Mitos #1: Estafados por el futuro

Mitos de la Era Digital. Entrega #1. Diario Perfil, domingo 20 de mayo de 2012.

El futuro está demorado. Los autos no vuelan ni se manejan solos. Ni siquiera funcionan bien los semáforos. La telepresencia todavía no es viable, y hacer una teleconferencia es siempre un fracaso porque se corta la conexión o se cuelga la computadora. No movemos objetos con la mente. Las computadoras no son más inteligentes que nosotros. La medicina molecular no cura todas las enfermedades genéticas y las nanopartículas no patrullan nuestras células sanguíneas. Es más, morimos en soledad porque nuestro cuerpo no llama al SAME cuando manifiesta irregularidades peligrosas en su funcionamiento. No podemos revertir el envejecimiento. Tampoco tenemos visión de rayos X. No sabemos crear nuevas formas de vida sobre la Tierra ni aprovechar la energía ilimitada de las estrellas. No volvimos a la Luna. Ibamos a poder identificar extraños y conocer en el acto sus antecedentes, como en la película The Terminator (1984), protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Habría guerra en las galaxias, no acá, donde todavía hacemos denuncias por ruidos molestos. Unos robots domésticos nos prepararían café. Y usted no se mancharía las manos con tinta para leer estas noticias.

Pese a todo, hay que tener esperanzas: para todas estas cosas la ciencia cuenta con prototipos que funcionan y en el futuro podremos aprovecharlos. Google, por ejemplo, ya tiene unos anteojos que se conectan a la red. El problema es el presente, para el que sólo tenemos mitos.

¿El chat y los SMS están destruyendo la escritura? ¿Los videojuegos nos están volviendo estúpidos? ¿Copiar y pegar empobrece el aprendizaje? ¿La televisión es una caja boba? ¿Internet es democrática? ¿La piratería está liquidando las industrias culturales? ¿Desaparecerán los libros? ¿Nadie leerá diarios? ¿Los BlackBerry nos impiden prestar atención?

La web tiene apenas 8 mil días de historia y muchos aspectos de nuestra vida cambiaron desde su creación. Existe cierto consenso sobre las ventajas y desventajas de vivir conectados. En algunos de esos acuerdos anidan mitos, miedos y malentendidos. Ahí están nuestros blancos y contra ellos vamos a disparar.

Lo relevante es entender la transición. Lo dijo George Orwell: “Quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”. El presente siempre es pantanoso. Subestimamos la evidencia del cambio. Renegamos de la mutación como si la moral y las buenas costumbres de ayer pudiesen detener o variar el destino de la evolución de hoy.

Es tan riesgoso predecir el futuro como hacer el ridículo diagnosticando el presente. Hace unos años el e-mail marketing revolucionaría la publicidad: hoy es spam. Cuando aparecieron las computadoras, en los años ochenta, se predijo la ausencia total de papel en las oficinas: hoy consumimos más que entonces. El presidente de IBM en 1943, Thomas Watson, vaticinó: “Creo que el mercado mundial da como mucho para cinco computadoras”. En 1927, cuando el cine todavía era mudo, uno de los fundadores de Warner Brothers, Harry M. Warner, escupió al cielo: “¿Quién demonios va a querer oír hablar a los actores?”. La película El artista tiene su centro de gravedad narrativo en esa transformación. The New York Times publicó en 1920 un artículo demoledor que ponía en ridículo a Robert Goddard, uno de los padres de los cohetes espaciales. Sentenció que su trabajo carecía de sentido, porque los cohetes no podían desplazarse en el vacío. Medio siglo más tarde, cuando la Apolo 11 llegó a la Luna, el diario se retractó: “Ahora queda demostrado de manera irrevocable que un cohete puede funcionar en el vacío. El Times lamenta el error”. El mismo diario afirmó en 1903 que los esfuerzos por desarrollar aviones eran una pérdida de tiempo. Una semana después, los padres de la aviación, los hermanos Wright, lograban que su aeroplano volara en Kitty Hawk, Carolina del Norte.

Las nuevas tecnologías despiertan fantasmas salvajes. Ocurrió hace más de 500 años con el libro. Con su invención, empezó la industria de la comunicación de masas. Muchos advirtieron el peligro inminente: la literatura oral había creado grupos y formas sociales que con el libro se disolverían. Los lectores caerían en la reclusión del placer solitario. La lectura individual conduciría al aislamiento. No ocurrió así.

Julio Verne escribió en 1863 París en el siglo XX, una novela profética. Nadie supo de ella hasta que la encontró su bisnieto en una caja fuerte. Se publicó en 1994. Predecía una ciudad con edificios de vidrio, ascensores, aire acondicionado, televisión, autos y trenes de alta velocidad.

Leonardo da Vinci también se adelantó. Bocetó en el siglo XV paracaídas, helicópteros y planeadores. Incluso un autómata que movía brazos, cuello y mandíbula, y que podía sentarse, según un boceto encontrado en 1950.

La propuesta para las próximas entregas es cambiar de perspectiva. No jugar al Verne ni al Da Vinci sino desmitificar algunos aspectos de este gran parto mundial que es la era digital. Podremos estar estafados por el futuro, pero pagará con intereses si entendemos mejor el presente.