La extensión está sobrevalorada

La brevedad no tiene buena prensa. La velocidad tampoco. La fragmentación tiene mala imagen. Que cualquiera pueda decir cualquier cosa en público es un saludo a la bandera de la libertad de expresión, y a la vez una fuente de indignación para quienes se consideran dentro de la elite de la alta cultura. Twitter es, de algún modo y en ese sentido, el blanco de ocasión en la querella cultural contra la brevedad.

El lugar común reza que si es bueno y breve, es bueno dos veces. Y a la vez se da por sentado que cualquier intento de profundidad exige extensión. A veces es, de hecho, de ese modo. Pero otras no. De igual manera que extensión no equivale a profundidad, brevedad no necesariamente a frivolidad. Algunos ejemplos, entonces, en la dirección de lo que alguna vez dijo William Shakespeare: “la brevedad es el alma del ingenio”.

Una vez le preguntaron a Woodrow Wilson, el vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos (ejerció su mandato entre el 4 de marzo de 1913 y el 4 de marzo de 1921) cuánto tiempo tardaba en preparar un discurso de 10 minutos. Dos semanas, respondió. Repreguntaron: ¿Y para hacer uno de una hora? Una semana, calculó. Por último le preguntaron cuánto tardaría en preparar un discurso de dos horas. Ya estoy listo, dijo.

Cuando Nelson Mandela fue liberado después de 27 años de prisión en Sudáfrica, dio un discurso que señaló el fin del Apartheid. Habló 5 minutos. En 1862 Susan B. Anthony, la feminista líder del movimiento estadounidense de los derechos civiles que tuvo un rol clave en la lucha por los Derechos de la Mujer en el Siglo XIX para garantizar el derecho a votar, pronunció en menos de 5 minutos uno de los discursos más impactantes de la historia de ese país. Abraham Lincoln, en Gettysburg, en 1863, habló menos de tres minutos: leyó un manuscrito de 269 palabras. Su segundo discurso inaugural “Con malicia no se obtiene nada, con caridad, todo”, duró apenas cuatro minutos. Dicen que Moisés anunció los Diez Mandamientos en menos de cinco minutos. La oratoria de Winston Churchill, como se sabe, fue clave para salvar a Inglaterra de ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial. Su discurso “No entregarse jamás” duró 6 minutos. El famoso “Sangre, sudor y lágrimas”, 2 minutos y medio.

Vivimos en un mundo que desconfía de la brevedad y la asocia a lo fácil, superfluo y frívolo, que la entiende hija de la velocidad y hermana de la fragmentación. Un época que da por sentado que la calidad de una decisión, de un discurso, de un producto cultural, por poner tres ejemplos, está directamente relacionada con el tiempo que demanda. Se da por sentado, por ejemplo, que un texto extenso tiene más probabilidades de ser profundo que uno breve. Incluso se utilizan formas hiper breves para sostener esa no siempre probable relación entre la extensión con la profundidad.

Como es posible suponer, y probar, hay banalidades de larga duración y brevedades valiosas. Los soportes de las extensiones llevan a que el mito sea terminal. Si es breve en papel, podría ser profundo. Si la brevedad es digital, con toda probabilidad debe ser basura. Inercia cognitiva.

Otro ejemplo ocurre en el periodismo. Existe una máxima que todos conocemos: “Menos es más”. En todas las redacciones de la Tierra alguien la pronuncia todos los días. Sin embargo, cuando tenemos que acortar los artículos que entregamos, la frustración domina.

Existen también buenos ejemplos en el mundo de los negocios: en General Motors se impone una restricción temporal a las intervenciones en las reuniones de accionistas: nadie puede hablar más de 10 minutos.

También hay un amplio consenso entre los vendedores de autos: cuanto más largo es el proceso de una venta, más difícil es concretarla.

En el mundo de las startups, saben que en las rondas de inversión hay que ingeniárselas para ir al grano, ser muy breves en la presentación y que esa restricción no sea un obstáculo para presentar todo el potencial del proyecto.

El valor disfrazado de extensión resiste. El periodismo long-form y los discursos de los políticos latinoamericanos son muchas veces ejemplos de esto. No todas, claro. El punto es: atacar la brevedad y defender la extensión bajo cualquier circunstancia se revela cada vez más como una renovada forma de desinteligencia, como una nueva forma de frivolidad.