Know Your Meme – Literatura y Política

 


#panchoparty cc @lulaazul

I

La pregunta sobre literatura e internet debe pensarse no a partir del ejercicio de trasladar procedimientos de lectura que «develen lo literario» allí donde «en principio parezca velado» —artificio de la voluntad que sólo retrotrae las condiciones estéticas de un nuevo territorio hacia los parámetros de las vanguardias de principios del siglo pasado y hacia el deseo de un quiebre de las autonomías tras el cual «todo y nada puede ser literatura»—, sino en un análisis pormenorizado de las formas narrativas que, efectivamente, sólo tienen relevancia y sentido en la web.

Hay una literatura cuyo soporte se ha dado sobre plataformas digitales —los blogs, «far away and long ago»— pero esa literatura varía —excepto por el uso complementario de algunos links o algún modesto auxilio audiovisual— poco y nada respecto a la que puede producirse sobre cualquier pedazo de celulosa. Lejos de tratarse de una «literatura en internet conservadora», aquello puede leerse —desde un ahora contemporáneo y miserablemente fugaz— como la prueba arqueológicamente relevante de una migración incompleta de «lo literario hacia la web». Pero una migración al fin.

II

Además de haber puesto a prueba algunos de los más sensatos intentos de la Humanidad por ordenar de una vez el mundo y sus circunstancias, durante el siglo XX los alemanes determinaron que las fronteras de lo real suelen coincidir con las fronteras del lenguaje y que aún esas fronteras pueden vulnerarse —y abrir un extraño abismo hacia lo místico— a través de un lenguaje específico que podría llamarse «poesía» (mariconería sobre la que no corresponde añadir más nada: las chicas gustan de la poesía y todo esto ha sido suficiente halago).

Lo que estos incandescentes alemanes establecerían —algún francés añadiría después que «lo imaginario» es también parte del territorio monopólico del lenguaje— es que, difícilmente, se trate de literatura, política o lo que fuera, puede pensarse algún grado de representatividad si no es a través de la fatalidad del lenguaje. Allí donde no hay lenguaje, no hay representación. Aquello que no tiene entidad dentro del lenguaje —el chiste es que «no hay otra entidad» posible— no existe. No está ni vivo ni muerto. Está desaparecido.

III

¿Tiene la web un lenguaje que determine adecuadamente su entidad y su sentido en el mundo? ¿Hay algo del orden de la representatividad que sea intrínsecamente digital? Los maestros César Soplín Sánchez y José Kusunoki saben muy bien que una primera instancia de ese lenguaje es la programación (y que ahí sí se esconde aquel intersticio místico a través del cual cryptohackers y cryptopunks, únicos poetas del siglo XXI, nos harán libres, amén).

Otro de esos lenguajes —para retomar la cuestión «literaria»— puede comenzar a leerse en los «memes» (pronúnciese mims). ¿Qué son los «memes»? Las menores unidades de contenido semántico en la gramática de internet. Entre otras cosas.

IV

Pensar los modos en que se produce, se pone en circulación y se lee una narrativa digital ahora implica explorar los contenidos de Know Your Meme antes que el catálogo anacrónico de «enmiendas y adiciones» del Diccionario de la Real Academia Española. Si cada «meme» constituye por separado una unidad semántica específica es porque ha ocurrido y cristalizado antes un proceso dinámico de producción colectiva de sentidos. Al igual que las palabras construyen su sentido «en y desde» lo social, los «memes» construyen su sentido «en y desde» la web.

V

La libre articulación de «memes» dentro de sus propias reglas de producción —una cadena sintagmática, dirían los lingüistas— realizada por cada usuario produce, efectivamente, un tipo de relato poderosamente nuevo, singular y a su vez conectado con la tradición instantánea de la «gramática meme», una tradición donde los sentidos se crean inevitablemente de manera colectiva. El éxito o el fracaso de  los «memes» una vez que han sido creados y lanzados al mundo —al igual que ocurre con la circulación de las palabras— queda librado al azar de su adecuación a la economía de los usuarios del lenguaje digital, sus usos y el azar. Una figura bisagra interesantebisagra: aquello donde los viejos cimientos de un mundo analógico se rozan con los nuevos bloques de un mundo digital, una «viuda embarazada»— es el «meme» Ecce Homo.

«On August 21st, 2012, the Spanish publication Heraldo published an article about a failed painting restoration performed by an elderly woman named Cecilia Jiménez. Jiménez wished to restore a damaged fresco created by Spanish painter Elías García Martínez named Ecce Homo (“Behold the Man”), which was donated to the Santuario de Misericordia Church in the Spanish town of Borja. According to the church, Jiménez restored the painting without permission. However, she has claimed the priest allowed her to do so. After assessing the damage caused by the restoration, the church announced they would be hiring a professional to attempt to undo the botched job. Following the press coverage of the painting, Jimenez was reported to have been suffering from crippling anxiety attacks, reluctant to eat or leave her home».

La propagación exitosa del «meme» provocó, por un lado, que la iglesia Santuario de la Misericordia fuera visitada por más peregrinos que durante un revival medieval, y por otro, acciones legales de los abogados de la fallida restauradora —así como los cryptohackers serán los poetas del siglo XXI, los abogados serán la lacra conservadora, tosca y barbárica; es decir, no revestirán novedad en el transcurso de los siglos, amén— para intentar capitalizar «la difusión de su imagen en internet», tarea que, además de absurda, es imposible: lo sabe bien el #findelperiodismo.

Bibliotecas online de esta literatura, sitios como 9gag.com, mientras tanto, muestran hasta qué punto la productividad colaborativa de este lenguaje y sus narraciones —allí se asoma el Slender-Man— se trasladan una y otra vez desde lo analógico hacia lo digital y viceversa.

Mientras los becarios financiados por los contribuyentes invierten su vida y nuestro dinero en investigaciones intrascendentes sobre temas abstrusos, un verdadero asunto de research podría ser cómo ocurren y cuáles son —a la hora de homologar la producción lingüística contemporánea en nuevas plataformas de espacio/tiempo— las diferencias y las similitudes de aquello «social» en un proceso donde emergen actores inéditos como los «nativos digitales».

He allí, finalmente, una pregunta por la polis.

VI

Convocada desde «las redes sociales», la protesta que hace unos días concentró a cientos de manifestantes en Plaza de Mayo y en los principales cruces de avenidas de la ciudad de Buenos Aires y otros centros urbanos del país —la lista completa puede verificarse en El Facundo, no ha variado— invita también pensar la cuestión de la representatividad. Sin una construcción discursiva política capaz de ordenarse dentro del sistema de representación—«institucional y republicana», categorías prescindibles pero que gozan los blandos—, la manifestación pública carece de entidad.

Lo relevante no pasa por la torpe constatación de «la web como espacio de organización social para eventos concretos» —asunto cuya mera mención, hoy, resulta retardataria; hasta los egipcios lo saben— sino por los modos más retardatarios a través de los cuales la herramienta digital se pone en función apenas como versión más hogareña y novedosa del telégrafo.

Sin nada que pronunciar, ajena al lenguaje y por lo tanto —ya lo han explicado los alemanes— ajena al mundo, la protesta solo puede producir ruido y devenir #panchoparty.

¿Están la web y sus usuarios fijando coordenadas de producción de lenguajes colectivos unos cincuenta años luz más adelante que la clase media urbana argentina en disposición de las mismas herramientas? ¿Se encuentras las «redes sociales» tan diversificadas que, mientras algunos nodos ya producen su propia «literatura», otros se encuentran aún en el estadio primitivo y gutural del «ruido»?

La pregunta por las competencias digitales —no en el sentido de «certamen» sino de «saber hacer»— es una de esas preguntas literarias y políticas «del momento», dirían las momias del #findelperiodismo.