Las últimas fronteras

En la recta final hacia la tercera década del siglo XXI, la pregunta por la frontera está agotada. El mundo real es el mundo digital ‒y viceversa‒, lo cual actualiza el problema: ¿cuál es el margen deseable y sensato para que ciertas zonas de lo humano y lo natural ‒si todavía no se rindieron por su propia voluntad‒ se mantengan aisladas de la omnipresencia digital? A menos que se trate de ucronías macabras o fantasías destructivas, el carácter de lo humano en sí mismo ya no puede ser desligado de la tecnología. Y no se trata, por ejemplo, del tiempo ‒y la utilidad para la producción o el ocio derivados de ese tiempo‒ que los ojos humanos pasan sobre la pantalla de un smartphone, sino de la posibilidad ‒es el caso del director de cine canadiense Rob Spence‒ de que los ojos sean de la misma materia que un smarthpone.

Después de perder el ojo derecho en un accidente en 2005, Spence logró que en 2013 se le injertara en el nervio ocular una cámara de video inalámbrica conectada a una computadora. La historia de su implante, que logró con la ayuda del ingeniero electrónico norteamericano Brian McEvoy, se llama Eyeborg Proyect y se puede ver como documental en YouTube.

Sin embargo, el “bio hackeo” mediante implantes de gadgets al cuerpo humano, y la consecuente existencia real de los primeros cyborgs ‒en los que una entidad biológica y otra tecnológica formalizan su simbiosis para alterar, reemplazar o mejorar el funcionamiento de tal o cual órgano‒, son apenas la parte más espectacular de la vida a mediano plazo. Basta prestar atención a la tecnología tipo wear ‒aquella que puede “usarse” como cualquier accesorio de vestir‒ para comprobar que los relojes, por ejemplo, ya son capaces de transmitir notificaciones de correo, noticias y novedades de las redes sociales mientras miden distancias, hábitos y pulsaciones cardíacasademás de indicar la hora.

Por otro lado, la máxima aristotélica del hombre como animal político también experimentaupgrades, y la dimensión cívica de la humanidad no puede pensarse sin una lectura atenta de una plataforma con 1.300 millones de usuarios activos como Facebook. Durante las últimas elecciones parlamentarias en Estados Unidos, la red de Mark Zuckerberg activó un algoritmo ‒probado en la India, Indonesia y Brasil‒ capaz de medir la inferencia de los contenidos políticos sobre los usuarios en edad de votar, para después estimular su voluntad para hacerlo indicándoles, por ejemplo, por qué y dónde.

Aunque Facebook afirma que su única preocupación es la democracia ‒ante lo que conviene recordar al politólogo inglés John Gray: “Para pensar en los seres humanos como amantes de la libertad, uno tiene que ver casi toda la historia como un error”‒, la cuestión ya no es si Facebook influye sobre órdenes políticos de cualquier tipo sino mediante qué instancias del poder público puede controlarse el modo en que eso está pasando. ¿Qué otra fuerza que sus propias conveniencias, en tal caso, impide que Facebook no “estimule” a una facción del electorado más que a otra en una votación? La pregunta es menos ingenua si se considera que Brasil está invirtiendo 185 millones de dólares para separar su conexión a internet de los servidores norteamericanos con un nuevo cable submarino que, enlazado a Portugal, podría mantener una parte de sus datos fuera del alcance de la inteligencia estadounidense y británica (razón por la que el gobierno de Dilma Rousseff ya cambió el servicio de correo de Microsoft por el sistema autóctono Expresso).

Aunque los estados nacionales todavía proyecten y necesiten fronteras, poco del tejido de lo humano en todas sus escalas, desde las civiles hasta las físicas, y especialmente las intelectuales, pueden desentenderse de la angustia de las influencias digitales. En especial cuando se trata del universo multidisciplinario y multiculturalista del goce y el deseo. En la recta hacia la tercera década del siglo XXI, y si como escribe la crítica alemana Hito Steyerl, la idea warholiana de los 15 minutos de fama para todos se encuentra en una etapa plenamente reactiva, tal vez la única pregunta útil en el campo de las relaciones después de internet pueda formularse respecto a la intimidad.

¿Dónde tiene lugar hoy lo íntimo, “la zona espiritual y reservada de una persona”? ¿Desde dónde se mira todo lo que se ve y qué significa esa posición en términos de intrusión en la intimidad? Casos como el Fappening, que terminaron haciendo públicas este año imágenes y videos personales de actrices como Jennifer Lawrence y Scarlett Johansson, no solo suspiran al paso lo infinitamente más vulnerables que son las bases de datos de quienes no pertenecen a la elite hollywoodense de la imagen, sino también que lo íntimo en sí mismo necesita redefinirse. ¿Pero hay intimidad en las imágenes del Fappening? ¿No resultan, al final, demasiado reales, demasiado crudas y directas, como para admitir una dimensión íntima? ¿Qué es hoy, entonces, la intimidad? ¿Algo predefinido en la circulación y en los efectos originales de las imágenes? ¿O el aura intangible de la escena? Si, en tal caso, existe una nueva intimidad, su gramática probablemente pueda rastrearse a través de la marea pública y privada de los Me Gusta en Facebook, los favs y RT de Twitter y los corazones en Instagram, antes que en las obviedades analógicas del cuerpo.

Ante las que aún no fueron pensadas, las fronteras que todavía sí existen son un problema al que corporaciones como Google intentan disolver a través del permanente rediseño interactivo de sus herramientas. “La materia no es un estilo, también es una forma de pensar el diseño de interfaces; y queremos que la gente empiece a absorber eso”, dijo uno de los principales desarrolladores de plataformas Android en Google, Matías Duarte, sobre el modo en que el último diseño de Gmail busca una mayor fusión entre las conductas aplicadas a la realidad del papel y las conductas aplicadas a la virtualidad de los pixeles. Y mientras en la tierra los biólogos recurren al uso de robots diseñados para mimetizarse con los compañeros o el hábitat de distintos animales silvestres bajo estudio, en el cielo el entrepreneur Richard Branson insiste en los esfuerzos de 1.200 millones de dólares para desarrollar a través de su Virgin Group y la NASA los primeros vuelos turísticos al espacio, aunque uno de los últimos ensayos no tripulados haya explotado en el aire. “El turismo espacial es fundamentalmente turismo aventura”, dijo uno de los directores del Museo Smithsoniano del Aire y el Espacio, Roger Launius, “atrae al mismo tipo de gente dispuesta a escalar el Everest, y hay gente que muere todos los años haciéndolo”.

Si en los hechos el mundo virtual es el mundo real, lo que resta es el diseño de una experiencia de realidad virtual absoluta; el paso más allá de lo que ahora alcanzan sistemas para “residentes online” como Second Life, donde la identidad analógica puede reduplicar en versión digital su existencia social, amorosa y económica (de igual manera que marcas como Coca-Cola, General Motors y Sony reduplican su apuesta comercial en ese mismo entorno). Así, una vez que el mapa y el territorio sean lo mismo, una vez que la civilización cruce “el otro lado del espejo” y la espesura de lo verdadero se reescriba por completo, la pregunta por la frontera tendrá su upgrade. Y probablemente la preocupación será la profundidad. ¿Qué tan profundo, qué tan adentro de esos nuevos mundos tendrá sentido vivir?