Medios, mentiras y memoria

El 24 de marzo es una fecha, se supone, para recordar. El aniversario del golpe de estado de 1976 sugiere una mirada crítica sobre el pasado, para que el famoso nunca más sea posible. Pero toda crítica supone una autocrítica y cierto grado de reconocimiento de la propia responsabilidad — una actitud que excluye cualquier posición auto-defensiva, como la victimización o la simple negación de la realidad.

Algunos medios de comunicación, que contribuyen con la democracia si reivindicamos la vieja noción del cuarto poder, cumplieron un rol en los años autoritarios, un papel que no fue menor en el desarrollo del terrorismo de estado. Con mentiras no se construye un futuro, sino que se inventa el escenario perfecto para la versión preferida de la historia. No perder de vista este pasado hace que los que trabajamos en medios estemos comprometidos con lo que realmente importa: la verdad (o las múltiples y relativas verdades, diría Foucault).

En el cuento que se armó hace 36 años, algunos fueron los culpables de la insistencia en la mentira, otros tuvieron su parte en el asunto al colaborar o callarse, otros fueron la excepción y las audiencias fueron meros receptáculos de medidas planificadas con el único objetivo del engaño. Si hay prácticas que deberían dar vergüenza a la profesión del periodismo no son banalidad, la superficialidad, la selección intencional, la insistencia temática, sino la decisión consciente de tergiversar de tal modo los hechos para privarlos de toda su verdad.

En los diarios del 70, no se hablaba de genocidio del estado, sino de la protección del orden nacional. La violencia sistemática del aparato represivo del gobierno no era unilateral, para ellos se trataba de una guerra sucia. No había asesinato ni asesinos, sólo patriotas que eliminaban subversivos.

Con las palabras se pueden torcer toda una serie de significados, como decía el filósofo marxista Valentin Voloshinov. Cada sector social pugna con los otros para imponer el sentido de las palabras, que no es otra cosa que el sentido del mundo. Pero no sólo es importante lo que se dice, sino y, principalmente, lo que no se dice, como bien observó Michel De Certeau.

Siempre que hay una elección de lo que se va a contar, hay inclusiones y exclusiones. Durante la dictadura, se narraban los comunicados oficiales de las fuerzas armadas y sus logros; pero poco se decía sobre la gente que iba desapareciendo. Y lo peor es cuando el silencio obsecuente, amordazado y colaboracionista se convierte en simple, clara y llana mentira.

Estamos ganando la guerra”, es el famoso titular de Gente sobre la cobertura de Malvinas. “Los ingleses son borrachos y desordenados, mientras que los jóvenes soldados argentinos son patrióticos, limpios, pulcros,” versaba una nota del mismo medio. Cuando se rompió el discurso monolítico de los militares, con la derrota en Malvinas, la población se dio cuenta que había sido engañada.

¿Cómo escapar a una mentira, si los medios de comunicación eran sólo los dominantes, y si la direccionalidad de los mensajes eran de arriba hacia abajo? ¿Cómo enterarse de lo que estaba sucediendo realmente si la experiencia directa había decaído al privilegiarse el confinamiento en sitios cerrados, el hogar por antonomasia? ¿Qué los medios sean los intermediarios en nuestro contacto con la realidad compartida los vuelve actores privilegiados a la hora de convencernos de qué es verdad y qué es mentira? ¿Cómo se recupera la confianza cuando está perdida?

Pasaron muchos años, pero las heridas perduran. Los medios recuperaron la verosimilitud, aunque siempre se los cuestione con el beneficio de la duda. Lo mismo sucede con las personas: es difícil volver a creer en alguien que en algún momento te traicionó, más si múltiples voces advierten cuál es el peligro inminente de depositar una fe ciega en alguien que no la merece.

A algunos nos gusta creer que la sociedad argentina ya no es ciega, ni muda, y que el nunca más es tan real como la memoria de lo sucedido. Y que hoy, con la multiplicidad de fuentes de información, ya es hora de que todos seamos un poco más críticos, porque, como explica Anna Arendt, sólo el pensar y el actuar nos hace libres. Memoria, en este sentido, no sería otra cosa de no olvidar, para no tropezar dos veces con la misma piedra. Y los medios algo habrán aprendido de tropiezos, caídas y vueltas a renacer.