Modelar herramientas para hacer periodismo online

Si el futuro de los medios y del periodismo es agnóstico del soporte, también es artesano de sus propias herramientas productivas. No sólo las redacciones online, en su mayoría, funcionan como lo hacían las de la década de los años cincuenta. Una deuda que tenemos los periodistas con nosotros y nuestra profesión es repensar la relación que tenemos con las herramientas que utilizamos, como ya lo hicieron y lo están haciendo todas las industrias y sectores.

La crisis de los medios -conceptual, productiva e interactiva, y mucho después, consecuentemente, financiera- es también una crisis del instrumentalismo profesional que sistemática e irreversiblemente naufraga en las aguas de obsolescencia.

Saber de qué se trata la última aplicación creada en la cuna de la Web 2.0 no te hace mejor periodista, aunque sí te empapa con una ecología de interacciones que es tu deber profesional probar y conocer, usar y proyectar. Aun así, la sensación es que no alcanza, y las pruebas y casos de éxito en los medios, también en su mayoría, están protagonizados por aquellos que modelan sus propias herramientas, además de importar las que ofrece el entorno.

Hasta qué punto es posible hacer una propuesta periodística killer cuando el mejor CMS, aun haciendo gala de la estabilidad y la escalabilidad, está construido con categorías y conceptos arcaicos para manipular información.

Usamos las mismas herramientas para generar productos y servicios completamente diferentes. Quizá es porque algunos publicadores se hicieron tan transparentes para los periodistas que los gestionan que no se dejan ver.

Por otra parte, el uso de una herramienta modela la práctica diaria pero mucho más el rediseño conceptual de los proyectos, las publicaciones, los productos y los servicios que genera el medio.

Las herramientas que usamos a diario están cargadas de conceptos subyacentes y metáforas, de tramas profesionales, de supuestos sobre la audiencia y prejuicios sobre los contenidos y la disponibilidad. Incluso sobre el núcleo de negocio del medio que las implementa. Están cargadas también de algunas ideas compartidas, instituidas, sobre cómo funciona o debe funcionar un equipo online, cómo se consume la información en red y hacia dónde se ramifican las arquitecturas de participación de los usuarios.

Uno de los problemas clave en todo este asunto es que los productos y servicios periodísticos ya no se ven, ya no se leen, ya no se escuchan. Ahora se usan. Y no sólo eso: En países de mayor desarrollo tecnológico y con los índices más bajos de brecha digital, el 75% del consumo mediático se realiza combinando varios medios o realizando otras tareas.

De la adaptación a la creación. Henry Jenkins lo ha repetido hasta el cansancio, pero si alguna vez lo leímos sabemos olvidarlo cada mañana. ¿O nos vamos a contar a nosotros mismos que los bárbaros invaden territorio y generan nuevas reglas y valores con iguales metodologías y herramientas que disponen los ocupados? Es que por eso es tan maravilloso el libro de Alessandro Baricco: precisamente porque, más que de la invasión bárbara en sí, se dedica a analizar los rastros y la técnica de la invasión.

Lo que a veces no terminamos de entender o aceptar es que la red no es un territorio en disputa. Que en la red el territorio se extiende según la capacidad de procesamiento de datos, de las personas y de sus herramientas, ya sean las últimas baratijas 2.0, algunos servidores o la propia mente, aunque casi siempre todo junto y a la vez.

Pero aterricemos todo esto y démonos de patadas con los content management systems, bendición y maldición conjunta de toda redacción online. ¿De verdad alguien puede seguir pensando que con un CMS standard y media docena de módulos o plugins (lo que la mecánica llama “parches”) es posible dar nacimiento a una propuesta periodística innovadora, aun con el mejor equipo de redacción y diseño? Y cuidado, que acá estamos hablando desde el confort de no meternos con los modelos de negocios.

Cuando acudimos a elegir qué CMS usar, no estamos haciendo otra cosa que optar por una serie de variables de limitaciones operativas y conceptuales. Cuando montamos 20palabras.com hace dos años, por ejemplo, nos encontramos con ese problema y terminamos con dudosa eficacia adaptándonos al porlomenismo tecnológico.

Las funcionalidades se pagan o se descargan, los conceptos se crean y rediseñan con el uso. Porque está claro que los diarios ya no se leen, ahora se usan, y los periodistas -aunque no lo hagamos o muchos no lo hagan- ya hace rato que no nos dedicamos solamente a publicar notas. Y la audiencia tampoco se limita a leerlas.

El deseo se moviliza cuando la potencia se divorcia de la práctica. Y eso pasa cada vez más en la cultura del nuevo capitalismo, como le gusta llamarla a Richard Sennet, donde cada día sabemos más y podemos menos.

Los CMS son por un lado una expresión de las arquitecturas organizacionales y por el otro una metáfora de los niveles de eficacia. Las dificultades más comunes radican en que los publicadores interpreten el diseño de un nuevo producto, se mimeticen con las interacciones de la audiencia y proyecten las prácticas profesionales, los contenidos, los productos y los servicios hacia una instancia distinta a la de una mera imprenta digital en tiempo real. Y no al revés, acomodando las ideas a la oferta de un content management system.

Buena parte de los CMS que conocemos operan con categorías premodernas. Marcan la cancha de audiencia y periodistas. Para qué contarnos los beneficios de la escalabilidad cuando ese crecimiento está limitado a la proyección de categorías interactivas devaluadas, en desuso y propias de la endogamia de toda organización.

En buena parte de los casos, las categorías con que se administra cualquier CMS conocido no sirven. No sólo porque se basan las funciones elementales de publicación de información y administración de contenidos, sino porque nada tienen que ver con los procesos productivos orientados más a la eficacia que las rutinas periodísticas burocráticas, más a la interacción de / con la audiencia que a las visitas únicas y la posibilidad de publicar más o menos rápido.

Las respuestas primero están en las prácticas profesionales y culturales, de un lado, y del otro, y sólo después, en el código que las exprese. Si los CMS son parte de la arquitectura biológica de la organización periodística, entonces son puras tripas que permiten sobrevivir y respirar, pero no dan sentido todavía al alma y aura de la organización en tanto sujeto de nuevas prácticas.

También es cierto que esto sucede porque muchas veces los programadores están a diez mil años luz de las categorías desvencijadas con las que opera el periodismo. Modelar herramientas implica dar una inyección de potencia a la capacidad de operar en un contexto, pero sobre todo de intervenirlo, diseñarlo.

Sin periodistas que entiendan código, sin programadores que se interesen por el nuevo periodismo, parece imposible. Se buscan amphibios. Ya contaremos para qué.