McCartney

Ser un artesano

Puede no haber dioses más allá del horizonte, pero sin dudas sí hay dioses del rock´n roll. De ese Olimpo hecho de hits, cuerdas amplificadas y melodías que modificaron para siempre el modo en que la Humanidad escuchaba y entendía la música, Sir James Paul McCartney (68) es hoy, sino el más grande, el más indiscutido sobre la faz de la tierra. “Lo que sucede es que tratas de hacer bien tu trabajo, y la fama viene como consecuencia; después se convierte en una suerte de torbellino que puede superarte. Eso es lo que puede tornarse muy difícil de la fama: todos esos pequeños lastres que a veces pueden pesar más que la idea de ser un artesano”, dice Paul en su biografía oficial “Hace muchos años”.

Autor de más de 130 discos entre álbumes, singles y DVD´s en solitario y con sus bandas post Beatles, líder histórico de los rankings Billboard en los Estados Unidos y el Reino Unido, protagonista de más de una decena de películas como beatle y “sólo como Paul”, el último compositor vivo de la banda musical más influyente del siglo XX también ha sabido construirse como una celebridad ágil para manejar sus propias “public relations” –entre mujeres, escándalos y divorcios– y aún más ágil también para manejar sus negocios.

Propietario de un catálogo musical con más de 25.000 composiciones, entre propias y ajenas, su compañía MPL –“McCartney Productions Limited”–, fundada tras la disolución de los Beatles y su alejamiento de la mítica compañía Apple, hoy cotiza en alrededor de 752.880.000 dólares, convirtiéndolo en uno de los hombres más acaudalados en la industria del entretenimiento global. Y cruzada ya la frontera de los 64 años, “cuando pierda mi pelo y mis nietos estén sobre mis rodillas”, como cantaba en 1967, McCartney parece todavía saber jugar como pocos las reglas de un negocio que los próximos 10 y 11 de noviembre volverá a traer sus canciones a Buenos Aires por segunda vez desde 1993.

Los Beatles contra el Kremlin

Diecisiete años después, dicen los fans más sabios de “Macca” –como lo llama la prensa británica–, uno estará siempre más viejo. Pero no Paul. Aunque la actual gira “Up and Coming Tour” es, según varios productores musicales, la gira despedida de McCartney de los grandes escenarios mundiales, los últimos años de su carrera no parecen ser los de la típica tibieza de los hombres en retirada. En la última década sacó a la venta 8 nuevos discos de estudio –con música clásica como en “Ecce Cor Meum” o electrónica en “Electric Arguments”–, 3 discos con show en vivo en los Estados Unidos y Europa, un disco con material inédito de su banda “Wings” y más de 10 compilados y documentales, entre ellos, “Paul McCartney in Red Square”, que incluye un análisis casi académico del rol sociocultural que, en retrospectiva, el músico y los Beatles tuvieron a través de la “beatlemanía” de los años sesenta sobre la “cortina de hierro cultural” soviética. La conclusión del documental –que incluye relatos de músicos rusos contando cómo arriesgaban todo por comprar discos de los Beatles en el mercado negro–, tampoco escapa a la egomanía histórica de alguien que se sabe un mito viviente: los temas de Lennon y McCartney fueron uno de los cinceles culturales capaces de esmerilar las conciencias de miles de jóvenes a quienes el Kremlin intentaba convencer de que su música sólo “pervertía a la juventud soviética e instigaba pasiones incompatibles con la moral comunista”.

El presente personal de McCartney, sin embargo, tampoco ha dejado de ser una de sus preocupaciones. Y en los últimos años, algunos escándalos han llegado a salpicar las botas de quien en 1997 fue nombrado “Caballero de la Reina” por sus servicios a la música.

Que su última ex esposa, la modelo y activista Heather Mills (42), lo acusara en el 2006 de “viejo aburrido” y de “no salir nunca de casa”, habiéndose casado en el 2002, fue una sorpresa incluso para los más salvajes tabloides británicos. Hasta entonces, les resultaba imposible pastear escándalos del ex beatle: su último gran incidente público había sido en junio de 1980, cuando la policía aeroportuaria japonesa lo detuvo y lo encarceló durante un día por posesión de marihuana, antes de expulsarlo de Japón. El resto de las incursiones lisérgicas de George, John, Paul y Ringo eran poco menos que anécdotas de la historia cultural.

Con una hija de por medio (Beatrice, de 7 años) y una primera cifra que los abogados de Mills estimaron en 250 millones de dólares en caso de llegar al divorcio, McCartney mostró por primera vez que medio siglo bajo las luces del estrellato le habían enseñado a jugar sus naipes. Fue entonces una de sus hijas, la diseñadora Stella McCartney (39) –producto de su matrimonio de 29 años con la fotógrafa norteamericana Linda Eastman–, la encargada de devolver los golpes. En venganza contra la mujer de su padre, sacó a la venta un collar de plata con la figura de una sola pierna, en clara alusión a la modelo que había perdido una pierna en un accidente callejero en 1993.

Con una estrategia mediática de silencio y congoja, “Macca” fue ganando el apoyo de la opinión pública y, al parecer, también el de los jueces. Finalmente, el divorcio le costó 49 millones de dólares. Para tener una noción de qué representa esa cifra en el mundo McCartney: sólo por su actual gira, “Up and Coming Tour”, espera recaudar casi 80 millones de dólares. Por otro lado, Paul tampoco tardó en volver a ser acompañado: desde noviembre del 2007 su nueva pareja se llama Nancy Shevell (50), una vieja amiga de su ex esposa Linda, a quien supo acompañar mientras combatía el cáncer de mama hasta su muerte, en 1998.

Placas tectónicas de egolatría

Liverpool no sólo es la nueva Meca del rock, sino también un trazado urbano que aún hoy mantiene unidos a cada uno de los beatles. A la distancia, las diferencias entre Paul, John, George y Ringo tras su separación en 1970 son tan múltiples como superficiales. Sólo personalidades acomodándose como placas tectónicas de una entendible egolatría.

Hoy ya no parece relevante discutir si la muerte prematura de John en 1980, en contraste con la nueva vida naturista y correcta de Paul, cerraba la parábola del beatle “más auténtico y rebelde”, o si la genuina experimentación musical de George Harrison –fallecido en noviembre del 2001– colocaba en tensión el modo en que Paul parecía buscar siempre cómo plegarse a las tendencias del mercado musical. Si la música los había separado, también había vuelto a unirlos antes de que fuera demasiado tarde con trabajos como “The Beatles Antology” (1995). Los lazos entre los últimos beatles vivos, Paul y Ringo, no sólo son la última estela física de uno de los acontecimientos culturales más trascendentes de Occidente, sino los últimos ecos de una gran amistad. “Los Beatles eran una pandilla, una familia, un entorno. Éramos todos íntimos de todos. Para todos era una familia”, ha dicho el propio McCartney. “Quiero dejar en claro que John fue grandioso. Era absolutamente maravilloso y yo lo amaba. Que no se crea que estoy ahora tratando de hacer mi propio revisionismo. Él era fabuloso”.

Ha sido un largo camino para el hijo de la clase trabajadora que este mismo año le cantó el tema “Michelle” a la esposa de Barack Obama –Michelle LaVaughn– en la Casa Blanca, luego de que le concedieran el Premio Gershwin. Hijo de una enfermera que deseaba algún día ver a su hijo convertido en médico y de un obrero que lo imaginaba como un científico, la antigua vida familiar de McCartney es parte oficial del Reino Unido. La casa de su infancia, en el 20 Forthlin Road de Liverpool, –así como la de John Lennon en el 251 de Mendips– es propiedad del National Trust, la más importante organización de conservación histórica británica. “Aunque no éramos una familia pobre, de ninguna manera éramos ricos, así que nunca tuvimos auto ni televisor hasta 1953. Yo fui el primero de la familia en comprar un auto, con el dinero que gané con los Beatles”, recuerda Paul.

Cuentan los guías oficiales del National Trust que, hoy en día, el propio “Macca” suele caer de sorpresa entre los turistas que deambulan por las habitaciones donde los Beatles comenzaron a gestarse y que es también ese espíritu de conservación histórica con base en Liverpool uno de los lazos que comparte con Yoko Ono. Esa misma preocupación por la ciudad, las calles y los espacios –como Penny Lane, Straweberry Fields o la Iglesia St. Peter– donde nacieron los Beatles y sus canciones tampoco se ha interrumpido desde que se convirtiera en la última viuda de John Lennon. Aún así, el McCartney del siglo XXI no ha sido un hombre que se permitiera vivir cómodo en el pasado.

Cuando las giras musicales no lo alejan de su casa, la poesía, la pintura y el activismo por causas humanitarias –desde la conciencia ecológica a la lucha contra las minas antipersonales y el sida–, también lo mantienen ocupado. El espíritu de “Macca” parece ser siempre el mismo: constituirse como un artista multifacético cuyas opiniones acerca del mundo no se agoten ni dejen de apoyarse sobre acciones concretas. En los últimos tiempo, se ha permitido desafiar la comodidad de los eslabones de la industria musical estrenando el disco “Memory Allmost Full” (2007) –donde compuso su propia canción para su muerte, “The end of the end”– desde una plataforma digital como iTunes, trasladando el punto de venta de su música desde las clásicas disquerías en extinción hacia las cafeterías como Starbucks. A la vanguardia de muchos otros músicos de su generación, McCartney también supo ocupar un lugar rápido en internet: así, “Dance Tonight”, el video musical que protagoniza la actriz Natalie Portman, fue estrenado ese mismo año exclusivamente por YouTube, el mismo espacio virtual desde el que anunció, el último 8 de octubre, que volvería a tocar en la Argentina.

En apenas 25 segundos, improvisados frente a un piano en su estudio de grabación en Sussex, Inglaterra, el beatle que nunca se cansó de reinventarse y “cantar los cambios”, sólo tuvo que decir: “Hola argentinos, voy a Buenos Aires en noviembre, para pasar la primavera con mis amigos. Así que vengan a vernos al estadio River Plate, ¡vamos a rockear la casa!”.