quitado la Palabra (de allí que muchos de sus seguidores actuales en la web y en la televisión desconozcan la trayectoria de su obra literaria). La figura de Jorge Asís como barón rampante: la figura del disidente perpetuo, aquel que vive a la distancia y que convierte esa distancia en ventaja hermenéutica: puede verlo todo mejor porque está lejos, puede entenderlo todo mejor porque está lejos: el francotirador como instancia superior (aristocrática) del guerrero, el poeta como instancia superior (aristocrática) del literato. Un mundo demasiado lejos para integrarlo, un mundo demasiado cercano para poder contarlo y anunciar su apocalipsis.


Señorita Vida: un proyecto estético

A los 24 años, en 1970, publica el poemario Señorita Vida, donde delinea una poética o un proyecto estético (pero que la época hará también necesariamente político).

 

Cuando me pongo el Zaín inevitable
y lo miro en el espejo
y sonrío
y maldigo despacito
y por fuera ¡qué elegante!
y por dentro ¡viejo arpío!
y mi sonrisa de par en par como una puerta
que no entiende a este Asís porque no escapa,
limando los barrotes de mi garganta,
y revela que son unos mentirosos
soy poeta, la plata me importa un pito
serán todos personajes de mis cuentos,
pondré en bolas vuestros tejes y manejes,
pero Asís aguanta y aguanta
y aguanta
exactamente hasta cuando regreso a casa,
cuando el Zaín me acuesta avergonzado
cuando el Asís se apodera de mi cuerpo.
(Señorita Vida, “Zaín vs Asís”)

 

El momento de inserción de ese proyecto estético será el de la militancia política de los años setenta y su espacio será la ciudad de Buenos Aires, fijando cronotopos como la calle Corrientes, los bares de la calle Corrientes, los albergues transitorios de la periferia de la calle Corrientes, como Dallas. Como sujeto de las periferias que coopta los espacios y los códigos del centro urbano, la primera figura que desarrolla Jorge Asís es la del infiltrado (La Manifestación, La familia tipo, Fe de ratas). El infiltrado como construcción que ficcionaliza todo lo real: Zaín, Asís, Zalim, Rocamora.

Para la doctrina revolucionaria de las organizaciones de izquierda, el rol del sujeto histórico de la revolución es ubicarse en la vanguardia y conducir al pueblo (entre 1968 y 1973, Jorge Asís estuvo afiliado al PC; en 1974 obtiene la Primera Mención en Casa de las Américas por Los reventados). Esa ubicación es necesariamente una disputa de clase: ¿puede un proletario asumir el rol que se espera del burgués? ¿Y en qué medida los burgueses que quieren conducir la revolución pueden hacerlo sin comprender la esencia auténtica del proletario? Ese intercambio de saberes, aspiraciones y experiencias se resuelve a través del cuerpo: la sexualidad(y su forma institucionalizada: la Familia) en la obra de Jorge Asís siempre una instancia más de la lucha por el Poder.

El infiltrado, además, es un pliegue que también indica un peligro: aquello que puede ser penetrado y desnudado es aquello vulnerable. La atmósfera militante y sus códigos no son más que un juego de máscaras. Cuando la violencia real emerja, esas máscaras caerán. Jorge Asís no puede integrarse nunca a los grandes discursos ideológicos de su época, ni puede otorgarle a su literatura la función militante que esos discursos ideológicos necesitan asignarle (otra vez, la autonomía literaria en cuestión).


La picaresca como forma

La picaresca, el que “pica” para sobrevivir y huye. Un género donde el personaje está siempre al margen y resuelve sus problemas a partir del uso de su propio ingenio, sin gozar de una posición de ningún tipo en la sociedad. Alguien que se mantiene al margen de todas las áreas de influencia del Estado. Al margen de la ley. Pensar la Ley como la pensaba Friedrich Nietzsche: la Ley es todo aquello que separa a una fuerza de lo que esa fuerza puede hacer: la Ley es el lugar del débil.

La picaresca en el registro político de los años setenta implica un pacto de lectura singular: por un lado, la burguesía urbana sublima su dosis de castigo simbólico a la vanguardia revolucionaria; por otro lado, la vanguardia revolucionaria sublima su dosis de castigo simbólico a una estructura fuertemente jerarquizada y poco permeable a la crítica desde adentro. Jorge Asís habla con su literatura a una masa de lectores muy vasta y heterogénea.


El trabajo: una ventaja vital

En tanto infiltrado, el protagonista de las obras de Jorge Asís busca un mestizaje veloz con lo urbano que permita el salto aspiracional: sus códigos, sus espacios, sus sexualidades. Las categorías de ese protagonista están en permanente tensión: el proletario ó el burgués; el citadino ó el pibe de barrio; la ciudad ó el suburbio; el esclarecido ó el dominado; el poeta ó el vendedor. Los planos pueden doblarse hasta romperse en la doble traición narrativa.

El rasgo constitutivo del infiltrado es el trabajo: el trabajo que significa su origen y el trabajo a través del cual lleva adelante la infiltración. El trabajo humaniza al sujeto porque le da conciencia de su realidad (Hegel): “La Historia es la historia del trabajo realizado por el Esclavo para el Amo”. El producto de ese trabajo es la Autoconciencia y el Deseo de Reconocimiento: una equiparación ante el Amo: la Autorrealización (como Hombre). Esa interacción se da a través de la negatividad: los personajes de Jorge Asís nunca se contentan con su lugar; siempre lo construyen y reconstruyen a través de su trabajo (vendedor, estafador, escritor, periodista, etcétera).


Flores robadas en los jardines de Quilmes

Publicada en 1980, escrita entre 1975 y 1978. Rechazada por las editoriales hasta 1980. Catorce ediciones y 360.000 ejemplares. Despegue al mercado español y una película (dirigida por Antonio Ottone). En 1976, Jorge Asís ingresa como periodista a Clarín y rápidamente se convierte en “redactor estrella” con las crónicas de Oberdán Rocamora: una picaresca institucionalizada.

“El best-seller de la dictadura” como título. ¿Significa eso que es una novela colaboracionista, una novela de resistencia, una novela legitimada por el mercado al que no podían acceder otros autores prohibidos, censurados, exiliados o asesinados?

Flores robadas… es la primera parte de la saga Canguros, un proyecto narrativo de largo aliento, al estilo balzaciano, que propone retratar una época desde la inmediatez de lo contemporáneo. Los años setenta desde el doble registro de lo biográfico y lo generacional. Se constituye así en una de las primeras novelas sobre el Proceso. El vínculo con Clarín vuelve a ubicarlo en el espacio de la infiltración: puede observar, pero no puede contar; puede escribir libros, pero no puede publicarlos. Flores robadas… se monta sobre ese registro ambiguo para narrar las grietas de una generación y las grietas del sistema político militar a través de las cuales esa generación aún puede expresarse, a través de un pacto útil con el Mercado (Jorge Asís es entre 1976 y 1980 el redactor estrella del diario Clarín: esa relevancia legitimada por el mercado periodístico y su público masivo presupone un cierto halo de resguardo ante la potencial represión del Estado).

Estás empachada, comprate un televisor y te vas a curar, mirá las sonrisas de Percivale, los almuerzos de Mirtha Legrand, las propagandas. Y vas a comprender que, después de todo, la vida tiene sentido. A lo mejor, el secreto de la felicidad puede ser ese, y la ubicación, ese don preciado, puede señalarlo el televisor. Hay que seguir la corriente, para pasarla bien, sin pensar. Y comprar todo lo que nos sugiere, leer Gente, y tratar de hacer dinero, mucho, para comprar todo y ser fuertes, cambiar un coche por año y tener muchos, muchos hijos. Cualquier cosa, si pueden, que arreglen el mundo ellos.
-Jamás voy a saber cuándo me estás hablando en broma o en serio.

Memoria y dèjá vú

Desde la legitimidad del periodismo y del Mercado, lo que vuelve a ponerse en marcha es entonces el proyecto de poder literario inicial: “pondré en bolas vuestros tejes y manejes”. Esa disidencia ante el Poder se registra desde el epígrafe mismo de la novela: A Haroldo Conti ¿in memoriam?

Pero Flores robadas… no es una novela de denuncia (como sí lo son Carne Picada y Canguros). Es una novela de retrospección (Zalim en el barrio, antes) y de introspección (Zalim en la ciudad, ahora). Es un análisis del agotamiento vital de una generación y sus tentativas de salida: no hay una lógica de apatía ante el conflicto (decepción) sino una lógica dialéctica entre pasado y presente (acción). Samantha está viva y quiere irse para continuar su vida en otro lado. Si el narrador de sus obras anteriores reemplazaba la voz profética de la revolución por la visión apocalíptica de la contrarrevolución, Flores robadas… podría leerse como la visión apocalíptica convertida en voz apocalíptica.

Ya se les acabaron las excusas, las palabras y los silencios, y entonces huyen, por ejemplo, hacia Corrientes, a encontrar algún vestigio que tenga que ver con sus pasados, a cualquiera que los reconozca desde aquellos tiempos irreales, y les certifiquen que sí, que existen, que son ciertos. Algún conocido para tomar un café, para cambiarse muertos como figuritas, para comentar viejos proyectos, compadecer la manera en que los sueños se fueron, derechito, a la mierda, por culpa de una realidad manejada con astucia, que hizo una avalancha y los dejó desguarnecidos, a merced de la providencia, con un capital sólido en frustraciones y miedos, y con, más o menos, treinta años, eso es lo grave.
Váyanse todos, y déjenme solo en esta ciudad, haciendo una memoria vana, contando historias que apenas me interesarán a mí, y cuestionarán un par de tipos, desde afuera; o algún sobreviviente, desde adentro.

La memoria como trabajo que hace inteligible el pasado. Mientras que la historiografía propone hipótesis, la literatura ofrece certezas (interpretaciones cerradas, mundos cerrados). El testimonio de esa memoria viene a reparar la identidad dañada: lo privado se vuelve público y desde lo circunstancial se llega a lo universal. Mientras Rodolfo Walsh escribe en su correspondencia sobre los muertos y exalta la “muerte heroica”, Jorge Asís habla sobre quienes están vivos (sin olvidar, aún, a los muertos). Una memoria literal (Asís) se opone a una memoria ejemplar (Walsh).

Mariela Segovia, la poeta escueta, sintética, inentendible, que aquí se sentía ahogada, porque no tenía laburo ni conseguía macho, y allá, en Florencia, trabaja de sirvienta, aunque proclama ser baby sitter. A Cacho Benítez, que se metió muy en serio con la jotapé, disparó y ahora vende baratijas en el Vaticano.

Los discursos de la militancia, sus actores, sus códigos, sus prácticas, están agotados. Samantha se vuelve un personaje cliché al que el narrador mismo desnuda como cliché. “Que nadie confunda esta risa con alegría”, dice Zalim ante la burla por esa situación de agotamiento. Los reventados (pícaros) ahora son reescritos por la Historia como reventados sin más.

Por otro lado, el lector familiarizado con el trabajo previo de Asís encontrará en Flores robadas… aquello que Paolo Virno denomina dèjá vú: lo ya ocurrido que se percibe como ocurrido por primera vez; es decir, una memoria que se hace presente aunque no se trate de memoria. Una memoria falsa, que hace del presente un fatalismo que obliga a mirarse vivir (pasivamente) en un presente irrevocable.

La oposición entre memoria y dèjá vú abre el debate: ¿el retrato generacional de los militantes que han sobrevivido en 1980 es reaccionario porque anula el futuro o no es reaccionario porque describe una encrucijada en términos vitalistas?

Porque estamos capacitados, eso sí, aquí somos maestros, para darnos las manijas más fantasiosas, efectivas para autoconvencernos de que sí, de que hacemos algo que nos interesa, amamos y progresamos, hacemos la revolución y nos envidian, y así, tratando de creernos, puerilmente engañados, podemos hasta morir. Sin embargo no hay que desalentarse, muchachos, aunque parezca sólo una expresión de deseos, la vida todavía puede ser algo mejor que una mierda.

Los años setenta como objeto inabordable en los bordes de los años ochenta: fenómeno que hoy se repite desde una construcción inabordable de los años noventa, década que se prefiere estigmatizar antes que narrar.


Los que se fueron, los que se quedaron

El debate entre quienes se fueron y se quedaron está tratado a lo largo de toda la novela, complejizando otra vez la cuestión de la autonomía literaria. ¿Jorge Asís es culpable o inocente de haber ocupado el espacio que ocupó en el campo cultural e intelectual de los años del Proceso? (Se puede ser culpable o se puede ser absuelto, Giorgio Agamben codifica al centro del Derecho en el juicio que opera con esas dos categorías. Inocente no puede ser nunca: inocente es aquel que nunca fue juzgado).

El reproche que se le hace a Jorge Asís es el de haber mimetizado el discurso del Proceso desde una suerte de colaboracionismo literario (allí la sombra de Louis-Ferdinand Celine): el subversivo ha “perdido la voluntad de luchar”. ¿Pero la ha perdido? ¿Dónde ubica eso al masivo público lector de esa novela?