La paradoja de la Crítica Omnipresente a la Razón Kirchnerista

La paradoja de la nueva Crítica Omnipresente a la Razón Kirchnerista que comenzó a ejecutar el Grupo Clarín está en la recursividad. El público consumidor de diarios de papel -que no termina de ser, para terror de los retrógrados esperanzados, ni el electorado ni la ciudadanía- está saturado cronológicamente por el discurso idealista de la corrupción kirchnerista.

El denuncialismo, entonces, se volvió extremadamente recursivo.
Para confundirse, inevitablemente, con lo ya sabido.
Por lo tanto, ninguna denuncia despierta nada. Para, incluso, llegar a aburrir.

Si el kirchnerismo es un objeto cultural complejo, la discusión interesante -y por lo tanto fuera del discurso posible de la prensa- habrá de ser:

¿Mediante qué estrategias puede un polo de poder privado opositor, como el Grupo Clarín, intervenir en el devenir público-político del oficialismo?

¿Cómo esa intervención mediática debería interpelar a la ciudadanía desde un punto de vista político-institucional?

A los fines prácticos, y hasta que estas estrategias se vuelvan efectivas, el denuncialismo del Grupo Clarín gozará de la misma trascendencia pública que las intervenciones casi privadas de Carta Abierta (siendo esto último un elogio concreto para los segundos).

La situación es perfectamente traspolable al problema de la oposición partidaria.

Sin articulación real, sin poder de convocatoria, sin receptores efectivos del mensaje, oposición política y denuncialismo de prensa giran en el mismo vacío de la Nada.

Por lo tanto, el kirchnerismo se complejiza culturalmente aún más.

Tanto que a veces, inevitablemente, uno siente las ganas un poco hidalgas de sujetar la garrocha e interrumpir la abulia política general lanzándose hacia el otro lado, el de lo estimulante y lo interesante.