Los contenidos de la (m)oralidad conectada

El renacimiento de los contenidos recién comienza. La historia de las tecnologías de la información y de la comunicación prueba que por cada soporte aparecido surge una corriente detractora que lo desconoce y (por eso) lo condena.

El libro fue el primer soporte físico para almacenar memoria en forma artificial. Con su invención comenzó la industria más antigua de la comunicación de masas. Comparada con los volúmenes actuales de información, la escala de su nacimiento parece ridícula: la primera producción del taller de Gutenberg fueron apenas 120 ejemplares de la Biblia, en 1455. Nada.

Mucho. Fue suficiente para que los moralistas de la época se indignaran y advirtiesen el peligro inminente: la literatura oral había creado grupos y formas sociales que con el libro se disolverían. La audiencia de esos contenidos caería en la reclusión del placer solitario, en la asocialización. De algún modo, las proyecciones apocalípticas se quedaron, una vez más, cortas: la lectura individual condujo más a la libre interpretación que al aislamiento. En efecto, al protestantismo.

Los moralistas de ayer y de hoy tienen algo en común: el deseo de volver. Pero sobre todo comparten los motivos: Volver, entonces, significaba recuperar el control del discurso y, en cierta medida, la forma de entenderlo. Ahora, ocurre algo similar: los detractores de la Red como una plataforma incontrolable opuesta a la cultura del libro -sí muchos la entienden, como algo “opuesto”-, pretenden recuperar la ausencia de caos que aquella incipiente industria suponía para quienes tenían la propiedad de los medios de producción y la exclusividad de la mediación.

Buenas noticias: ni el libro liquidó a la oralidad, ni la red a la escritura. Es más, actualmente su convivencia y mutación, su simbiosis y mosaiquización, parecen procesos en marcha imposibles de detener. Sus registros comienzan a confundirse.

La relación “presencial” entre el narrador y la audiencia que construyó la literatura oral parece revivir en las redes. Del mismo modo que la libre interpretación parece evolucionar hacia modos inéditos de interpretación conectada, de inteligencia colaborativa.

Muchísimo más allá del libro, la escritura fue el primer soporte extra-mental de las ideas. Los soportes “duros” de entonces fueron decisivos para que ese almacenamiento fuese perdurable y territorialmente expansible. Es probable que debido a esas características, por ejemplo, las religiones más estables de la historia fuesen aquellas que adoptaron a la escritura y sus soportes, y no las orales, tan vulnerables y manipulables.

La Red nada desecha y todo lo absorbe. Lo funde, y pocas veces seríamos capaces de reconocer distinciones estrictas entre los registros canónicos de la oralidad y de la escritura. Una oralidad conectada se está reproduciendo allí afuera. Recupera registros y modos, fases de mutación, y engendra sinergias inesperadas, produciendo asociaciones novedosas. Tala la moral de un mundo diseñado para ser controlado, gestionado. Y propone al conjunto creciente y siempre provisorio de las conexiones como un registro común de registros diversos.

Esta oralidad conectada gobierna al calor de la innovación de protocolos tecnológicos. Su desarrollo sin centro en su esencia. Llegará el día en que la moralidad conectada, hoy paralizada, solicite volver a esta fase embrionaria en la que todo, todo, comienza a estar fuera de control. Será intentar recuperar, otra vez, el paraíso perdido, el mismo que hoy, como ayer, como siempre, es todo un drama: su ruina pasajera.

La evolución de las formas de los contenidos circulando en esos nuevos protocolos tecnológicos, reinventando cualquier curva de valor actual, despejando el camino de cualquier forma de consumo cultural impredecible, nos llevará a un lugar desconocido, que podrá o no ser una reedición de la incomodidad que el tiempo transforma en confort, pero que sin duda no será un asunto de soportes ni de plataformas. Será de conexiones.

Para leer más sobre estos asuntos, es clave el libro de Román Gubern Metamorfosis de la lectura.