Los contenidos de calidad: Why so serious?

La discusión sobre los contenidos de calidad de los diarios digitales se avivó el año pasado cuando decenas de medios en todo el mundo manifestaron estar evaluando el cobro por contenido en sus ediciones online. Todos los periodistas estamos a favor de los contenidos de calidad. Sin embargo, pocas veces se discute qué es la calidad actualmente, o qué podría ser, y existen posiciones tan distantes unas de otras como las de Pepe Eliaschev y Michael Wolff.

¿Un artículo bien escrito, una investigación realizada en forma impecable, una crónica sin nada que quitar, un video bien editado, una infografía que se entienda o un especial multimedia con todos los adornos del flash? ¿Esos son contenidos de calidad? Sí, también. Pero tampoco importa.

Dada la asfixia financiera que padecen los medios, la anemia conceptual de la industria y el interés creciente de las audiencias por otro tipo de entornos de interacción e información, lejanos a los diarios online, quizá sería prudente dejar de guardar la cabeza como el avestruz y mirar qué están haciendo para reinventarse las industrias vecinas, como la del entretenimiento, por ejemplo, que lidia cada instante con la llamada “piratería”, la producción doméstica de contenidos y, sin embargo, se mueve, cambia, prueba, evoluciona y se expande.

La industria del entretenimiento, no en su totalidad pero sí en muchos casos como en el de la producción cinematográfica y televisiva, está dando vuelta la situación, y haciendo de la piratería y la producción low cost -fenómenos originalmente temidos, denunciados y “barbarizados”- motores de expansión para el sector en otras direcciones.

Las “amenazas” de réplica, reproducción, alteración y distribución del producto por canales no tradicionales se están interpretando en la industria del cine, o en el sector de las series de TV, como oportunidades orientadas hacia formas más sofisticadas de consumo, que están más relacionadas con la conexión y experiencia social que con la compra de una caja de plástico, una entrada al cine o cualquier otro producto material y/o cerrado. Es por ello que se vuelve cada vez más urgente pensar/hacer transmedia, ya sea en la producción y/o en la instancia prosumidora:

Esa mirada renovadora, que podría mirar a los ojos a la industria discográfica o a la industria de los medios, y preguntarles “Why so serious?”, es la mirada de productores que buscan valores y prácticas que puedan mantener unida a la gente cuando se fragmentan las instituciones. Buscan, también, cómo desarrollar nuevas habilidades -incluso de cortísima vida- y explorar capacidades potenciales a medida que cambian las demandas de la realidad.

Richard Sennett, en su libro La cultura del nuevo capitalismo, trabaja esos conceptos y algunos otros, que son también instrumentos de cirugía sin anestesia para la discusión sobre el trabajo y la calidad productiva. “El orden social emergente milita contra el ideal del trabajo artesanal, es decir, contra el aprendizaje para la realización de una sola cosa realmente bien hecha; a menudo este compromiso puede ser económicamente destructivo. En lugar de esto, la cultura moderna propone una idea de meritocracia que celebra la habilidad potencial más que los logros del pasado”.

La industria del entretenimiento se está transformando precisamente en ese sentido. Los productores de alto nivel, lejos de emborracharse con las posibilidades de la tecnología y sentirse al borde de un gran cambio trascendental -como frecuentemente ocurre en la industria de los medios digitales vinculada al periodismo, y como ya ocurrió con quienes fueron aplastados por el derrumbe de la economía digital de las puntocom en el año cero de este siglo-, están diseñando otros criterios de calidad que -no desplazan- conviven con los ya fortalecidos otrora por la industria.

La contundencia en calidad de producciones como Batman, Matrix o Lost, por poner tres ejemplos universales, no es posible explicarla porque estén increíblemente filmadas o cuenten con guiones fuera de serie como el de los hermanos Wachowski, una bomba hipertextual sin precedentes, con centenares de vínculos apuntando a la filosofía, matemáticas, literatura, neurociencia, biología, religión, misticismo, computación. Enlaces que constituyen en conjunto una demanda compleja para las audiencias pero que la recompensan con mayor disfrute y capacidad de “hacer algo” a partir del consumo.

La calidad en esos tres casos, y tantos otros, desborda el producto y el productor, y empieza a explicarse a sí misma en tanto y en cuanto agrega valor a la experiencia de postconsumo. La calidad del producto, o de los contenidos de esas producciones, no radica exclusivamente en el producto. No son sofisticadas, como en el caso de Matrix, porque son obras abiertas. Si no también porque son experiencias abiertas de consumo, con múltiples recorridos y posibilidades de asociación y consumo colectivo complementario en distintas plataformas.

Cuando los periodistas hablamos de contenidos de calidad, o de reinvención de la industria, somos ambivalentes y particularmente contradictorios. A veces pareciera que vamos por el camino de la discografización sin retorno. En otras ocasiones intentamos seguir los pasos de industrias tan ágiles y mutantes como la del entretenimiento o la del software, en las que la calidad radica en la interacción, en la intervención y en la experiencia.

La discusión sobre los contenidos de calidad indefectiblemente supone una discusión sobre la replica, el valor de uso, el valor de cambio de la información y la postura de los medios ante las nuevas formas de consumo, experiencia y reelaboración.

La calidad no parece ser -o está dejando de ser- algo fabricado por una elite para que otros puedan digerirla linealmente. La calidad se parece cada vez más a algo que se coproduce, comparte y reelabora mientras se distribuye. La calidad está más cerca de palabras como reelaboración, participación o experiencia que de valores como prolijidad, estabilidad o destreza técnica.

Steven Berlin Johnson y su magistral Everything Bad Is Good for You: How Today’s Popular Culture Is Actually Making Us Smarter, siempre está de vuelta.

Why so serious? Continuará.