La paradoja de los Congresos inflexibles: caso Fopea

Los congresos como el de medios digitales de Fopea deberían tener una cláusula de reintegro de inscripción, exigible según la calidad del Congreso.

Una forma sencilla para determinar si puede o no pedirse reintegro sería analizar si el Congreso aplicó en sus mesas y para con sus participantes (tanto ponentes como público) las premisas que el Congreso intenta abordar. Y esto lo digo más de una semana después de que terminó el de Fopea a fin de asegurarme de que la sensación de haber tirado la plata no fue tan solo una calentura del momento (vale una aclaración: me perdí la charla de Fogel, pero dudo que hubiera marcado la diferencia).

El problema de congresos como el de Fopea (“Los desafíos del periodismo en la era digital”) es que están llenos de paradojas y contradicciones, la más llamativa de las cuales sería la incapacidad de los organizadores de entender los mensajes de los participantes, las señales que emiten quienes asisten al congreso cuando quieren que una charla se extienda o cuando es necesario dar cinco minutos más para hacer preguntas. Esto es paradójico porque tratándose de un congreso sobre “comunicación” organizado por y para gente que trabaja en “comunicación” se supondría que el problema de entender los mensajes (o sea, comunicarse) no debería existir.

Los congresos así son estructurados como lo son pocas cosas, suelen tener cero capacidad para adaptarse a las demandas de quienes participan y esto no deja de ser una paradoja en espacios creados para debatir “la adaptación y transformación” de los medios tradicionales al “mundo digital” y donde los ponentes estrellas (Fogel, Mindy McAdams, Gumersindo Lafuente, Rosental Alves) todas hablan de la importancia de cambiar, de saber amoldarse a las exigencias del entorno.

Son espacios donde se plantea discutir sobre flexibilidad para cambiar, pero el espacio mismo no ofrece, valga la redundancia, espacio para adaptarse ni cambiar sobre la marcha. Se cargan los congresos con mesas de debate sobre la importancia del feedback del lector (o sea, el usuario), pero al asistente al congreso (un usuario, si se quiere) se lo ningunea si quiere preguntar más allá del tiempo pautado en el cronograma.

El congreso está llenó de gurues hablando sobre la necesidad de adaptarse, de entender lo que quiere “la gente”, pero el congreso en sí ni se adapta ni entiende lo que quiere “la gente”.

Cuando Jorge Fernández Díaz dice que la mayoría de los periodistas digitales son “semi-analfabetos” y lo dice en un lugar lleno de periodistas “digitales” es obvio que se va a necesitar tiempo adicional porque alguien le va a querer responder o le va a pedir más definiciones. Si se invita a Tristán Bauer, es obvio que la discusión se va a acalorar a partir del momento en que defienda la misión y el trabajo de Canal 7 y que varios van a querer discutir, y muchos incluso con buena voluntad. Y entonces, si a pesar de esas obviedades, los organizadores no quieren (o no pueden) estirar los tiempos de las preguntas y el debate, que se les escriba el discurso a los ponentes, se eviten las preguntas y listo.

Vale la aclaración: el problema no parece ser de Fopea. Es más bien endémico, pero el de Fopea es el ejemplo que tengo más reciente y sirve de caso testigo.

Uno de los organizadores dijo en un momento que aprendieron y que la próxima va a haber más tiempo para cada mesa. Muy bien: o sea que el año que viene cada exponente en lugar de tener 10 minutos tendrá 15 o 20 y para las preguntas, en vez de 5 minutos habrá 10 o 15 (lástima que los dos no aprendieron con los dos congresos anteriores a éste). Pero el problema de base sigue siendo la falta de flexibilidad de los congresos. Y si Fopea lo soluciona, el problema aparecerá en algún otro lado. El primero que le encuentre la vuelta a esta paradoja, marcará diferencias.