Leon Ferrari: la muestra que no vemos

La muestra retrospectiva de León Ferrari, que iba a ser reabierta el domingo pasado por la mañana, abrió finalmente dos días después, el martes 4 de enero, en adhesión al duelo decretado por la tragedia de Once. El fallo de la jueza en lo contencioso administrativo n° 4 Elena Amanda Liberatori, que había ordenado al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires suspender la retrospectiva del artista plástico dando lugar a un recurso presentado por la agrupación católica Cristo Sacerdote, fue revocado.

Es de público conocimiento el debate y hasta los enfrentamientos que se han producido a partir de la muestra de Ferrari en el Centro Cultural Recoleta. Se problematizó, a veces de manera frívola y otras seriamente, sobre la función del Estado con relación al arte, acerca de los sentimientos religiosos que podrían ser lacerados pero también sobre la intolerancia frente a la muestra y la censura en el arte.

Una maraña de discusiones públicas, políticas, culturales, religiosas y hasta jurídicas que se atraviesan entre sí, y que por momentos es tan difícil como inútil querer disociarlas, dibuja un mapa social donde la calma indiferencia de pronto deviene encendida en intolerancia, justo cuando los discursos sobre la diversidad cultural, el respeto ante la diferencia y la convivencia en la diversidad –estructuraciones simbólicas de moda que pretenden reconciliar lo irreconciliable- quedan mudos frente a la violencia simbólica y material.

¿De qué manera interpretar los hechos y las posturas disparadas a partir de la muestra para salir enriquecidos? ¿Con qué categorías debemos pensar para hacer del escándalo una discusión conducente, más allá de la ultraderecha y de la ultraizquierda sin ser desmedidamente pretenciosos y querer ser neutrales? No hay grado cero. Ni en las imágenes de Ferrari ni en las de la Iglesia Católica. Ni en las de ninguna religión, ni en las de ningún artista. Tampoco en nosotros. Ni en los ejes que elijamos debatir. Ante el conflicto no es posible ser neutrales.

No es la primera vez que ocurre. Las reacciones que se desatan como consecuencia de la exposición de la obra de León Ferrari, especialmente a partir de las imágenes que hacen referencia a la iglesia católica, no nació en diciembre de 2004 ni en la Recoleta. Si hojeamos los diarios contra el tiempo nos encontraremos con el episodio del año 2000, cuando la muestra Infiernos e idolatrías de León Ferrari despertó la ira de la comunidad católica. Dos días antes del cierre de la muestra en el Instituto de Cultura Iberoamericana, se hicieron presentes, munidos de rosarios y custodiados por patovicas, para “pedir a las benditas llagas de Jesucristo por la conversión o el castigo a ese judío que se hace llamar Ferri”. Tal como lo ha señalado en Secretario de Cultura José Nun, conceptualmente, el arte de Ferrari ha quedado convalidado por los actos de barbarie que se han producido. Si, como sucedió, un fanático católico visita la muestra y termina destruyendo materialmente alguna obra, no está tan equivocado Ferrari cuando dice que hay pasajes bíblicos que estimulan el odio y la tortura.

La obra de Ferrari es mucho más abarcativa y amplia que un cristo crucificado en un avión de combate. Es muy probable que muchas personas se sientan afectadas por esa imagen u otra con ese sentido. La iglesia católica ha hecho cosas peores que intentar suspender una exposición artística. Sin irnos hasta la inquisición ni a la colonización solo basta ver cualquier película o documental a favor o en contra sobre la última dictadura militar para ver más de una vez a un cura al lado de un torturador, esa imagen también lastima y en su momento asesinó- Como también hubo numerosos religiosos victimas de la dictadura. Todo eso es bueno tenerlo presente para poder ir más allá del debate sobre el pasado oscuro de la iglesia, trascender las especulaciones sobre si Ferrari arremete o no adrede contra la iglesia, sobre si está ensañado con los católicos, si es arte o blasfemia o arte blasfemo. Seria interesantísimo discutir sobre Ferrari, o sobre cualquier otro de nuestros artistas. Sobre sus obras. Tal como lo sería un debate sobre la religión y sus instituciones en el marco de una globalización tan despiadada como excluyente. Pero resulta que la complejidad cultural de lo que ha suscitado la exposición “León Ferrari. Retrospectiva 1954-2004” trasciende lo ideológico pese a presentarse fundamentalmente en ese plano.

El arte, como ha explicado Susan Sontag, es un sistema -un sistema plural- de criterios, ambiciones, lealtades. Su función ética es, en parte, enseñar el valor de la diversidad. Por supuesto, el arte debe operar dentro de ciertos límites. (Como todas las actividades humanas. La única actividad ilimitada consiste en estar muerto) El problema reside en que los límites que la mayoría de las personas quieren trazar reprimirían la libertad del arte de ser lo que puede ser, con toda su inventiva y su capacidad de inquietar. Recordemos, por poner dos ejemplos que hicieron ruido, el caso de Leni Riefenstahl, una de las cineastas más talentosas y controvertidas del siglo 20 trabajando para Hitler, y las acusaciones seguidas de una demanda de la que fue víctima el mordaz escritor de la generación Beat William S. Burroughs, sólo por publicar su novela Naked Lunch.

Una de las trampitas de las que debemos deshacernos es que la muestra se vuelve polémica en su exposición. El revuelo no se originó por la obra de Ferrari en sí sino por el hecho de que la Secretaria de Cultura del Gobierno porteño auspicie la muestra. El debate dado públicamente fue/es más o menos de la siguiente manera: Debate 1: ¿la muestra hiere los sentimientos religiosos?; Debate 2: ¿es pertinente que el Estado auspicie la muestra que posiblemente hiera los sentimientos religiosos?; Debate 3: Muestra censurada. Peticiones que hubieran agradecido censura previa. Rechazo a todo tipo de censura.

La pregunta es cómo le demostramos a nuestra incapacidad sociohistórica que ahora sí podemos construimos colectivamente ejes más democráticos de discusión, cómo adoptamos posiciones que no garanticen la continuidad de la fragmentación de los colectivos, teniendo como base irrenunciable la tolerancia, sin pretender una reconciliación inviable.

Porque la exposición de la muestra de Ferrari, que nadie tenga la sombra de una duda de esto, no dijo nada nuevo sobre la iglesia ni sobre el artista. La exposición habló de nosotros. Nosotros somos la muestra. Hizo visible la intolerancia y los sectarismos de nuestra la sociedad.

Cada uno tiene una opinión más o menos bien formada de las religiones y sus instituciones. Cada quien sabe qué le produce ver un cristo crucificado en un avión. Pero quién ve con claridad lo sucedido. No es tan lineal. No es Ferrari contra la iglesia ni la derecha contra Ferrari. O al menos no es sólo eso. Somos nosotros. Desde qué lugar y hasta dónde nos hacemos cargo de no poder construir aun espacios públicos diferentes y más tolerantes.