Internet y Egipto

“Si tu gobierno apaga internet, apaga tu gobierno”
Usuario de Twitter en Egipto

I
En este momento, Egipto es muchísimas cosas y probablemente seguirá siendo más en la medida en que la maquinaria textual de los medios globales continúe su excursión por el Nilo. La naturaleza de esta excursión seguramente podría ser un tema de interés más vasto para interlocutores válidos. Por lo pronto, el #findelperiodismo ha vuelto a mostrar que, para la autonomía de su derrota simbólica, lo esencial del conflicto «es el conflicto en sí mismo». Y aún cuando millones de espectadores han visto decenas de escenas de violencia, represión y muerte –con una cámara fija que registra aquello que no requiere el valor agregado de explicación alguna, como si fuera Gran Hermano–, yo mismo jugaría algunas fichas negras a que poquísimos de esos mismos millones de espectadores podrían explicar cuál es la naturaleza institucional del gobierno egipcio.

En definitiva, ese es un efecto más de la autonomización tardía del discurso periodístico. Y, por eso mismo, no es lo que ahora importa. Lo que importa es internet.

II
Egipto es un objeto de reflexión potable en un sentido tan acotado como significativo: el intento fallido de desmantelamiento que allí ha hecho el Poder (en su sentido extensivamente foucaltiano) de internet.

Esta intrusión directa –de la que se ocuparon, sobre todo, los medios europeos– es, si no uno de los hechos capitales del siglo en tanto prueba efímera pero efectiva de cómo la tecnología ha reterritorializado y resignificado «esferas de interacción», al menos un cuadro cabal que pinta sobre qué nuevas trincheras se darán las próximas disputas entre ciudadanía y Poder.

III
Si bien es cierto que en Honduras y Ecuador ha habido coletazos en una versión estrictamente televisiva, la versión egipcia del asunto es intrínsecamente importante desde el momento en que demuestra hasta qué punto la web se ha vuelto no solo un campo infinito de negocios y creatividad, sino también una plataforma vital –y no olvidemos la muerte como parte de toda vida– para el Poder.

Un análisis no demasiado brillante del conflicto podría arrojar las siguientes conclusiones. Desglosarlas aquí y ahora, por supuesto, no tiene otra causa que advertir al Poder, que no suele ser demasiado brillante, acerca de los modos cada vez más veloces y masivos que tiene de ser desmontado allí donde esté.

Primero: al optar por desconectar a la ciudadanía de internet, el Poder ha reconocido que la web –lo cual podría leerse en una línea coetánea al affaire Wikileaks– es un campo de organización más allá de su control.

Segundo: El rol y la capacidad de organización ciudadana desde la plataforma digital (*), por su lado, han sido legitimados por el Poder mismo como amenaza efectiva. En ese mismo sentido, es de esperar que los soportes del siglo pasado –la televisión, que suele ser siempre el más conservador de todos– no solo pierdan cada vez más interés tanto para la ciudadanía como para el Poder, sino que, en caso de una disputa semejante a la egipcia, en el futuro esta siga trasmitiendo su basura extemporánea sin interrupción: es decir, de nadie y para nadie.

Tercero: ciudadanía y Poder saben –y es calculable que futuros conflictos alrededor del mundo cristalizarán la situación cada vez con mayor profundidad– que «la interrupción de la web» no solo es una experiencia a través de la cual el Poder trasparenta su propia claudicación, sino también una experiencia a través de la cual la ciudadanía bajo amenaza –y, nuevamente, de esto seguramente servirá como mejor lo venidero– recibirá de manera inmediata la solidaridad –no necesariamente moral, sino sobre todo técnica y cultural– de una «comunidad global», supranacional y definitivamente más allá de cualquier Poder en conflicto. Es por eso que el caso egipcio, sin dudas, replantea para unos y otros cuál es hoy, dónde está y cuáles son los modos del verdadero poder. ¿Serán los nativos digitales quienes en un futuro mediato terminen por dar forma a lo que desde el Egipto de 2011 apenas se vislumbra?

IV
En síntesis, el affaire internet en Egipto, lejos de inyectar una fantasiosa dosis de filantropía geopolítica al rol de las empresas privadas propietarias de las redes sociales –como Facebook y Twitter–, a través de las cuales mucho del activismo ciudadano egipcio se ha organizado, parece venir a probar que, más allá de la especulación de las elites tecnológicas, culturales y empresariales que consideran a internet un espacio donde solo el dinero asigna el rol concreto del «player», la vieja democracia también puede recalcular y redefinir bajo estrategias de una eficacia mucho mayor y potentes que antes, efectos que el Poder, por ahora, es incapaz de prever,  contener o dominar.

* La aclaración obvia –y por eso mismo necesaria– es que las revoluciones no las hace internet, ni la banda ancha, por más fe que se tenga en ellas, y ni siquiera la hacen las personas, sino los ciudadanos. Son estos los que, mediante una plataforma digital, pueden organizarse para concretar sus objetivos.