La utilidad del odio

I
¿Por qué el odio es más clarividente que el amor? Cuando G. W. F. Hegel tuvo esta percepción no había herramientas métricas precisas que pudieran aplicarse sobre lo físico y ninguna útil para lo espiritual. Sin embargo, no era una intuición filosófica equivocada ni un slogan vacío para entusiasmar a los estudiantes ingenuos en Heidelberg. El odio y el error podían sistematizarse en una filosofía con el deber de mirar a la negatividad a la cara y aguantar lo necesario; el error, el odio y la negatividad podían ser las únicas maneras en que lo Absoluto se rindiera a su opuesto y prevaleciera; en síntesis, el pensamiento y la Historia podían funcionar con el amor y con el odio, pero nunca con la indiferencia. Pensar y cuantificar la supremacía del odio sobre el resto de las emociones hoy es posible y se hace desde el imperio de las aseveraciones científicas. En la web, por supuesto, es un hecho obvio que el odio es más clarividente que el amor. Pero aunque esto sea mensurable, todavía no llega a ser del todo cristalino.

Que el odio sea la forma de afirmación suprema no dice demasiado acerca del tipo de afirmación ni sobre sus términos. Pero algo importante dice sobre el mundo y sus habitantes el hecho de que el espacio digital más abarcativo de nuestra era tecnológica sea —igual que el mundo analógico a su alrededor— un angry place. A los fines de historizar el asunto, la forma más primitiva de negatividad en internet es el comment. Pero ni desde el abordaje psicológico —que habla sobre “desindividualización”— ni desde el abordaje comunicacional —que habla sobre la reinvención de la ecología de los contenidos— la naturaleza negativa del comment logró como tal una potencialidad distinta que la misma sana —y en el estilo, agresiva— “discordancia” de siempre ante tal o cual sentido. Discordancias que, de todas maneras, siguen siendo controladas y compartimentadas por las plataformas mismas de publicación que, a su vez, tuvieron que resignarse al poder de su relevancia por motivos derivados, en esencia, de las pocas chances de alcanzar sustentabilidad por sí mismas. De manera algo humillante, además, se trafica en el mismo proceso la triste conciencia de que los comments son algo con lo que es inevitable y molesto convivir porque, precisamente, nunca están bajo absoluto control y porque todavía, en un tono tragicómico, reaccionario y, sobre todo anacrónico, obligan a los medios a obturar la libertad de expresión y censurar. Eso es lo que se lee en mensajes del estilo: “Dada la sensibilidad de este tema, la noticia se encuentra cerrada a comentarios”.

II
Encerrados en su anticuario, los comments tienen poco que decir sobre el odio en internet (y Facebook se niega por completo al asunto manteniendo lobotomizada la posibilidad de decir No me gusta). Twitter, en cambio, es mucho más democrático, al principio, y mucho más totalitario después. También es la plataforma sobre la que operan las herramientas de medición sentimental mejor desarrolladas del momento, precisamente porque Twitter es la plataforma de discurso más instantánea, complaciente y simple del momento. Como una droga discursiva rápida y barata, Twitter es ideal para hacer cosas malas con palabras pero también para el acopio masivo de información sensible. Una de las claves del éxito de Twitter probablemente esté en su principio de reacción, por el cual cada dato publicado se transforma en una acción que a la vez impulsa nuevas publicaciones. El resultado son 271 millones de usuarios produciendo 400 millones de tweets diarios: un río denso y constante en el que nadan cardúmenes enteros de negatividad. ¿Y qué es la negatividad? Si el cinismo es idealismo desilusionado, la negatividad es una función que permite “la congruencia positiva y la estructura”. Es decir, algo más delicado e importante que el ánimo bobo de “llevar la contra”. Antagonismo y negatividad como apertura y posibilidad, como visualización e interrogación de una grieta en la fiesta perpetua de la positividad. Ahora es cuando la cuestión positiva se vuelve delicada: cuando lo que impera es la negación positiva de cualquier falla.

Hay casos particulares, pero por lo general Facebook podría contrastarse con Twitter en la medida en que Facebook —con su clima festejante y valijeril donde gatitos y presentaciones de plaquetas de poesía se confunden— funciona casi siempre como la medianía de lo moral, en el sentido de que es ahí donde casi siempre están las preocupaciones mejor intencionadas y peor representadas. La “conurbanización de Facebook”, como llama un amigo a ese proceso de asimilación de la corrección política gracias al cual todo suena ya demasiado parecido a lo que diría cualquier ama de casa (sobre la guerra, sobre el maltrato animal, sobre la política, sobre la justicia), se puede comparar con un coro griego. Un coro compasivo y omnipresente, ocupado siempre en la tarea benévola de indicar cuáles son y cómo deben articularse las emociones requeridas ante cualquier caso. En Twitter, en cambio, la posibilidad de una grieta entre la voluntad opresora del coro y la voluntad libre del héroe es más probable. Twitter es más democrático y “abierto” a la posibilidad de que, por robar una comparación útil, mientras la mayoría llora positivamente por el difunto —o se burla, como en el caso de Julio Grondona—, otros puedan discutir negativamente la división de la herencia. Hace unos meses, un análisis de Weibo —“el Twitter chino”— demostró sobre unos 70 millones de mensajes de 200.000 usuarios que el enojo se esparce más rápido y de manera más efectiva que la alegría. “El enojo es más influyente”, escribieron Rui Fan, Jichang Zhao, Yan Chen y Ke Xu en su paper de la Beihang University. La propagación de emociones, la influencia de los sentimientos y el análisis sentimental también fueron motivo de un experimento en Facebook, con el mismo resultado. Pero no se trata del odio sino de su clarividencia.

III
¿Qué permite ver el odio, dónde está su clarividencia? En Twitter, una red cotizada en 277 millones de dólares, la más popular de las formas de positividad —la forma más trivial de “bondad”— es la indignación. La indignación es la respuesta más cómoda e inmediata para cualquier conflicto: justifica cualquier parálisis intelectual y a la vez disimula la incapacidad intelectual misma del indignado. La indignación, además de dar una falsa sensación de superioridad moral y no poner nada en riesgo, puede también ser una profesión llena de sponsors. Pero la indignación —en sus distintas versiones: “esto es terrible”/ “alguien tiene que hacer algo”/ “sumá tu apoyo en Change.org” / “comparto mi indignación con ustedes”— nunca está completa sin la denuncia. ¿Y a quién se denuncia? En general, al que antagoniza con la indignación a través del señalamiento de una inconformidad. Al que no le basta la indignación y, además, cuestiona su sentido, se lo considera poseído por algún tipo de mal funcionamiento existencial (“resentimiento” o “cinismo”, en el uso bruto). En China y Silicon Valley saben que el miedo al error —el miedo a desentonar en el bosque homogéneo de los indignados— es el error mismo: es la propagación del enojo y no la propagación de la indignación la que comunica algo (en especial los “problemas sociales”, escribieron Rui Fan, Jichang Zhao, Yan Chen y Ke Xu). Si Twitter se usa y se mide según su capacidad para provocar reacciones entre los usuarios, la indignación positiva no logra más que un mundo totalitario y sin hendiduras, un mundo sin espacio ni tolerancia para el enojo negativo. El filósofo, turista académico internacional y humorista Slavoj Žižek diría que, ante la positividad de la indignación benéfica, la negatividad del odio maléfico simplemente se opone al goce de la ley totalitaria, y que “el poder totalitario no es un dogmatismo que tenga todas las respuestas sino todas las preguntas”. En Twitter, es cierto, a los indignados profesionales y amateurs no les preocupa por qué alguien está enojado y viene a aguar la fiesta; solamente les importa preguntar por qué no están todos indignados y por qué no todos comparten la misma sensación colectiva de amparo en esa indignación.

Si la energía para el amor es la misma energía para el odio —y los que no pueden odiar tampoco pueden amar—, los indignados terminan por convertirse bajo la lupa del análisis cuantitativo de redes sociales en un enorme e inútil bloque gris. Una marea improductiva en términos de propagación de información e impotente a los fines de la producción de metadata. Entre las categorías negativas y las categorías positivas, los indignados son la verdadera e indiferente neutralidad. A principios del siglo XIX, William Hazlitt escribió que el odio es un placer. Pero porque precisamente odiar también es útil y mensurable, hoy no puede decirse que odiar sea un arte. El odio es un negocio y por eso Electronic Arts puso todo su know how sobre el Lado Oscuro cuando diseñó una plataforma particular de reviews para quienes quisieran evaluar en Google Play Store su Dungeon Keeper. La única posibilidad de que estos comentarios llegaran al público era a través de la previa asignación de la máxima calificación favorable al juego, mientras que cualquier calificación inferior era destinada únicamente por mail a Electronics Arts. La maniobra de autocomplacencia empresarial y abuso de clientes, por supuesto, desató odio y fracasó. En algún lugar, @WillHazlitt todavía repite que se lo educó para pensar que la genialidad no era una prostituta, que la virtud no era una máscara, que la libertad no era una palabra, que el amor sí se ubicaba en el corazón humano. “Muy poco habría de importarme, ahora, que estas palabras fuesen expulsadas del diccionario o no haberlas escuchado nunca. En mis oídos se han convertido en burla y en sueño. En lugar de patriotas y amigos de la libertad, no veo sino al tirano y al esclavo, a la gente cercana a los reyes forjar cadenas de despotismo y superstición. Veo a la estupidez unirse a la bellaquería y, juntas, edificar la atmósfera y la opinión públicas. ¡Veo al conservador insolente, al reformista ciego, al liberal cobarde! Si la humanidad hubiese elegido lo que es justo, ya lo habría encontrado hace mucho…”