Innovación para innovadores

Todo el tiempo nos encontramos con el síndrome 1.0, mal endémico que la cultura 2.0 padece orgullosa y sin hacerse cargo. El “hay que estar” es la figura retórica del suicidio proyectual, la ingenuidad en Ajax o el oportunismo cortoplacista de los espadachines de la innovación. Oh!!! Linkedin! Sí!!! Second Life!! Twitter, claro! Facebook también!! Unos podcasts y un canal en YouTube, obvio! Qué innovador soy! ¿Cómo rankeo?

La burbuja de la innovación flota porque no le pesan las ideas y se propaga porque todos la invocan. Y si todos somos innovadores, nadie está innovando. Adaptar lo que hacemos y webdoscerizarlo es una pose que atenta contra cualquier innovación. Tener un canal YouTube, un Twitter o estar en Second Life, no es innovador. Lo siento. Innovador es crear esas aplicaciones, diseñar arquitecturas de comunidades y generar abundancia para redes. Innovador es ponerlas a disposición de un proyecto integral con sus particularidades, es decir, apropiarlas y rediseñar su uso. El periodismo no es ciudadano por usar un blog, ni el marketing viral por usar YouTube.

Da igual si un diario replica noticias en Twitter, una empresa construye una sede en Second Life o un político tiene un canal en YouTube. Lo siento, quemá el libro de marketing viral, eso no innova en nada. Y una mala noticia más: abrir un blog ya no es noticia (aunque crear una flor es todavía un desafío…)

Lo que se rompió, y en eso la modernidad digital atrasa, es que ya no hay ideas sin acción, pensamiento sin práctica, ni innovación sin experimentación. Lo vemos claramente en la publicidad, el periodismo y la educación. Las aplicaciones no contagian innovación. No sobra tecnología, pero faltan ideas o, mejor dicho, riesgos. En la era de la fluidez, el que no corre riesgos, se vuelve conservador.