Muerte de un “coder”

El sábado me convertí en voyeur de una muerte en la que no me correspondía participar porque hasta ese mismo día el nombre Aaron Swartz me era indiferente, un simple sonido perdido en la memoria. Su muerte no tenía nada que ver conmigo, creí, pero internet me empujó a mirar, a seguir, a que se me pusiera la piel de gallina, a emocionarme con algunos textos y, sobre todo, a aprender, admirar e indignarme.

Aaron Swartz era un pequño prócer y uno de los inventores del New York Times del siglo XXI, esribió un amigo en Twitter. Puede ser, pero para mí lo que más sobresale de lo acontecido es como deja en evidencia, una vez más, la inmensa división entre “el mundo digital” y el “mundo real”. La muerte de Aaron Swartz nos hace ver que hay gente peleando por cosas que se nos escapan, que no entendemos o que simplemente no nos interesan pero sobre todo que no nos llegan, cosas de las que rara vez oímos hablar y debatir al menos que las busquemos. La pelea de Greenpeace la entendemos, concordemos o no con ella. La batalla por la igualdad de género también, y por los derechos de las minorías étnicas y raciales, sin duda. El derecho a la vida de las mascotas o de los subtes de madera, ni hablar. ¿Por qué entonces algunas otras batallas, tan o más trascendentes e interesantes que algunas de esas, nos son ajenas?

Code is speech” (el código es palabra) escribe Bella Coleman, recogiendo ideas de hackers y geeks varios, y a eso me refiero cuando digo que hay gente peleando y dedicándole la vida a cosas que se nos escapan (y con “nos” me refiero a quienes no están inmersos en la “cultura digital”, a quienes por deseo u obligación ven el mundo a través de diarios y tv). Sin código no tendríamos comunicación alguna. Así, quienes lo escriben, quienes hacen código, quienes producen nuestros medios y canales de comunicación digitales deberían ser, para usar una grandísima expresión española, “los putos amos.” De hecho lo son. La pregunta entonces es, ¿por qué su mundo, sus ideas y sus intereses siguen siendo tan ajenos para quienes no somos parte de ellos? ¿Por qué sigue existiendo el exótismo de lo digital, de lo hackers, de la programación, del código? Si de hallar culpables de esa ignorancia se trata, la gran culpa es, como no puede ser de otra manera, de quienes nos ganamos el pan comunicando porque deberíamos ser nosotros quienes nos dedicamos a “relatar” ese mundo para poder demostrar su verdadera trascendencia. ¿Pero cómo vamos a relatar ese mundo cuando ni siquiera tenemos un palabra bien definida para decir “coder”?

Swartz participaba de una de las peleas más interesantes que hay hoy por hoy en el mundo: la de la liberación de los conocimientos científicos. Fue lo que llevó a su procesamiento judicial, lo cual a su vez contribuyó a su suicidio, según su familia. Entre sus amigos había quienes apoyaban la pelea pero criticaban los métodos. Lessig explica de diez esa diferencia de opinión y también crítica con dureza el procesamiento judicial, y Maria Bustillos disecciona en detalle la postura de quienes creen que Jstor no es el enemigo correcto. (Pequeña explicación: una fiscalía americana acusa a Swartz de haber robado miles de documentos digitales del repositorio de documentos científicos Jstor con el fin de distribuirlos bajo la consigna de que el conocimiento científico no debería estar detrás de paredes de pago). Quizás los tributos y homenajes a Swartz sirvan para sea entendida en su real dimensión de la trascendencia de la pelea encarada por él, Lessig y tantos otros.

Quedan las palabras de Tim Berners-Lee, que algo entiende: “Aaron dead. World wanderers, we have lost a wise elder. Hackers for right, we are one down. Parents all, we have lost a child. Let us weep.” (Aaron muerto. Errantes del mundo, hemos perdido a un sabio. Hackers por el bien, hemos perdido a uno. Padres todos, hemos perdido un hijo. Lloremos.”

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Algunos textos sobre Swartz:
Lessig: Prosecturo as a bully
Corey Doctorow: RIP Aaron Swartz.
Peronalísimo de su ex novia Quinn Norton: My Aaron Swartz, whom I loved.
Danah Boyd: Processing the loss of Aaron Swartz