Metallica, esa banda de rednecks

La banda de heavy metal Metallica nunca tuvo una buena relación con la tecnología. Y no se trata sólo del incidente en el que James Hetfield se paró sobre una torre de pirotecnia durante un concierto en Montreal, en 1992, y terminó con quemaduras de tercer grado en la cara. El foco del conflicto entre Metallica y la tecnología es más complejo.

James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Robert Trujillo suelen ser comparados en el -cada vez más extenso e indetenible- circuito de intercambio de música online, con los miembros más reaccionarios de una corporación económica que no tiene inconvenientes en lanzarles sus abogados a quienes intercambian sus temas gratis en internet. Aunque se trate, sobre todo, de sus fans.

Por tercera vez en la Argentina -la última fue en 1999 y casi volvieron en el 2003, cuando suspendieron sus conciertos por “agotamiento físico y mental”-, “Death Magnetic Tour” es también una nueva batalla de marketing para un grupo de músicos envueltos desde hace ya una década en una guerra arqueológica contra la nueva ecología web.

Todo empezó en el año 2000. Metallica acababa de grabar un demo del tema “I dissapear” para una película de Tom Cruise. Pero la canción comenzó a sonar en las radios mucho antes de su lanzamiento oficial. El equipo de abogados contratado por Metallica inició una investigación y concluyeron que el tema había sido subido y compartido por usuarios de la -hoy desaparecida- red Napster, pionera en el sistema de distribución gratuita de archivos en formato MP3. Un cambio irreparable se cerñía sobre la industria discográfica, pero Metallica no estaba dispuesto a ceder tan fácil.

Cuando la banda descubrió que todos sus otros temas editados hasta entonces podían descargarse gratis a través de Napster, encargaron un análisis más detallado: 335.435 usuarios de un aproximado de 25 millones en todo el mundo quedaron en la mira de los abogados de Metallica, sospechados de violar derechos de autor. La cruzada conservadora de los máximos tutores del heavy metal fue la punta de lanza para que varios sellos discográficos comenzaran la persecusión, judicialización y sanción económica -con amenazas de prisión- de decenas de usuarios en todos los Estados Unidos (la historia puede verse con detalles en el documental online del 2009 “RiP: A Remix Manifiesto”).

Readaptadas al nuevo sistema de circulación de bienes culturales, bandas como Radiohead y Pearl Jam se ubicaron en el otro extremo del arco digital, promoviendo el libre tránsito de sus canciones bajo una nueva lógica de proliferaciones del consumo y la propiedad.

Diez años después de la batalla contra Napster -un servidor desactivado finalmente en 2002- y luego de que los publicistas de Metallica aconsejaran minimizar el tema por “cuestiones de imagen”, el conjunto californiano distribuye -por US$ 0,99 cada tema- sus propias canciones por internet. “Estaríamos engañándonos si creyésemos que esos archivos no serán compartidos por algunos amigos, y no hay nada que podamos hacer para impedirles hacer eso”, aclaran desde LiveMetallica.com.

La desaparición de todo espíritu de vanguardia en el rock mercantilizado hasta el cerebelo no es un fenómeno nuevo. Ni siquiera es un fenómeno interesante. Lo interesante son los grados de reacción ante lo nuevo engendrados desde los polos concentrados de venta de revulsión más contemporáneos. Pues bien, camaradas, yo no le regalaría mi dinero a una banda de rednecks cuyo “album and its song titles have just become the soundtrack of Wall Street for fall 2008”, como dice The Wall Street Journal, un diario que ni siquiera leería otra gran estrella del rock, Pomelo.