¡La crónica está desnuda!

Mimada por ciertas zonas del mundo editorial, la crónica periodística sobrevive gracias a un sistema de talleres, encuentros, revistas, subsidios y capacitaciones. ¿Se produjeron innovaciones en el género? ¿Hasta qué punto tiene sentido ir a ver qué pasa en tiempos de streaming, Wikipedia y YouTube? ¿Quiénes se benefician con y quiénes financian al andamiaje institucional que la sostiene? Y, principalmente, ¿tiene en general algo para decir sobre el poder? Quizás se trate de un Titanic sobre el cual todos bailan (*).

I. Mejor no discutir ciertas cosas

La crónica es una historia en que se observa el orden de los tiempos y que glosa un contenido informativo de actualidad. También se habla de crónica para referirse a una larga enfermedad. Palabras de la Real Academia Española que se entrelazan en lo que sucede hoy con el género crónica. En Buenos Aires la crónica es, además, un acotado andamiaje de negocios articulados sobre un archipiélago de fundaciones, editoriales y subsidios públicos que surfean sobre una de las últimas mareas del periodismo: el ansia aspiracional de periodistas cuyo oficio perdió relevancia social a la sombra de la tecnología y de la época.

Los capitanes de la industria PYME de la crónica suelen evadir las dimensiones estéticas y simbólicas de su oficio, y esta estrategia deliberada de huir al debate se sustenta en un componente necesariamente material. Se trata de un horizonte donde la discusión por el sentido de becas, seminarios y clínicas modeladoras de la subjetividad deviene discusión sobre los modos en que se distribuye una rentabilidad oligopólica ciega a cualquier fisura y donde las risitas apuradas se borran. Si tomásemos en serio este horizonte, podríamos contextualizar una hipótesis: buena parte de esa crónica periodística, banal y sin amor por el conocimiento, adquiere hoy la simple dimensión de estafa.

II. Ensamblajes y poder

Pensar la crónica como un dispositivo textual que ensambla y forma subjetividades antes que como una mera representación es ubicar la lógica histórica del género como lo que siempre ha sido: un instrumento más del poder social, económico y sexual dado a configurar las condiciones de existencia de las mismas subjetividades que lo sostienen. “Deben Vuestras Altezas determinarse a hacerlos cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de haberlos convertido a nuestra Santa Fe multitudes de pueblos”, escribe frente a los indios en 1492 Cristóbal Colón en su Diario de a bordo. Ahora bien, ¿es un benigno navegante o un complejo entramado de eurocentrismo, monarquía, catolicismo y geopolítica colonial aquello que da verdadero sentido a esas palabras?

La crónica, de esa manera, funciona como una afirmación interesada de lo real antes que como su retrato silvestre, objetivo y desinteresado. Subjetividad no debe entenderse como la experiencia singular en base a un acercamiento individual, sino como un marco, condicionado por la trayectoria de una historia, una época y un cúmulo de instituciones, que fija las coordenadas para una percepción hegemónica y colectiva del mundo. Ahora bien, a medio camino entre la estetizada subjetividad del narrador y la valiosa objetividad del periodista, la crónica institucionalizada se propone a sí misma como visión presuntamente singular del mundo, sus actores y sus circunstancias. Un género —presente en América desde la bitácora de Colón, algo antes de los cursos de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)—, por lo tanto, dado a disciplinar la percepción.

Lo urgente, sin embargo, no es una disputa por el género en sí, sino la discusión alrededor de su institucionalización actual. Convertida en plataforma para la distribución endogámica de poderes, prestigios y un pequeño mercado de la hiperespecialización, la crónica institucionalizada del presente ha perdido sentido ante las nuevas tecnologías narrativas. ¿Esto ocurre porque el abanico de herramientas digitales a disposición son una barrera para la ampliación de las posibilidades de la crónica o porque los terratenientes actuales del género son estética e intelectualmente incapaces de sostenerse más allá de la reacción?

Habitáculo de los últimos aristócratas de la subjetividad, la crónica contemporánea se presenta como versión última, ingeniosa e infalible de la verdad, adquirible a precio suntuario en el taller homologado más cercano. Sin embargo, resulta incapaz de superar una retórica tabulada para convencer al lector sobre la supervivencia de un orden, de una relación entre las palabras y las cosas que, en realidad, se apaga. Se equivoca entonces el mexicano Juan Villoro cuando imagina a la crónica como un objeto múltiple e inclasificable como el ornitorrinco. La crónica actual, vacía de desafíos y sorda a las innovaciones narrativas y tecnológicas, no es un milagroso resultado de la naturaleza sino un milagroso resultado de las zonas más embrutecedoras y sensuales del Mercado.

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III. El soporte fraudulento

Si la crónica es el texto periodístico manufacturado a los fines de su publicación inmediata, la actual debería estar hoy en zonas como Twitter antes que en revistas de papel con aspiraciones premium y una comunidad minúscula de lectores interesados. ¿Por qué la tecnología narrativa actual, entonces, persiste en el margen de la crónica institucionalizada? La pregunta expande el territorio de batalla hacia nociones complejas como la experiencia y la publicación: dos cuestiones problemáticas.

A la luz de las posibilidades tecnológicas de la web, la prescindencia de la experiencia —para decepción de la FNPI, hasta los frentes de batalla admiten hoy más drones no tripulados que soldados, arrojando a la total obsolescencia la figura romántica del cronista de guerra— y la instantaneidad de la publicación colocan a las bases mismas del género en una crisis de valor, de formas y de audiencias. Basta un recorrido por la galería registrada in situ y subida de manera gratuita y sincrónica a YouTube para encontrar una narración detallada, realista y acabada de la captura y asesinato del coronel Muammar Gaddafi, por mencionar uno de los ejemplos que escapan de la lógica jerarquizada, verticalista y disciplinaria que ofrecen las herramientas narrativas capitalizadas por terratenientes privados de la crónica como —por mencionar uno bien acaudalado— Jon Lee Anderson.

Batalla tecnológica y cultural perdida —con creces— por el periodismo tradicional, la concepción fraudulenta y amorfa que impone la crónica institucionalizada como asilo estético para la anticuada subjetividad periodística capacitada para narrar el mundo es casi un desdoblamiento tardío en una era de deshielo. Ante un ecosistema digital donde la información sólo cobra valor performativo en tanto surge de la horizontalización de contenidos y del trabajo colaborativo articulado sobre la multiplicidad de las voces —”si en algún lugar de este libro escribo hice,fuidescubrí, debe entenderse hicimosfuimosdescubrimos“, escribía ya el propio Rodolfo Walsh respecto a su coequiper Enriqueta Muñiz en el prólogo de Operación Masacre —, el cronista homologado por la falsa conciencia de la aristocracia de la subjetividad y el circuito prebendario de la FNPI considera aún que es su única voz, su única percepción y su única experiencia la que debe predominar. El malentendido toma, además, un candor estético: el periodista deviene naturalmente escritor bajo la forma del cronista.

IV. Fantasías literarias

Desde Fray Bartolomé de las Casas ante la Inquisición hasta Lucio Victorio Mansilla ante el Estado sarmientino, los mejores cronistas han medido su relevancia a partir de la toma de distancia de cualquier nicho de poder. De manera especular, la crónica institucionalizada y sus agentes apuestan hoy por el proyecto inverso. Es desde los nodos de fuerte representación simbólica y material del periodismo que se permite hoy narrar un mundo que, además, deja cuidadosamente de lado las categorías ideológicas de la política para lanzarse a los devaneos intrascendentes de la cotidianeidad —Juan Pablo Meneses y su exploración del ganado vacuno—, la experiencia autobiográfica en tono solipsista —Daniel Riera y su ventrilocuismo— o el trivial anecdotario higienista —Gabriela Weiner y la “crónica gonzo” de… su embarazo—.

¿En qué se transforma (o cree que se transforma) un periodista cuando sucumbe ante la teorización sui generis que enarbola la categoría de escritor?

Si la simbiosis “periodista y escritor” ha funcionado siempre como el retrato nominal de las condiciones imperfectas de un campo intelectual de profesionalización incompleta antes que como toma de posición respecto a las fronteras de la autonomía literaria, la crónica institucionalizada apela hoy a la figura del escritor como instantánea superación dialéctica —obviando cualquier reflexión estética— del periodista en retirada.

Pasando por alto el penoso retorno —otra vez viciado de reacción antes que dandismo— a la lógica del escritor como plácido habitante de la torre de marfil del sentido y el entre nos, basta por último revisar, más allá de las fantasías de metamorfosis instantáneas, qué clase de narraciones produce un escritor cuando deviene periodista y qué clase de ideas produce un periodista cuando deviene escritor. Este sencillo ejercicio crítico vislumbra bastante bien la ríspida turbulencia que acecha a la presunta linealidad isomorfa entre las competencias del periodista y el escritor a la hora de recurrir a los arsenales creativos del lenguaje.

A la imagen de aquello que el periodista no es pero imagina que podría ser, finalmente, la crónica como puerta de acceso instantáneo al universo vano de la literatura termina por convertirse en el último salvoconducto colegiado para periodistas en fuga, teñido con todos los atavismos de grandilocuencia, superación y vanidad enfrentados por quienes profesionalizaron la crónica latinoamericana hace más de un siglo.

Que las marcas de estilo literario de los cronistas actuales se agoten, además, en una paleta monocromática de descripciones atmosféricas, esa única señal textual de la presencia in situ del cronista —como suele constatarse en los primeros párrafos de cualquier texto de Leila Guerriero—, añade otra mueca mórbida al asunto. Las categorías de la política y sus dimensiones trágicas son, en general, rechazadas por “abstractas”, dejando lugar a que campee un plácido sentido común progresista.

V. Anfibia, la crónica subsidiada por todos

Financiado con un segmento impreciso del presupuesto público educativo a través de la Universidad Nacional de San Martín, el sitio Anfibia “ofrece un viaje literario con el mayor rigor periodístico e investigativo” (sic). Se esconde el monto y se ignoran las razones de este financiamiento, como así también sus beneficios para la comunidad universitaria. Con una apuesta gráfica que no supera la ambición de un blog, una nómina de periodistas integrados al circuito rentado de la consagración a través de la FNPI y el giro contractual de un cruce con “las fronteras académicas” que pocas veces encuentra una realización feliz, el sitio —regenteado por Cristian Alarcón, periodista especializado en pobreza y en turismo latinoamericano— sintetiza la summa de malentendidos alrededor de la crónica contemporánea.

Aún así, ni el ánimo retórico de un periodismo-narrativo de elite, ni el regodeo banal alrededor de una categoría hoy superada hasta por Facebook como el non fiction o las promesas pedagógicas de convertir a los curiosos —a través de los cursos privados dictados por sus terratenientes— en los Gabriel García Márquez del futuro, logran la atención de los usuarios en la web. Anfibia es un sitio hecho por cronistas y para cronistas donde, por ejemplo, pueden encontrarse relatos de asuntos de relevancia pública como el coleccionismo de acordeones.

Atrapados en su propia trampa comercial, los textos de largo aliento que sobrevuelan lo coyuntural desde la mirada única de quienes han hecho todos los deberes exigidos para hacerlo se revelan prescindibles ante una época y una tecnología con demandas distintas.

La pregunta acerca de si, por otro lado, alianzas de ese estilo entre poder estatal y privado no obturan la posibilidad real de una indagación sobre los hechos, abre nuevas tensiones. En principio, consta que el ansia de retratos miserabilistas de los terratenientes de Anfibia se ha atenuado. Tal vez porque la lógica comprensible del periodista que sabe que la mano del amo no debe ser mordida triunfa sobre el espíritu ácrata del escritor.

VI. Iceberg en México

Los discursos de la exuberancia y la pobreza fundaron la narración de América. Para la mirada eurocéntrica de la Conquista, el nuevo continente era un simultáneo cúmulo de abundancia y de carencia. Todavía se constata la supervivencia de esa piadosa demanda primermundista de culpa y castigo a la hora de narrar América. Incluso existe un extenso mercado narrativo for exportque encarrila e incentiva esa demanda. La cuestión amerita otra discusión larga y probablemente infructífera acerca de esa batalla simbólica, y atraviesa el tipo de literatura latinoamericana que desea leerse en el Imperio, celebrada por los pajes del periodismo cultural en sus lobbys turístico-gastronómicos.

Una discusión sobre el estatus y el valor de la crónica contemporánea como género y sobre el fuerte componente reaccionario de su institucionalización actual, en cambio, gira sobre asuntos más concretos. El objetivo no es impugnar las evidentes limitaciones de muchos de sus actores —estéticas, técnicas o críticas, sean conscientes o no de ellas— sino resaltar la vigencia de una pregunta necesaria acerca de la caducidad de un espíritu, un mercado y un ánimo de acción reaccionario que niega al género de la crónica nuevos e interesantes horizontes de innovación digital, bajo el peso de un monopolio analógico y anticuado.

La propia FNPI es consciente de la situación y en los últimos meses ha comenzado a explorar, lenta e inevitablemente, ese mundo plagado de posibilidades en expansión allá en la web. Quienes asistieron al último congreso de la FNPI en México, el año pasado, lo saben. ¿Son apenas el puñado de traficantes locales de crónica institucionalizada quienes continúan el viajecito espurio y oscurantista en el Titanic del pasado? La noche se cierra y aún habrá quienes escupan el dedo que señala el iceberg.

(*) Una versión de este texto se publicó en revista Crisis, Número 14, Buenos Aires, Argentina, 2013.