Los periodistas de Pepe Eliaschev

En su columna del diario Perfil de este domingo Pepe Eliaschev ofrece su mirada sobre el oficio del periodista en tiempos de Internet.

“Los medios gráficos nutridos de profesionales probados y sólidos se van poblando de personal joven, mucho más barato, pero naturalmente limitado por su inmadurez agraviante”, se alarma. “Nadie puede negar que hoy, para sacar a un reportero a la calle, hay que llevarlo con la fuerza pública. Googlear, copiar y pegar se ha convertido en adicción tóxica, a la que nos cuesta escapar incluso a los veteranos”, sostiene. “Se están desarticulando las redes de experiencia y trayectoria que le dan sustento a las fuertes organizaciones periodísticas”, se sigue alarmando. “La propia idea fundante del periodismo se nos escurre de las manos”, teme.

Pepe Eliaschev está lejos de ser un ignorante digital. Me consta que intenta tomar lo mejor de las nuevas tecnologías para realizar su trabajo. En abril de 2008, cuando era editor en Perfil.com, empezamos a publicar sus podcasts, y ahora también escribe un blog en ese sitio.

Su temor por el “colapso del periodismo profesional” -que es también el temor por los bárbaros de Alessandro Baricco o por la remake de Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares- es atendible en el marco que plantea: Precarización laboral y asfixia financiera de las tradicionales organizaciones de medios. Pero la relación que encuentra entre ese diagnóstico, Internet y la pobreza de lo que se produce es arbitraria y parece estar basada en la falsa idea que todo tiempo pasado fue mejor. Quizá tendríamos que hacer una lista con ejemplos exquisitos de periodismo online producido en la misma región que él habita: “el sur profundo del planeta en condiciones mucho menos estimulantes”. Pepe, el soporte no es condición ni requisito de calidad. Y Usted lo sabe, como nosotros sabemos que en los online se pica mucho cable y se sale poco a la calle, como Usted contó.

Por poner un sólo ejemplo, mencionemos a Nate Silver, probablemente uno de los analistas políticos más sagaces e innovadores de los últimos tiempos. New York Magazine lo apodó como “El psíquico de la hoja de cálculo“, luego de que este joven de Michigan, nacido en 1978, pronostique los resultados (acertó en 49 de 50 estados) de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos en el 2008, cuando Barack Obama se convirtió en el primer presidente negro de ese país. La clave de su éxito fue pensar y actuar de manera poco ortodoxa. Adaptó a las condiciones de análisis político el sistema que había creado para hacer proyecciones sobre el desempeño de los jugadores de la liga de baseball, PECOTA (Player Empirical Comparison and Optimization Test Algorithm). Nate Silver terminó así escribiendo artículos y columnas para medios como ESPN.com, Sports Illustrated, Slate, The New York Sun y The New York Times.

Con muchachos coma Silver, autor del blog FiveThirtyEight.com, es natural que ocurra lo que Eliaschev cuenta: “La llamada ‘blogosfera’, que hoy parece convertir en periodista a cualquiera, va esmerilando esa constelación de sabiduría, prestigio y espesor que tipificaba unas redacciones donde había escalafones y valores”. Es más, va a ocurrir cada vez más.

Con todo, en la columna hay una frase que Eliaschev parece leer con melancolía y nosotros como una oportunidad: “Internet va demoliendo el esquema de funcionamiento que durante décadas permitió la existencia de organizaciones noticiosas consagradas a publicar diarios y revistas y a sostener programaciones de radio y televisión”.

Exacto. El centro del huracán es la organización periodística. Cómo interpreta el mercado, cómo se transforma, cómo mide su eficacia, qué produce, cómo lo produce, para qué audiencias, cómo se vuelve agnóstica de los soportes, etc. El periodismo se nos escurre de las manos cuando queremos que sea “como el de antes”. El periodismo se nos escurre de las manos cuando nos enojamos con la realidad y ofrecemos a las audiencias temas que no le importan, o formatos y narrativas difíciles de digerir. El periodismo se nos escurre de las manos cuando negamos que estos son tiempos de incertidumbre y, consecuentemente, sensacionales para producir toda clase de experimentos y de cambios.

Al periodismo no hay que salvarlo del XXI. Hay que dejar de matarlo pidiéndole que no cambie.