Kim Dotcom Schmitz, Mártir

Gordo Loco Kim Dotcom, fuiste el único megamillonario
que me dio cosas gratis, sin estafarme, sin sermonearme,
sin humillarme. Te banco.
Juan Terranova

 

I
Anoche, desde la trinchera de un pequeño hotel boutique con wifi, dejé mi casco a un costado y entonces noté la foto de Kim Schmitz, apoyada sobre mi ración de cigarrillos Marlboro Corresponal Flavour.

(La noche era tibia y también extraña. Me gustaría pormenorizar la situación atmosférica de aquel instante, combinada con impresiones extraídas de las fosas comunes del más rancio romanticismo modernista. Porque solo yo he experimentado noches tibias, porque solo yo he percibido aires suaves. Pero esto no es una crónica periodística, esto es una corresponsalía urgente. Una corresponsalía de guerra).

¿Y entonces —pensé con afectación, abusando de la primera persona del singular que reafirma la aristocracia de mi subjetividad— qué sabemos sobre Kim Schmitz, el padre de Megaupload y Mártir de la Primera Guerra Digital? ¿Qué sabemos sobre el creador de la plataforma de almacenamiento y descarga más exitosa de información en la web? ¿Qué sabemos sobre Kim Dotcom, uno de los Padres Fundadores de Nuestra Época?


II
Primero sabemos que, al igual que otros creadores de sistemas no dominantes —es decir, al igual que otros arquitectos de datos que no se proponen doblegar adversarios sino reagruparlos alrededor de un orden de jerarquías diferentes—, Kim Schmitz, como Linus Torvalds, no es un ciudadano estadounidense sino alemán-finlandés. ¿Establecen las sociedades en las que nacen los individuos formas predeterminadas de comprender la naturaleza de los intercambios sociales, sus cauces y sus consecuencias? ¿Es un ciudadano estadounidense más proclive a la expoliación que un ciudadano finlandés?

(Me gustaría combinar estas preguntas con nuevas apreciaciones descriptivas, pero hay que ser un profesional matriculado en #findelperiodismo para aburrir de esa manera. Pero no teman: me quedan muchas otras).


Dejo resonando en el timbal de la pregunta retórica una cuestión a la que los estructuralistas han dado ya durante el siglo pasado miles de respuestas que pueden obtenerse —en su versión sintética, desviada e imprecisa— a través de Google. ¿Qué hubiera construido Kim Schmitz si hubiera nacido en Texas y no en Frankfurt? ¿Cómo hubiera imaginado aquel imposible artista de nuestros tiempos que debiera haber sido la web, de no haber nacido en Europa en 1974? *

III
Como tantos otros genios, Kim Schmitz, con sus dos metros de altura y sus 130 kilos de peso, tuvo problemas con la ley desde joven. Fue detenido por robar números de tarjetas de crédito a corporaciones estadounidenses a través de internet. También fue detenido en Tailandia —uno de los paraísos del mercado sexual global— por apostar a los préstamos fraudulentos. Es decir, por ejercer una de las formas de la justicia poética. (¿No es todo préstamo bancario esencialmente fraudulento?)


Pero si el sistema podía condenarlo por destruirlo desde afuera, Kim Schmitz aprendería a destruirlo desde adentro. Integración como camino al Apocalipsis: el triunfo genial de la disyuntiva de Umberto Eco. Como fundador de Megaupload, en 2005, Kim Schmitz ubicó sus oficinas en Hong Kong, empleó a 150 personas y produjo ganancias por 200 millones de dólares. Además, cambió para siempre el modo en que produciríamos, intercambiaríamos y consumiríamos bienes culturales, arrasando un sistema consolidado durante décadas de industrias con costumbres autoritarias, oligopólicas y oxidadas.

IV
Kim Schmitz es hoy un Mártir. Es decir, alguien cuyo cuerpo ha sido sacrificado en nombre de un poder sublime y superior.

Puede que ese poder sublime, puede que esa superioridad —a entender de un corresponsal saturado por las responsabilidades que implica la supervivencia en el campo de batalla— no sea otra cosa que nuestro derecho a ser libres.


Kim Schmitz paga con su cuerpo encarcelado el precio de una apuesta por un proyecto revolucionario. Kim Dotcom Schmitz, el excéntrico, el genio, el lapidado, no será olvidado. No será olvidado.

 

*En El mapa y el territorio, una novela de Michel Houellebecq sobre el arte, el escritor imagina la representación de un cuadro en el que Bill Gates y Steve Jobs trazan las pautas de lo que deberá ser la web y el mercado de la tecnología. Dos reyes conversando sobre el destino de sus vasallos. No es el cuadro en el que imaginaríamos a Kim Schmitz, planificando, en realidad, cómo hacer que los vasallos gocen igual que los reyes.