11 días leyendo los SMS del 11-S

No hay dudas de que Wikileaks está redefiniendo lo que es el periodismo hoy. No sólo cambiaron las formas de acceder a las fuentes, sino las fuentes mismas (cobra menos relevancia la jerarquía y más los contenidos) y las metodologías de trabajo.

Los antecedentes son varios. Desde las revelaciones de garganta profunda en el Watergate, pasando por el reciente escándalo por las escuchas ilegales del imperio Murdoch con “News of the World” y “The Sun”, las informaciones calientes que se filtran existen desde que el periodismo es periodismo.  Y seguirán existiendo.

Este nuevo ecosistema comunicacional se está transformando día a día.  Con los datos que abundan en internet, es más necesario que nunca contar con alguien idóneo que las ordene y de un significado.

La forma en que pasé mis últimos 11 días ejemplifica en qué consiste este cambio radical entre las rutinas productivas de los medios de ayer, y los de hoy. En mi trabajo para TN global me propusieron una tarea divertida y ardua: leer todos los mensajes de texto que los estadounidenses se mandaron el 11 de septiembre de 2001, el día del atentado a las Torres Gemelas. Se trataba, por supuesto, de un cable de Wikileaks.

De más está decir que el archivo es extenso, tedioso y tiene muchos detalles numéricos que hacen que su lectura sea difícil. Una vez que entré en ritmo, la decodificación de los mensajes se fue haciendo más fácil y placentera. Sí, leer estas charlas coloquiales y breves me ayudó a elaborar una versión más cercana a los hechos que sucedieron hace 10 años. Algo que ninguna crónica periodística había logrado hasta el momento.

Sentí, en carne propia, los sentimientos de dolor de muchas personas, y no pude evitar entristecerme por ellos. En un mensaje, una madre dice a su hija muerta: “Mi querida bebé, mi reina de oro, mientras me prepare para dormir, rezo por Paige, Anne, Chris y por nosotros. Acordate que mi amor te protege. Eras una preciosa, maravillosa, hermosa criatura de Dios. Que él te traiga paz”.

Muchas veces, las mal llamadas informaciones “blandas” inauguran un contrato de lectura emocional que incentiva más pensamientos que la información dura, fáctica, racional. Me impactó mas leer frases de las víctimas, que saber que murieron casi 3 mil personas. El número no me dice nada. Estas palabras, en cambio, ponen la piel de gallina:

“A veces no sé si decir ‘Te amo’ es suficiente para describir lo que siento.”

“¡Quiero a mis hijos! ¡Esto es una locura!”

“Odio estar sola. ¡Te quiero!”

“Desde la oscuridad, lloramos por ustedes. Oh, Dios, víctimas”.

“Mi Dios, por favor te ruego que tengas piedad por todos aquellos que perdimos hoy. El mundo nunca ha visto una maldad como esta. Necesitamos estar unidos y consolarnos los unos a los otros pero nunca olvidar qué poderoso puede ser el diablo. Él no va a ganar”.

“En lo único en que puedo pensar es en Nicolás, Ian y vos. Estoy atterorizada. Necesito decirte que realmente te amo. Siempre lo haré. Y sé de tu nueva relación y sé que no te importo. Pero, si algo llegara a sucederme, tenés que saber que te amo, mi amor. Te extraño. Adiós. Diane”.

“Sé está poniendo feo, papi. Una azafata fue acuchillada. Parece que tienen cuchillos y matetes. Dicen que tienen una bomba. Los pasajeros se están descomponiendo, muchos vomitan. El avión hace movimientos raros. No creo que el piloto esté volando esto, creo que nos vamos para abajo. Creo que quieren volar un edificio. No te preocupes, papá. Si esto pasa, será muy rápido. Por Dios”.

Lo que más me sorprendió, es que estos mensajes no eran tantos y que prevaleció más la frialdad y las charlas de negocios a las expresiones de afecto. En la película “Realmente Amor”, Hugh Grant dice que todos los mensajes de texto que se mandaron cuando cayeron las torres eran de amor; pero mi experiencia me dice lo contrario — la mayoría de los textos eran informativos, y sobre transacciones comerciales.

El período más caliente, desde las 9am hasta las 10am, la preocupación principal (además de los que llamaban a sus familiares pidiendo que ellos se comuniquen de inmediato) era que no abrirían los mercados financieros.

“Por el incidente en el World Trade Center, las bolsas de valores NYSE y NYMEX van a estar cerradas hoy. NASDAQ está informando que abrirán más tarde, a eso de las 10”.

“Por la crisis en el World Trade Center, se pospuso el inicio de los mercados hasta nuevo aviso. Seguiremos mandando actualizaciones”.

“Por el incidente en el World Trade Center, las cotizaciones se van a demorar hasta que los mercados se acomoden”.

“Por la proximidad al World Trade Center, el centro de operaciones fue evacuado. Mañana retomaremos la normalidad en los negocios de Ventas y Operaciones”.

Otro detalle que capturo mi atención fue la gran cantidad de mensajes de engaños que se intercambiaron ese día. Algunos son insólitos (una amante que dice que olvidó sus prendas íntimas en la casa de un señor), otros son cariñosos (del estilo “que bien la pasé anoche”) y muchos son pedidos de explicaciones sobre el paradero del otro.

Al leer estos intercambios tan íntimos, se borronea la frontera entre lo que debe ser público, y aquello que pertenece al ámbito de lo privado. ¿Hasta qué punto es ético comunicar a una gran audiencia los detalles personales de una pareja, por ejemplo? ¿Es lícito compartir entre todos el gran dolor de una persona que perdió a un ser querido?

Pienso que, en la medida en que se produzca con respeto y se preserve el anonimato de las fuentes, ilumina facetas poco conocidas de la catástrofe. El éxito de las películas como “Recuérdame” o de libros como el último de Jonathan Franzen(“Freedom”) radica en que supieron capturar la esencia de la tragedia: a través de personajes comunes y corrientes podemos comprender que también nos podría haber pasado a nosotros.

Como dice el crítico cultural Andreas Huyssen en su análisis de series de TV, es lo sensible lo que nos hace más permeables para comprender la magnitud de hechos como el del 11-S.

Y, como decía Aristóteles, sólo la tragedia puede producir la catarsis. Tal vez acercamientos como este nos permita ponernos en el lugar de las víctimas, sentir más empatía y solidaridad. Y al periodismo, al final de cuentas, lo que más le preocupa es contar una buena historia que nutra a sus lectores.

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