Media hackers, organizaciones amphibias y redacciones abiertas

El editor jefe de Le Post, Benoit Raphaël, propuso hace unos días el concepto de la redacción Google. José Luis Orihuela, que lo analiza en su blog, me sugirió pensar sobre el tema. Enseguida recordé un libro que leí el año pasado, una investigación que da cuenta y analiza cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo.


Los movimientos antiglobalización surgidos durante de década de los noventa fueron las primeras organizaciones en comprender que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación no sólo son herramientas. Los activistas vinculados al medioambiente, los derechos de género y los derechos civiles se han organizado sin organizaciones, cien por ciento en red, distribuidos en células productivas que rara vez se ven las caras. De hecho el Foro Social Mundial ha sido desde su inicio una especie de descanso digital para todos ellos, un espacio anual de encuentro físico para planear acciones coordinadas entre miles de activistas y militantes para los próximos 365 días.

Las organizaciones vinculadas al Software Libre son probablemente los primeros esbozos de diseño de factorías distribuidas. Responda y marque en un mapa: ¿Dónde se desarrolla Debian o Ubuntu? ¿Y WordPress y Drupal? ¿Y Firefox? Mejor: ¿Dónde está la sala de redacción, los colaboradores, eruditos, correctores y bibliotecarios de la Wikipedia? Ni el hardware que sostiene estos proyectos está, ni puede estar, centralizado. ¿Dónde están los servidores de Wikipedia? ¿Y los de Google? ¿Los de Amazon?

Claro, todos esos productos y servicios no tienen antecedentes offline. Son genealógicamente distintos a, por ejemplo, una redacción de un diario o el comercio ilegal. En todo aquello relativo a las arquitecturas de funcionamiento, flexibilidad y capacidad de adaptación ante los nuevos escenarios tecnoculturales, la industria de la información y concretamente las empresas periodísticas tienen una lección que aprender de los activistas, comunidades de programadores y del crimen organizado.

El venezolano Moisés Naím estuvo a cargo de la prestigiosa publicación Foreign Policy, y sus comentarios y análisis han sido publicados por el The New York Times, The Washington Post, Newsweek, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung, entre otros medios. Publicó un libro que da cuenta de qué estamos hablando: Ilícito. Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo.

La investigación de Naím no tiene desperdicios y su tesis, tan audaz y arriesgada, como criticada y sustentada, son particularmente incisivas en dos variables: cómo son los nuevos modos de organización criminal y cómo la informacionalización/softwarización del mundo impacta en las formas de potenciar el comercio ilícito, pero también de combatirlo. Tomemos algunas de las citas más nutritivas del libro:

“Si las operaciones de tráfico se basaran en instrucciones emitidas desde un cuartel general, resultaría muy fácil seguirles la pista. Pero en realidad es muy distinta. El modelo de cártel ha quedado obsoleto. En su lugar, las redes de tráfico están descentralizadas y parecen tener múltiples jefes, o no tener ningún jefe en absoluto, de modo que ‘no hay un corazón o una cabeza a los que apuntar’. Las redes cuentan con múltiples opciones, y la autonomía operativa que posee cada célula hace le resulte fácil confundirse con su entorno local”.

“Los comerciantes ilícitos suelen ser los primeros en adoptar y optimizar la dispersión de operaciones que permiten las actuales herramientas de la información y comunicación”.

“La descentralización reduce el costo operativo del comercio ilícito porque disminuye los riesgos, especialmente el de ser descubierto”.

“El 9/11 Report –el informe del 11-S sobre los hallazgos de la comisión parlamentaria que investigó cómo los terroristas pudieron golpear a Estados Unidos con tanta eficacia- abunda en ejemplos de falta de ‘coordinación entre agencias’ que se tradujeron en oportunidades para Al-Qaeda. Y lo mismo puede decirse del comercio ilícito (…) La dificultad de sincronizar las actividades de centenares de organismos públicos implicados en la lucha contra el comercio ilícito…”

“La agresiva e imaginativa adopción de nuevas tecnologías ha ayudado a los traficantes a reducir riesgos, aumentar la productividad y racionalizar su negocio”.

“La eficacia de los gobiernos se ve perjudicada por dos obstáculos intrínsecos: Uno es que las burocracias suelen estar organizadas de formas rígidamente jerárquicas, lo que les resta agilidad a la hora de compartir información o coordinar esfuerzos con otras personas u organismos ajenos a sus cadenas verticales de mando. El segundo es la dependencia de una serie de procedimientos operativos. Desde la compra de material hasta la utilización de los recursos, pasando por la promoción y las pagas de personal. (…) Esas pautas crean estabilidad, predictibilidad y transparencia, además de homogeneidad en las operaciones del gobierno; pero también son fuente de una gran rigidez y lentitud a la hora de responder a circunstancias imprevistas.”

“Mejorar la colaboración entre los diversos organismos (…) requiere bastante más que reorganizar sus procedimientos formales. Y los obstáculos que se interponen en la actividad de las fuerzas del orden (…) contrastan poderosamente con las innovaciones organizativas de los traficantes, financieros e intermediarios del comercio ilícito.”

“Los avances tecnológicos producidos a finales del siglo XIX y comienzos del XX abrieron las puertas de la cooperación policial. El telégrafo, el teléfono y el automóvil hicieron posible el trabajo en equipo, y al mismo tiempo lo hicieron necesario, puesto que esos mismo avances estaban ampliando las oportunidades de delinquir y el radio de acción de los delincuentes.”

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Los gobiernos persiguen a los traficantes. Los medios buscan a las audiencias. En el comercio ilícito como en los públicos, las mercancías –tangibles o intangibles, legales o ilegales- fluyen constante y rápidamente.

“La arquitectura es la política de la red”, el ya clásico concepto de Lawrence Lessig, se vuelve una descarnada realidad para gobiernos y medios, que buscan nuevos resultados recorriendo caminos que llevan a lugares inhóspitos.

Si la arquitectura es la política de la red, operar en red es la política de la arquitectura funcional de los nuevas organizaciones competitivas, que ofrecen valor agregado en los productos editoriales que brindan a sus audiencias, produciéndolo de la forma más eficiente posible. Contraerse, centralizarse y verticalizarse, es atrofiarse. Es burocratizar procesos de producción periodística que naturalmente tienden a ser cada vez más diversos, abiertos y efímeros.

Y todo esto no tiene que ver necesariamente con los espacios productivos físicos. Sino con las formas de organización. Está relacionado con, como dice Clay Shirky en su libro Here comes everybody, el poder de organizarse sin organizaciones convencionales, cuando la tecnología, lejos de encandilar humanos y protagonizar la modernidad, se vuelve invisible y se transforma en hábito. Pero ese es el tema del próximo post.