Memorias catódicas

El Mercado determina que los mundiales de fútbol son una buena ocasión para el exterminio de lo viejo y la preponderancia de lo nuevo, así que los plasmas se multiplican como hongos y sus enormes cajas —arrojadas a las calles latinoamericanas— todo lo cubren, lo tapan y lo inundan. El fútbol es deplorable porque es fascista —encandila a las masas detrás de un objetivo inútil— pero un nuevo televisor no lo es (ni es deplorable ni es fascista). Con esto quiero llegar a que, hace unos días, ayudé a tirar un viejo televisor. Todos esos planes de cuotas en las casas de electrodomésticos tienen fecha de expiación, así que me pidieron que ayudara ahora o nunca. El televisor era cuadrado y ancho, viejo, efectivo y japonés. Lo desconectaron de la pared sin ceremonias, como nos gustaría que desconectaran a cualquier abuelo encerrado en el geriátrico. Hicimos los arreglos necesarios y el televisor viejo pudo morir en la caja del nuevo: un brillante plasma HD fabricado en China.

No me gustan los discursos sentimentales. Es más, prefiero siempre la onda negativa antes que la positiva. Positivistas hay muchos. Y no hay muchas verdades, pero sí hay una: a los positivistas el mundo los recibe con los brazos abiertos. Los negativistas, en cambio, son artesanos. Somos artesanos en medio de todo eso que llena a la Realidad. Y no estoy tratando de plagiar el espíritu de Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno en un sentido demasiado incorrecto. Mi lema es: “Si tiene sangre, podemos deprimirlo”. Cuestión que, mientras bajábamos hacia la vereda —íbamos a tirar el viejo televisor fuera del horario debido—, el dueño del aparato dijo que tenía una relación sentimental.

Recordó que había visto tales y cuales películas, tales y cuales elecciones, tales y cuales desastres naturales. Todos esos tales y cuales los había visto en vivo, en colores y en ese televisor. También había hecho tales y cuales cosas delante del televisor —a veces mientras estaba apagado, a veces no— pero no quiso contarme cuáles y —porque disfruto el negativismo y no le regalo a nadie la oportunidad de ser feliz— opté por no preguntar. Pero sí pensé si, en mi propia vida, la televisión —los televisores— me habían deparado algo memorable. No había nada sentimental en tratar de hacerlo.

Tengo el recuerdo de una compañerita del jardín de infantes —kindergarten, si están leyendo en otro lado— que me acosaba sexualmente. Me llevaba abajo de un horrible tobogán de plástico y me extorsionaba: quería un beso a cambio de cualquier idiotez que hubiera acabado de esconderme. Había llegado a volverse muy densa —no en el sentido en el que uno termina en el interior de una Cámara de Gesell jugando con dos muñecos anatómicamente correctos delante de un juez—, pero sí lo suficiente como para que, en algún momento, yo mismo me quejara ante mi madre. Sin embargo, cuando ella cumplió 6 y pasábamos el momento más álgido del acoso, también le pedí a mi madre que le regaláramos —yo era el primer invitado a sus cumpleaños— uno de esos souvenirs que reproducen una esquina cualquiera con el nombre de las dos calles imaginarias que se cruzan. Las calles eran algo así como “Te quiero mucho” y “Nunca voy a olvidarte”. Aquella iniciativa habla sobre cierta lógica intrínseca entre el abusador y el abusado, pero también sobre cierta tendencia precoz al sadismo. La nena se llamaba Agustina No Sé Cuánto. Su hermana menor era muy famosa en esa época porque protagonizaba una famosa, famosísima, antológica propaganda de televisión. Esa de la mayonesa Hellmann´s. Cualquiera debe saber de qué propaganda estoy hablando, incluso aunque no esté en Buenos Aires: esa propaganda donde una rubiecita atiende el teléfono, habla con el padre y termina diciendo: Mamá dice que a todo le pongas mucha Hellmann´s. Usen YouTube. Sé que está ahí. Hace poco, por error, Google me cruzó con el blog de un periodista que quería “casarse” con “la nena de la propaganda de Hellmann´s”. El tipo había iniciado una especie de cruzada bastante imbécil para encontrarla por la web.

Tengo otro recuerdo, también del jardín de infantes. Este es productivo para las madres. Va a enseñarles a qué clase de dispositivo destructor de inocencias e ilusiones llevan cada mañana a sus pequeños angelitos. En esa época había un programa infantil muy exitoso, “Carozo y Narizota”. Por si están leyendo esto en un lugar que no es Buenos Aires —y porque no estoy seguro de que subsista algún testimonio en YouTube—, Carozo y Narizota eran dos enormes muñecos que presentaban dibujos animados. Tenían una buena rutina cómica; quiero decir: una buena rutina cómica para televidentes de entre 3 y 7 años. La cuestión es que alguien, en el jardín de infantes, decidió que sería muy pedagógico llevarnos a ver el programa in situ, en los estudios de grabación, que estaban en Canal 9. Kafka no podría recrear la decepción y el espanto que sentí cuando, frente a una parva de nenes y nenas, dos operarios rústicos, escondidos debajo una tarima que las cámaras sabían esconder, hundían sus manos hasta el corazón de las tripas de mis dos amigos televisivos para moverles la boca y hacerlos bailar, convirtiendo una ilusión colectiva en dos títeres vulgares. Sentí lo que habría sentido Paco Jamandreu si lo hubiesen obligado a presenciar el embalsamamiento de Eva Perón. Sentí lo que cualquier adolescente inexperto siente en una habitación oscura y excitada cuando descubre de qué se tratan los corpiños push up.

Yo mismo salí en televisión un par de veces. Una vez fue cuando tendría 11. Un locutor de San Clemente me salió al cruce después de ver un show de focas adiestradas en Mundo Marino. Me hizo algunas preguntas. Por ejemplo: si me gustaría llevarme alguna foca a mi casa o si me gustaría meterme en el estanque con esos animales y jugar. Le dije que no. Le dije que no sin tartamudear, con seguridad y mirando a los ojos —y no a cámara—, que es como se debe aparecer y se debe hablar en televisión. Ya adulto, también me entrevistaron para un programa de crónicas policiales de uno de los grandes monopolios informativos argentinos, pero a último momento me editaron y me sacaron del programa. No los culpo porque, a esa altura, el aura macabra con el que habían pretendido presentarme me parecía un chiste –como el resto de todo lo que dije mientras me grababan— y se los hice saber. El resto fueron paneos accidentales en alguna fiesta en Punta del Este —nadie me habría visto de todos modos porque el programa era pésimo—, en algún CGPC porteño durante el primer matrimonio homosexual frustrado que hubo en Buenos Aires o durante alguna conferencia de prensa estatal mientras la ciudad se hundía en una epidemia falsa de gripe porcina. En todos los casos, el que pudo haber salido por televisión no fui yo sino un espectro gris, aburrido y completamente laboral de mí mismo.

Sé que el lenguaje se construye con abismos desde los que indudablemente surge el amor —una enfermedad— y también sé que desde esos mismos abismos surge la imposibilidad absoluta de la curación a través de los actos de habla —porque, excepto para la homeopatía, no se puede resolver una enfermedad con otra enfermedad—. Aún así, mi lenguaje no tiene ningún espacio viable, ningún poro posible, para la televisión y los televisores. Son algo obsoleto. Es parte de la más iletrada y primitiva cultura popular contemporánea: 147 millones de usuarios en todo el mundo prefieren conectarse con el mundo del espectáculo a través de YouTube, Megaupload y Rapidshare antes que por un estúpido televisor. Los televisores son un souvenir inútil. Un robo a mano armada. Un asalto a tu memoria, como escribió una escritora secreta en un blog.

Yo mismo rompí ese viejo televisor japonés antes de tirarlo a la calle, para que nadie más pudiera usarlo.